¿Qué ves cuando ves las guerras híbridas?
El orden internacional de la Guerra Fría se definió por un estado permanente de tensión sistémica en el que las dos superpotencias, sin llegar al enfrentamiento militar directo, estructuraron el mundo mediante esferas de influencia excluyentes, una carrera armamentística nuclear regida por el equilibrio del miedo y la intervención indirecta –a menudo sangrienta– en conflictos periféricos. En ese marco, la soberanía estatal quedó subordinada a la lógica bipolar: la doctrina de la contención estadounidense y la doctrina Brezhnev soviética actuaron como mecanismos simétricos destinados a impedir la contaminación ideológica entre los dos modelos civilizatorios antagónicos. Algunos historiadores (John Gaddis), han sintetizado esta paradoja con una fórmula: la Guerra Fría fue “la larga historia de la paz impuesta por el miedo”, porque la estabilidad global descansó, en ocasiones de manera perturbadora, sobre la amenaza mutua de aniquilación nuclear.
Tras la disolución de la Unión Soviética en 1991, y de forma particularmente visible desde 2014, ese orden bipolar dio paso a un sistema multipolar en el que las guerras híbridas emergieron como la modalidad dominante de confrontación estratégica. En ellas, potencias revisionistas despliegan una fusión deliberada y sincronizada de instrumentos de poder –militares convencionales limitados, fuerzas irregulares, operaciones cibernéticas, coerción económica, presión diplomática y campañas de influencia cognitiva– con el propósito de alcanzar objetivos geopolíticos de envergadura sin cruzar el umbral que activaría respuestas colectivas formales, como las previstas en el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte (según el que cada parte está obligada a asistir a la atacada con las medidas que considere necesarias, en ejercicio del derecho de legítima defensa colectiva). De este modo, la ambigüedad se convirtió en arma principal, y la “zona gris” entre la paz y la guerra pasó a ser el terreno preferente de la competencia entre grandes potencias.
A diferencia de la Guerra Fría, que estructuró el mundo en bloques ideológicos relativamente estables y predecibles, las guerras híbridas configuran un orden internacional fragmentado y fluido, en el que la victoria ya no se mide principalmente por la conquista territorial, sino por la degradación progresiva de la gobernanza del adversario, la polarización interna de sus sociedades y la erosión de la confianza en las instituciones de las democracias liberales. Su verdadera profundidad reside en la difuminación deliberada de las fronteras clásicas: entre combatiente y civil, entre tiempo de paz y tiempo de guerra, y en la transformación de la opinión pública y las cadenas de suministro globales como los principales campos de batalla.
Impulsados por los elevados costos de un conflicto convencional abierto, los actores estatales revisionistas persiguen la modificación del statu quo a través de confrontaciones prolongadas de baja intensidad y elevada ambigüedad estratégica. El legado más duradero de este modo de guerra es la erosión estructural del derecho internacional y de las instituciones multilaterales, la normalización de la desestabilización permanente como estado natural de las relaciones internacionales, y la necesaria redefinición de la seguridad nacional: ya no basta con la defensa de fronteras o fuerzas armadas, sino que exige construir una resiliencia societal integral. El concepto de guerra pasó de ser vertical y binario (vida o muerte nuclear), a horizontal y difuso (erosión gradual de soberanía y estabilidad). Un siglo XXI en el que la interdependencia tecnológica hace posible la guerra total sin declaración formal, de manera fluida y compuesta.
En el contexto de las guerras híbridas, adquiere relevancia una semántica específica del término “capacidad de escalada” (escalation capacity). En los análisis militares, geopolíticos y de medios especializados, este concepto se refiere a la habilidad de un actor estatal o no estatal –un país, un ejército o un grupo proxy– para incrementar de forma deliberada y controlada la intensidad o el alcance de un conflicto, preferentemente manteniéndolo por debajo del umbral de una guerra convencional abierta. Se distinguen principalmente dos modalidades. La escalada vertical, que es el aumento de la intensidad dentro del mismo teatro de operaciones, mediante el empleo de armas más letales, ataques más profundos, mayor volumen de fuego o elevación del nivel de violencia. Y la escalada horizontal, o sea la ampliación del conflicto a nuevos frentes, dominios o actores, como la apertura de teatros adicionales, la incorporación de nuevos aliados o proxies, o la extensión de las hostilidades a ámbitos como el ciberespacio, el bloqueo marítimo o la guerra económica.
