artículo de ‘the atlantic’

Trump, ¿fascista? Identificar al merecedor de la “palabra con f”

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Esta semana, el autor estadounidense Jonathan Rauch publicó un artículo en la revista con sede en Washington The Atlantic titulado “Sí, es fascismo”, en referencia a Donald Trump. Su nota, de lo más interesante tiene, sin embargo, argumentos que merecen la pena desglosar. 

El autor comienza su tesis explicando que durante cierto tiempo se negó a usar “la palabra con f (fascista)” para referirse a Trump, ya que muchos de los elementos del fascismo no parecían acomodarse a su figura. Además, dice, si cualquiera es fascista, entonces nadie es fascista. Usar el “término con f” con demasiada ligereza es solo a costa de que pierda su potencia y significado. 

Rauch comienza afirmando que el “despliegue de la brutalidad performativa” y “su reivindicación del poder ilimitado”, entre otras, son actitudes de Trump que delatan algo más siniestro que la codicia o cierta actitud mafiosa. Y llega a la demoledora conclusión  que “los acontecimientos recientes han puesto en relieve el estilo de gobierno de Trump; la palabra fascista es la mejor descripción”.

Luego enumera una serie de agravios e insultos vociferados por Trump a otros funcionarios que constata como “una característica del estilo de gobierno fascista”. Rauch dice que es una forma de destruir “las piedades liberales como la razón y la razonabilidad, la civilidad, el espíritu cívico, la tolerancia y la paciencia”. Sin embargo, me permito discernir en este punto. Por supuesto que las faltas de respeto no nos llevan hacia sociedades más pacíficas y tolerantes, pero considero importante distinguir que no es lo mismo el agravio del poder a un ciudadano civil (cuestión que sí es propia absolutamente del fascismo), que el insulto a la oposición. Pues si no, caeremos en el error mencionado al comienzo: si llamamos a cualquiera actitud fascista, entonces nada termina siéndolo. Considero, opuestamente, que la agresión entre opositores, si bien es desagradable, ocurre tanto en la izquierda, como en la derecha, y lleva dentro de sí mismo cierto pálpito democrático. Pues, en un país que no es libre, el insulto solo puede hacerse desde el exilio. 

“Los estados liberales usan la violencia a regañadientes, mientras que el fascismo la abraza y la ostenta. Trump, por lo tanto, elogia a una turba violenta”, dice Rauch y luego recuerda el de-sagradable episodio en el que  Trump, en la Oficima Oval, reunido con el presidente ucraniano Zelenski, “mostró un abierto desprecio por lo que consideraba la debilidad de Ucrania” y lo asocia a la característica del fascismo que “George Orwell llamó ‘adoración al matón’.” Me parece pertinente recordar en este punto cuando en 2016 Trump dijo que: 

“Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. ¿Podría ser esta una frase en la que se consolida el concepto de ‘adoración al matón’? Sin embargo, es importante remarcar que, a pesar de que el autor al comienzo de su artículo menciona el “apoyo (de Trump) a la extrema derecha global”, considero que la adoración al matón no se reduce únicamente a la derecha. 

“Los liberales siguen la ley, les guste o no; los fascistas, solo cuando les gusta”, dice el autor. “Trump no oculta su desprecio por el debido proceso legal; ha exigido innumerables veces que sus oponentes sean encarcelados”. Coincido con Rauch en el principio básico que dicta que “la ley es pareja para todos”, aunque no puedo pensar igual sobre el pedido de “encarcelamiento de oponentes”. Pienso en Lula Da Silva, apoyando que se encarcele a Bolsonaro, por ejemplo. Creo que en este punto la característica fascista no es la de “encarcelamiento de oponentes”, sino la de “encarcelamiento de oponentes inocentes”.

Encarcelar a un oponente si este es culpable de algún crimen no es fascista, obviamente; más bien, es justicia. El acto fascista reside en la carencia de motivos para dicho encarcelamiento, más que la propia voluntad de permanecer en el poder. 

Creo, finalmente, que si Trump tiene caracterísitcas fascistas, se resumen lisa y llanamente en aquella frase que él pronunció en su primer mandato: “Tengo derecho a hacer lo que quiera como Presidente”.