Mientras Loan no aparezca, el delito sigue vivo
"Ellos tienen a Loan. Nosotros el amor, la lucha y la Justicia", repiten María y José Peña, los padres de Loan, a quien quiera escucharlos. "Esperamos todos los días que aparezca Loan vivo, sano y salvo".
El Estado frente a su prueba más dura
No es una consigna. Es una frontera.
No es un caso del pasado.
Es una herida abierta.
Este viernes, en Corrientes, la Justicia enfrenta algo más que una sustracción: enfrenta la prueba de que ningún poder puede arrancar a un niño de su familia y convertirlo en silencio. Mientras Loan no aparezca, la lesión sigue viva. Y con ella, la obligación agravada del Estado.
Ellos lo retienen. La familia resistió y resiste.
“…Ojalá que con este juicio lo tengamos de vuelta vivo, sano y salvo…”
En esa frase no hay poesía.
Hay una línea divisoria.
El viernes, a las 9.00, comienza un juicio que no mira hacia atrás. Mira hacia el presente. Porque la sustracción de un menor no es un acto que terminó el día en que fue apartado de su familia. Es un delito permanente. Vive mientras Loan no aparezca.
Caso Loan: cómo será la audiencia preliminar y quiénes son los acusados de la sustracción del menor
Loan no es recuerdo.
Es actualidad.
El delito que no se clausura
La dogmática penal distingue entre delitos instantáneos y delitos permanentes. En los primeros, la acción se agota en un momento determinado. En los segundos, la lesión al bien jurídico se prolonga en el tiempo.
La sustracción de un menor de diez años -artículo 146 del Código Penal- pertenece a esta última categoría. Se consuma y se mantiene mientras el niño permanezca fuera de la esfera de custodia legítima.
No es un hecho cerrado.
Es una situación en curso.
Cada día sin Loan es jurídicamente relevante.
Cada hora sin respuestas integra el hecho típico.
Mientras no aparezca, el ilícito continúa. Y el peligro es actual.
La inversión del dolor
Desde las primeras horas, la familia fue señalada. El padre fue acusado de estar bajo los efectos del alcohol. Sin embargo, fue quien declaró de inmediato, quien exigió explicaciones y quien impulsó la búsqueda. En pocas horas, el pueblo entero estaba en la calle.
A la madre la acusaron de vender a su hijo.
A los hermanos los investigaron y sometieron a control judicial.
Se insinuaron vínculos con narcotráfico.
La víctima fue convertida en sospechada.
Este mecanismo no es desconocido: cuando la verdad resulta incómoda, se siembra confusión. Se desplaza el foco. Se instala ruido.
Pero el ruido no quebró a la familia.
Distorsión y poder
El proceso atravesó interferencias: simuladores, falsos profesionales, versiones disparatadas, denuncias cruzadas, ataques institucionales, cuestionamientos a fiscales y a la jueza, incluso señalamientos de plantación de prueba.
La investigación no sólo tuvo que esclarecer un hecho: tuvo que sobrevivir a una tormenta.
Algo salió mal.
Cuando el poder pierde el control de la escena, reacciona. Y en esa reacción deja huellas. El juicio oral es el espacio donde esas huellas se examinan.
La grieta esencial no es partidaria. Es moral.
De un lado, quienes retienen.
Del otro, quienes buscan.
De un lado, ocultamiento.
Del otro, amor.
Puede parecer impropio hablar de amor en un expediente penal. No lo es. El amor es el motor que impide que la causa se enfríe. Es lo que mantiene viva la exigencia de verdad.
Loan: mientras haya una posibilidad, la evidencia no se destruye
La mentira temprana y el archivo periodístico
En los delitos permanentes, el tiempo es estructural. Cada hora sin verdad consolida la ventaja de quien retiene. Por eso, la instalación de versiones falsas en los primeros días no fue un dato lateral: fue una maniobra funcional que alteró la percepción pública y desvió el foco.