Los actores que disponen de un arsenal diversificado –misiles de precisión, drones, fuerzas proxy y capacidades asimétricas– suelen ser descritos como poseedores de una alta capacidad de escalada, ya que pueden responder con flexibilidad, saturar las defensas enemigas o calibrar sus acciones para evitar una escalada descontrolada hacia un conflicto de alta intensidad.
En cuanto a los liderazgos más efectivos en entornos de guerra híbrida, resulta necesario distinguir según el rol del actor (agresor o defensor). Para los agresores, los gobiernos centralizados y autoritarios (o autocráticos) presentan una ventaja estructural a la hora de sincronizar todos los elementos del poder nacional –diplomático, informativo, militar, económico y otros (modelo DIME-FIL). Esta centralización facilita la integración coherente de acciones híbridas y reduce las fricciones internas en la ejecución de la estrategia. Como señala S. M. Dayspring en Hacia una teoría de la guerra híbrida (Toward a Theory of Hybrid Warfare, 2015), “los agresores cuyos gobiernos son centralizados y autoritarios por naturaleza poseen una clara ventaja a la hora de sincronizar todos los elementos del poder nacional”.
Este “poder vertical” permite una unidad de mando y una visión estratégica que resultan particularmente funcionales en operaciones híbridas. No obstante, su eficacia depende en gran medida de la sensatez, racionalidad y confiabilidad del liderazgo central: un centro de poder excesivamente rígido o irracional puede generar rigidez estratégica, errores de cálculo o aislamiento internacional.
Estos riesgos no solo son propios del líder supremo, sino que se extienden a su círculo más cercano de consejeros y colaboradores. Pocos lo han descrito con mayor agudeza que Tácito. En los Anales relata cómo Nerón, tras ordenar el asesinato de su madre Agripina, recorría angustiado la Campania preguntándose cómo sería recibido en Roma y si encontraría el acatamiento del Senado y el favor de la plebe. En cambio, escribió Tácito, “las peores gentes –y nunca una corte fue más fecunda en ellas– le aseguraban que el nombre de Agripina era odiado y que con su muerte se había encendido la devoción del pueblo: debía ir sin miedo y comprobar personalmente la veneración que le profesaban” (Anales, XIV, 13). Séneca, consejero de Nerón y su víctima, dijo que el adulador es peor que el enemigo, porque disimula su daño con apariencia de afecto.
Una alianza de seguridad solo resulta confiable cuando sus miembros tienen la convicción de que la protección prometida llegará de manera indubitable en el momento en que el peligro se materialice. Donald Trump ha actuado en el conflicto con Irán inmerso en una lógica de guerra donde los conceptos tradicionales de compromiso y disuasión se ven sometidos a una fuerte incertidumbre. Surge entonces una pregunta central: ¿qué ocurre con las alianzas cuando el peligro golpea y la política internacional, entendida en términos transaccionales, sugiere que todo –incluidos los compromisos de defensa– puede estar permanentemente sujeto a presión, humillación o renegociación?
En un reciente discurso pronunciado en el Future Investment Initiative, un foro de inversión respaldado por Arabia Saudita, el presidente estadounidense afirmó que el príncipe heredero Mohammed bin Salman no había anticipado los acontecimientos actuales. Con un lenguaje ordinario y directo, Trump señaló que MBS “no pensó que estaría besándome el culo” y añadió: “Ahora tiene que ser amable conmigo. Díganle que más le vale serlo”.
