Tres tesis sobre el antisemitismo
Cuando analizamos la actualidad frecuentemente sentimos que somos testigos de un presente novedoso. Sin embargo, en muchas ocasiones la impresión de lo inédito es, más bien, producto del desconocimiento sobre el pasado o del impacto que nos provoca un suceso reciente, y por ello afirmamos que ocurre algo que antes no sucedía. En este texto nos ocupan las dimensiones actuales del antisemitismo, para las cuales planteo tres tesis que configuran un único cuadro; un cuadro en el que, precisamente, lo hondamente antiguo asume revestimientos que intentan mostrar algo original. No obstante, la actualidad no es sino la actualización del pasado.
Primera tesis. La primera de las tres tesis es que en el último tiempo hubo un resurgimiento notable del antisemitismo. Desde luego, nada nuevo hay en el antisemitismo e, incluso, el verbo resurgir suena impreciso. En efecto, podría considerarse que no hay más antisemitismo que antes, sino que solo aumentó la manifestación pública de lo que ya existía. Sin embargo, como el discurso antisemita es una de las formas del discurso de odio, y este siempre se juega en la escena pública, podemos concluir que la mayor frecuencia de manifestaciones es sinónimo de más antisemitismo. En todo caso, a la histórica pregunta sobre las razones milenarias del antisemitismo, podemos agregar otro interrogante: ¿bajo qué condiciones en ciertos períodos queda legitimada y aumentada su expresión pública?
Como sea, desde hace unos cuantos meses que en redes sociales y portales periodísticos proliferan comentarios de antisemitismo explícito: sobre el supuesto poder económico mundial de los judíos; sobre la isla de Epstein, los judíos y el Mossad; sobre los incendios en el sur, los soldados israelíes y la apropiación de la Patagonia; sobre los atentados en Buenos Aires (Embajada de Israel y AMIA) que habrían sido autoprovocados; la mención indiferenciada a Netanyahu-Israel-sionismo-judíos; reivindicaciones de Hitler, etc.
Segunda tesis. Mi segunda tesis es que la actual alianza entre la ultraderecha internacional e Israel no contradice la identidad radical e histórica entre la derecha y el antisemitismo. En todo caso, el filosemitismo que hoy exhiben los derechistas del mundo es superficial, falso y transitorio.
Posiblemente confluyan razones económicas y geopolíticas que aúnan a ciertos gobiernos (EE.UU., Israel, Argentina, etc.) y que, en consecuencia, algunos gobernantes se vean exigidos de mostrarse como “amigos” de Israel. No obstante, se trata de un afecto y una identificación falsa, y que juega tramposamente con la metonimia Netanyahu-Israel-sionismo-judaísmo. Si se quiere, el filosemitismo de la derecha es una de las fake news más sofisticadas de este siglo.
En rigor, el filosemitismo con el que hoy se visten los derechistas no es sino una expresión de la histórica política de apropiación y fagocitación de la derecha. Se apropian de todo lo existente para quedárselo, eliminarlo o bien banalizarlo. Este último es el caso de su adhesión a Israel. La derecha en este siglo se apropió de las banderas contra el antisemitismo y con ello disfraza su propio antisemitismo, lo banaliza llamando antisemitismo a cualquier cosa, al tiempo que logra aumentarlo y, por último, descoloca a los referentes de izquierda, que es nuestra tercera tesis.
Tercera tesis. La tercera tesis es que, como con tantos otros asuntos, la derecha avasalla y se los apropia, y la izquierda cede y abandona. Esto es, lo que pone en problemas a la izquierda (en la que incluyo socialistas, progresistas, etc.) no es su crítica a las políticas de Netanyahu o a su alianza con EE.UU., sino haber cedido a la derecha la lucha contra el antisemitismo. La izquierda ha desistido de dicha batalla como si hubiese “creído” que, genuinamente, es un terreno o proyecto de la derecha.
Conclusión. La hipótesis central es que la derecha se apropia de toda la agenda, banaliza el debate, incrementa su discurso de odio, y logra intrusar la subjetividad del pueblo y de sus representantes que, en consecuencia, quedan paralizados y desconcertados. Un ejemplo ilustrativo es la dificultad que tuvo la izquierda para significar el 7/10.
Posiblemente fue León Rozitchner, con su libro Ser judío (1967), quien más profundamente analizó la ceguera de la izquierda respecto de los judíos y de Israel. Entre una multitud de variables allí cuestionó: a) porqué la izquierda coloca a Israel en una suerte de lugar “excepcional” en relación con las explicaciones políticas del marxismo, b) por qué se le exige al judío que decline su identidad para devenir marxista, c) en qué medida la izquierda reproduce la negación del origen propia de la derecha, d) por qué en su crítica a Israel la izquierda excluye del análisis la determinación histórica de las relaciones de clase.
Llegamos así a una severa contradicción en la que los antisemitas defienden a Israel, y la izquierda no denuncia el antisemitismo. En síntesis, la paradoja entrampante de la ultraderecha, y de la que la izquierda no encuentra una salida, es que mientras la ultraderecha se disfraza de lo que no es, la izquierda deja de ser lo que es.
Quiero, entonces, concluir el texto con una cita de León Rozitchner: “Y es esa exigencia de no ser lo que somos, que aparece en los momentos cruciales del todo o nada, donde lo que el otro es cuenta como semejante o es desdeñado como sacrificable, la que debe ser señalada entonces, pese a todo, como una supervivencia de la derecha en el seno de la izquierda misma”.
*Doctor en Psicología.
Psicoanalista.
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