Durante los primeros sesenta días, un sector del periodismo trabajó con rigor informativo y documental. Las entrevistas fueron extensas, sin edición manipulada, con registro íntegro de declaraciones espontáneas de quienes hoy están imputados.
Ese material no es meramente mediático: constituye un archivo fáctico.
En esas entrevistas, Laudelina Peña -hoy principal sospechosa- formuló afirmaciones que sembraban dudas sobre la conducta de María, insinuando que la madre de Loan no lo querría, que no lo buscaba o que no demostraba sufrimiento, lo que para ella resultaba sospechoso.
Lo sostuvo pocos días después de la desaparición, mientras María y José atravesaban un nivel de estrés extremo y ni siquiera estaban en condiciones de conocer o procesar públicamente esas declaraciones.
No fue una expresión aislada.
Fue la instalación de una hipótesis.
La víctima pasaba a ser sospechada.
El dolor, cuestionado.
La búsqueda, relativizada.
En un delito permanente, esa inversión discursiva es grave: si la sociedad duda de la víctima, el delito gana tiempo.
La criminología ha estudiado este fenómeno. La mentira temprana desorienta, divide y desplaza. Pero aquí quedó registrada. Las cámaras captaron las declaraciones. Las palabras permanecen.
El periodismo serio no sólo informó: documentó.
Ese archivo permite reconstruir cómo la distorsión comenzó desde el inicio y cómo la mentira precedió a la confusión generalizada que luego alimentó fake news y versiones infundadas consumidas sin filtros por parte de la sociedad. Algunos operadores mediáticos quedaron expuestos con el paso del tiempo; en su momento, amplificaron narrativas que generaron daño real y cuyos efectos aún se proyectan.
Cuando la mentira se instala primero, el daño no es sólo penal. Es institucional.
Y el juicio permitirá confrontar esas declaraciones con la prueba.
Mientras los padres buscaban desesperadamente a su hijo, otros instalaban versiones.
Esa diferencia quedó grabada.
Lo que se juega
Este juicio no es un trámite. Es una prueba institucional.
Se debatirá prueba.
Se examinarán contradicciones.
Se analizarán responsabilidades.
Pero, por encima de todo, se evaluará si el sistema puede enfrentar un delito permanente sin naturalizarlo.
La peor derrota no sería un resultado adverso.
Sería la indiferencia.
Loan Peña y Cristian Schaerer: dos niños desaparecidos
La posibilidad de una sentencia histórica
Las sociedades se miden en momentos límite. Cuando un niño desaparece y la lesión continúa en el tiempo, la respuesta estatal define un estándar.
Si el poder puede retener en la sombra y atravesar indemne el escrutinio público, la ley pierde espesor.
Si la ley logra imponerse, la República se reafirma.
Este juicio no trata sólo de lo que ocurrió en un paraje de Corrientes. Trata de si el Estado puede demostrar que ningún niño puede ser arrancado de su familia y convertido en silencio.
La madre lo dijo con claridad desarmante:
“Ellos tienen a Loan. Nosotros el amor, la lucha y la Justicia.”
El viernes comienza algo más que un debate oral.
Comienza la oportunidad de que la ley demuestre que no es una palabra vacía.
El límite del poder ¿Será Justicia?
No se trata sólo de una sentencia.
Se trata de un límite.
Si el poder puede arrancar a un niño de su familia y atravesar el tiempo sin consecuencias, la ley se vuelve decorativa.
Si la ley logra imponerse, entonces el poder tiene frontera.
Y esa frontera no la traza la fuerza.
La traza el derecho cuando se aplica sin miedo.
La sostiene una familia que no dejó de buscar y una justicia que los acompañó.
Mientras Loan no aparezca, el delito sigue vivo.
Y mientras el delito siga vivo, la obligación del Estado también.
Si la verdad prevalece, no será por el poder.
Será porque el amor y la Justicia resistió más que la sombra.
LT
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