Previamente, Trump había exigido pagos explícitos por protección militar a Arabia Saudita y recordado que, sin el apoyo estadounidense, “no durarían dos semanas”. De forma similar, comentó a Emmanuel Macron que, sin Estados Unidos, Francia estaría “hablando en alemán”, y durante una reunión con la primera ministra japonesa Sanae Takaichi bromeó que “nadie sabe más de sorpresas que Japón”, preguntando retóricamente: “¿Por qué no me avisaron de Pearl Harbor?”.
Durante décadas, las bases militares estadounidenses, las ventas de armas y las asociaciones estratégicas se han sustentado en la creencia de que la proximidad con Washington garantizaba protección frente a amenazas externas. Hoy cabe preguntarse: ¿está Estados Unidos quedando progresivamente más solo? Incluso Netanyahu, a pesar de tener una de las relaciones más favorables con la Casa Blanca, parece estar razonando en términos regionales más amplios.
La construcción al tresbolillo, característica de la arquitectura románica y del gótico temprano –en la que cada hilada de piedras se desplaza respecto a la anterior, de modo que las juntas verticales nunca coinciden–, fue reemplazada con el tiempo por el búnker de hormigón armado. Progresamos técnicamente, pero no moralmente. Nos hemos vuelto expertos en no escuchar y especialistas en no crecer. Las dunas bronceadas, las turquesas de las minas del Sinaí y el rojo vivo de los alcornocales recién descorchados, fueron sustituidos por el zumbido de las moscas alrededor de los cadáveres; las tribulaciones han dado paso a las mandíbulas astilladas. No debería sorprendernos lo que está ocurriendo, ni deberíamos aceptarlo como si fuera una estación más del año.
El fenómeno liderado por Donald Trump trasciende el mero proyecto político: se configura como una cruzada ideológica que, en muchos aspectos, adopta las características de una “guerra santa” –una lucha moral absoluta entre el Bien y el Mal. En esta visión, existen regímenes con los que no es posible negociar ni convivir; solo cabe confrontarlos y erradicarlos.
La tesis es tan contundente como inquietante. Tal como señala Henry Giroux, en Estados Unidos se está consolidando una alianza no declarada entre poder político, fundamentalismo religioso y cultura de la violencia, que reconfigura la democracia bajo claves autoritarias. Llamar “salvajes” (savages) a un enemigo y exigir su “erradicación” constituye una retórica que evoca las cruzadas medievales y las guerras santas.
Esta visión encuentra eco en figuras clave de la actual administración. Marco Rubio, católico revertido tras un itinerario sinuoso (católico, mormón, católico, fase evangélica, y nuevamente católico), ha calificado a Hamas como “salvajes” que deben ser erradicados y ha agrupado repetidamente a China, Rusia, Irán, Corea del Norte, Venezuela y Cuba en un “eje maligno” que representa, según él, una amenaza existencial y moral contra la civilización occidental y los valores estadounidenses. Los conflictos con estos actores se enmarcan así en una batalla providencial y cósmica.
Algo análogo ocurre con Pete Hegseth, actual secretario de Defensa (llamado por Trump secretario de Guerra, por si hay alguna duda), quien en su libro Cruzada americana (American Crusade, 2020) defiende abiertamente las Cruzadas medievales como una respuesta legítima frente a la expansión del islam y llama a una nueva “cruzada americana” para proteger la civilización judeocristiana de las fuerzas que pretenden destruirla.
Corría el año 59 d.C., y Tácito enfatizaba que, mientras Nerón gobernaba, si “aun entre las conductas honestas se mantiene a duras penas el pudor, ¡cuánto más difícil era que se conservara la dignidad, la moderación o un resto de honestidad en medio de aquella competición de vicios!” (Anales XIV 15, 3). Casi veinte siglos más tarde, reflexionamos acerca de “Cuando los santos vienen marchando” (When the Saints Go Marching In), canción afroamericana e himno góspel tradicional, que en su letra original habla del Juicio Final y de la esperanza de salvación. El grupo “Divididos”, cantaría: “¿Qué ves cuando te ves?”.
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