LA RECETA PARA REACTIVAR LA ECONOMÍA

Cavallo criticó el plan de Milei: "Para mí ortodoxo es ver la realidad y tratar de entender lo que va a funcionar"

El exministro cuestionó el enfoque monetario del Gobierno y planteó que la prioridad debe ser combinar estabilidad, crédito y crecimiento. Además, defendió la libertad cambiaria y reivindicó una mirada económica alejada del dogmatismo.

Domingo Cavallo, ex ministro de economía Foto: Cedoc

La conversación con Domingo Cavallo parte de una discusión sobre el rumbo económico del gobierno de Javier Milei, pero rápidamente se transforma en una revisión de las ideas que, según el exministro de Economía, deberían orientar la estabilización y el crecimiento. EnModo Fontevecchia, por +Perfil, Radio Perfil (AM 1190), Cavallo cuestiona que la prioridad esté concentrada exclusivamente en reducir la inflación y plantea que el desafío central es generar las condiciones para que la economía vuelva a crecer con fuerza, especialmente a través del crédito, la inversión y una mayor libertad cambiaria.

Con la experiencia de haber diseñado y ejecutado la Convertibilidad durante el gobierno de Carlos Menem, Cavallo compara aquel proceso con el actual programa económico y sostiene que existen herramientas que Milei podría utilizar para acelerar la recuperación. Su propuesta incluye liberar el mercado cambiario, permitir que el dólar funcione como moneda de curso legal, acumular reservas y reducir el costo del financiamiento, mientras reivindica una concepción de la economía alejada del dogmatismo: “Para mí, ser ortodoxo es mirar la realidad y entender qué va a funcionar para esa realidad”.

Domingo Cavallo es contador público y doctor en Economía por la Universidad Nacional de Córdoba, con un segundo doctorado en Economía obtenido en la Universidad de Harvard. Reconocido a nivel mundial por ser el creador y ejecutor de la Ley de Convertibilidad durante la década del 90, fue ministro de Economía de la Nación en dos períodos clave de la historia reciente del país: entre 1991 y 1996, durante el gobierno de Carlos Menem, y en 2001, durante la administración de Fernando de la Rúa. Además, ejerció brevemente la presidencia del Banco Central en 1982. También se desempeñó como ministro de Relaciones Exteriores entre 1989 y 1991, una función clave para el restablecimiento de las relaciones bilaterales con el Reino Unido tras la Guerra de Malvinas.

Bueno, además vamos a hacer una especie de pacto de lectura, como siempre hacemos con nuestra audiencia. Tengo una relación con Domingo de afecto de hace muchos años, más de 40 años, y siempre valoré muchísimo su capacidad intelectual y política. Hoy vamos a tener la posibilidad de tener un largo reportaje, de casi una hora de conversación. Han aparecido muchos reportajes suyos este último fin de semana donde usted marcaba que, mucho más importante que bajar la inflación de dos a uno o de uno a medio punto, es que el crecimiento de la Argentina pase de tres a seis u ocho. Me gustaría que compartiera con nuestra audiencia primero lo que estuvo diciendo en los medios últimamente y luego iremos agregando temas.

Para que se consolide un plan de estabilización y perdure en el tiempo, al igual que las reformas estructurales en general, es muy importante que produzca resultados que hagan que la gente se sienta plenamente satisfecha y apoye el plan con su voto y con su seguimiento. