opinión

Qué tan larga puede ser la guerra

Fuego. Lanzamiento del sistema de cohetes estadounidense Himars. Foto: afp

En 2022 abundaron los diagnósticos que anticipaban que la guerra en Ucrania sería breve, una lectura que pronto quedó desmentida cuando el conflicto derivó en un prolongado atolladero, alimentado tanto por las limitaciones de la diplomacia europea y occidental para encauzar una resolución como por la notable resiliencia del sistema defensivo ucraniano. Esta prognosis equivocada invita a prestar especial atención al caso iraní: cuando una guerra combina múltiples dominios y actores (estatales y no estatales), tiende a extenderse más allá de cualquier plan inicial. 

La secuencia de acontecimientos entre 2025 y 2026 reveló con crudeza esta dinámica. Los bombardeos israelíes del 13 de junio de 2025 sobre instalaciones nucleares iraníes, seguidos por oleadas de misiles y drones lanzados por Teherán contra ciudades israelíes, marcaron un punto de inflexión en la escalada regional. A ello se sumaron los ataques estadounidenses del 21 de junio sobre Natanz, Fordow y Esfahan. También se intensificaron los ataques hutíes contra buques comerciales en el mar Rojo, que superaron el centenar durante 2025 y forzaron desvíos marítimos e incrementos en los costos logísticos. En marzo de 2026, el estrecho de Ormuz quedó prácticamente paralizado, reduciendo su tráfico de 138 a apenas cinco tránsitos diarios.

De manera simultánea, otros frentes se activaron: las milicias proiraníes en Irak y Siria reanudaron ataques contra posiciones estadounidenses en junio de 2025, presionando a Washington en plena escalada, mientras Hezbolá intensificó sus golpes desde el sur del Líbano, forzando evacuaciones masivas en marzo de 2026. La operación conjunta lanzada por Estados Unidos e Israel el 28 de febrero de 2026 (destinada a degradar las capacidades militares y nucleares iraníes) provocó nuevas represalias regionales con misiles y drones. Este encadenamiento de choques directos, presiones marítimas y respuestas indirectas confirmó que el teatro iraní no es un frente único, sino un entramado de frentes intermitentes propenso a prolongar el conflicto.

Irán no pelea una sola guerra: opera un repertorio simultáneo coherente con la idea de Guerra Sin Restricciones que postularon oportunamente los coroneles chinos Qiao Liang y Wang Xiangsui, que definieron el conflicto contemporáneo como “un combate sin reglas, con nada prohibido”, donde la línea entre guerra y paz se vuelve indistinta y los medios no militares pueden producir efectos militares decisivos. 

En el plano militar más visible, Teherán ha apostado por el mayor arsenal regional de misiles y drones, un sistema disperso, móvil y difícil de neutralizar por completo, lo que complica cualquier intento de destruirlo rápidamente. Su estrategia de “saturación” consiste en lanzar grandes cantidades de drones de bajo costo (como los Shahed) que obligan al adversario a gastar defensas aéreas mucho más caras. Así, cada ataque iraní resulta barato y cada interceptación costosa, prolongando el desgaste y presionando la capacidad industrial del adversario.

En lo regional, Irán opera a través de una extensa red de aliados (Hezbolá, hutíes, milicias iraquíes, entre otros) que le permiten modular la intensidad de acciones, abrir y cerrar válvulas de presión y trasladar costos al adversario sin exponer de inmediato su propio territorio; incluso tras golpes selectivos, el entramado conserva capacidad para estresar defensas y multiplicar frentes. Este uso de “proxies” también fue señalado por Qiao y Wang: emplear métodos indirectos y combinados para producir efectos estratégicos, más allá del campo de batalla convencional. En el mar, los hutíes convirtieron el mar Rojo y el estrecho Bab el‑Mandeb en un laboratorio de estrategias de “antiacceso” que combina misiles, drones, lanchas rápidas y sistemas USV/UAV, encareciendo seguros, desviando rutas comerciales y obligando a operaciones navales de protección permanentes.

A ello se suma la dimensión económica del conflicto. La capacidad iraní de perturbar nodos críticos del sistema energético y logístico internacional (especialmente alrededor del Golfo Pérsico, el estrecho de Ormuz o el mar Rojo) introduce una forma de presión indirecta que se traduce rápidamente en volatilidad de precios energéticos, aumento de primas de riesgo marítimo y disrupciones comerciales. En ese marco, el “arma económica” funciona como un multiplicador estratégico: al provocar disturbios geoeconómicos que exceden al adversario inmediato, tiende a ampliar el número de actores afectados por el conflicto.

Irán también proyecta formas de guerra en dominios que amplían su alcance y complican la respuesta adversaria. En el plano económico, la posibilidad de perturbar cuellos de botella energéticos y logísticos (sobre todo cuando aumenta el riesgo de tránsito en Ormuz o en el mar Rojo) introduce presiones globales que obligan a recalibrar posiciones aun sin nuevas ofensivas. 

En el ciberespacio y en la esfera informacional, la doctrina asimétrica de la Guardia Revolucionaria Islámica combina intrusiones, sabotaje y operaciones de saturación cognitiva con campañas de propaganda y señalamiento selectivo destinadas a elevar los costos políticos del adversario y erosionar su cohesión interna.

Si la pregunta es cuánto puede prolongarse esta guerra, tres cuestiones podrían crear condiciones que favorezcan su extensión en el tiempo. Primero, la elasticidad operativa que brinda la dispersión de activos estratégicos, la infraestructura subterránea protegida y una base industrial autóctona en misiles y drones, un conjunto que permite sostener ritmos de fuego y recuperar capacidades incluso tras golpes profundos. Segundo, la escalada horizontal, habilitada por la activación alternada de frentes (Líbano, Siria, Irak, Yemen, Golfo) que impide resolver el conflicto mediante un único acuerdo o un cese focalizado. Tercero, una asimetría de costos que, mientras se mantenga, desgasta defensas y sistemas de interceptación del adversario, obligándolo a invertir más recursos por cada efecto neutralizado.

La enseñanza de Ucrania no fue solo que las guerras se alargan, sino que la duración misma se convierte en una variable estratégica: prevalece quien logra transformar su fuerza inicial en una ventaja estructural (industrial, logística, financiera, informativa) capaz de sostener el esfuerzo en el tiempo.

En el caso iraní, la diversidad de formas de combate (misiles y drones, proxies/terrorismo, guerra económica, o en el campo de la cibernética y de la información, entre otros) sugiere un sesgo hacia la prolongación, porque cada revés táctico puede compensarse mediante presión en otro dominio. Esa lógica encarna la premisa de los citados autores chinos: “Todas las armas y todas las formas de presión pueden ser armas de guerra”, y con ello la frontera entre frente y retaguardia, entre lo militar y lo civil, se diluye hasta convertirse en un continuo.

Evitar el atolladero exige invertir la economía del enfrentamiento (de interceptar a degradar fuentes y abaratar la defensa), cerrar válvulas de escalada horizontal en los mares y fronteras, y gestionar el tiempo acelerando la base industrial propia mientras se sostienen canales para congelar frentes cuando la ventaja de atrición se consolide.

Si nada de esto ocurre, la guerra difícilmente termine con un golpe decisivo: lo hará por desgaste. Y es precisamente en ese terreno (el de la fatiga y la persistencia) donde la arquitectura estratégica iraní, concebida desde una lógica de guerra irrestricta, encuentra su ventaja más profunda.

*Profesor de Relaciones Internacionales (Ucalp). Especialista en Estudios Chinos (IRI-UNLP). Asuntos Transnacionales (FPHV).