Según el centro de estudios estadounidense Acled, el 16% de la población mundial estuvo expuesta directamente a algún conflicto armado en 2025.
En esa cartografía de violencia, Sudán ocupa un lugar central: más de 30 millones de personas requieren asistencia humanitaria y más de diez millones fueron desplazadas por los combates entre el ejército sudanés y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), un grupo paramilitar de Darfur que mantiene un gobierno paralelo en Nyala.
Mientras ambos bandos intentan afianzar alianzas y asegurar recursos estratégicos, el conflicto sigue escalando.
Según la ONU, más de 4 millones de sudaneses se desplazaron hacia otras zonas de África como Chad, Etiopía y Sudán del Sur, saturando los campos de refugiados.
Para el analista en África Kevin Bryan, autor de La revolución de las boinas, “el conflicto de Sudán es probablemente el más importante que está ocurriendo en la actualidad en África”. Bryan sostiene si bien se trata de un conflicto “de baja intensidad en términos tecnológicos”, provoca “un enorme daño sobre la población civil y un deterioro muy fuerte de la infraestructura”.
Actores. El ejército sudanés y las RSF son los actores locales enfrentados que se disputan el poder. Ambos tuvieron en el pasado momentos de convergencia, especialmente durante la guerra con el sur que derivó en la independencia de Sudán del Sur en 2011. Bryan aclara un punto clave que describe su base social: “Estamos hablando de grupos que son musulmanes de línea suní”.
Las RSF, históricamente derivadas de las milicias Janjaweed, están compuestas por “un grupo supremacista árabe que busca eliminar o reducir la presencia de los grupos subsaharianos –es decir, de los grupos de piel negra– en el país”.
Ese objetivo explica los ataques sistemáticos contra comunidades como los Fur o los Zaghawa, que por esa razón apoyan mayoritariamente al ejército sudanés.
Respecto del proyecto político, “el ejército sudanés está alineado con sostener la estructura y el statu quo de Sudán como Estado. En cambio, las RSF no plantearon formalmente un Estado paralelo, pero de facto lo han consolidado en Darfur”, donde se “se han registrado muchas de las prácticas de genocidio contra algunos de los grupos mencionados” y, además, “es la zona donde se extrae el oro”.
El oro, el gran botín. Según datos del World Gold Council, Sudán es uno de los principales productores de oro de África, ubicándose quinto entre los países del continente. Bryan es contundente: “El principal recurso en juego es el oro”. Ese metal, extraído clandestinamente en Darfur y otras regiones occidentales, alimenta una red que, según explica, termina en los Emiratos Árabes Unidos (EAU).
“Ese oro viaja a otros países mediante triangulación –Kenia, Etiopía o Chad– y finalmente llega a EAU, donde es refinado”, observa Bryan. Ese flujo sostiene el financiamiento de las RSF junto con el envío de armas y “mercenarios provenientes de distintos lugares del mundo, entre ellos colombianos”, aclara.
Del otro lado, el ejército sudanés cuenta con el apoyo de Egipto, Turquía y Arabia Saudita, actores que buscan mantener presencia en un país clave por su salida al mar Rojo y su cercanía a rutas estratégicas como Bab el-Mandeb y el Canal de Suez.
Guerra Proxy. Sudán se ha convertido en un tablero de competencia indirecta entre actores externos. Bryan define a las RSF como “un proxy de EAU”, cuyos intereses geopolíticos incluyen ganar presencia en el mar Rojo, donde carecen de salida natural. El ejército sudanés, en cambio, es un actor estatal, aunque “ha recibido recientemente apoyo externo: drones de Turquía, sistemas antiaéreos de Arabia Saudita y asistencia de otros actores”.
Así, “Sudán se convirtió en un escenario de disputa entre dos proyectos geopolíticos”, sostiene. Por un lado, el de EAU “que ha normalizado relaciones con Israel”; por el otro, “un eje de países suníes que no quieren alinearse con Irán, pero tampoco directamente con Israel”.
Respecto de la expansión del conflicto, más que un proceso lineal, Bryan ve una “articulación entre conflictos”. Menciona las tensiones entre Somalia y Somalilandia, el apoyo creciente de Turquía a Mogadiscio luego del reconocimiento israelí a Somalilandia, y la posibilidad de que “el conflicto del Tigray en Etiopía pueda reactivarse en cualquier momento”.
Si eso ocurriera, advierte, “todo podría conectarse como un gran corredor de conflictos que iría desde Sudán, pasando por Etiopía, hasta llegar a Somalia”.
Los avances recientes del ejército sudanés tienen un componente externo decisivo. Bryan explica que desde que Irán atacó a EAU, la infraestructura emiratí opera con limitaciones, lo que “redujo drásticamente el flujo de armas y mercenarios” hacia las RSF. Esa interrupción ya está alterando el equilibrio de fuerzas en Sudán.
¿Por qué una de las peores crisis humanitarias del mundo recibe tan poca atención? Bryan no duda: “Sudán enfrenta un problema que comparten muchos países africanos; la estigmatización” como continente condenado a la guerra, sumada al “lavado de imagen internacional” de actores como EAU, explica parte del silencio.
“Dubái aparece como un polo de modernidad, turismo y tecnología, y eso suaviza la percepción sobre su rol en la región”, afirma. En la ONU, recuerda, “los proyectos para condenar las acciones de las RSF nunca prosperaron”.
Mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado, Sudán se hunde en un conflicto cuyo desenlace está lejos finalizar.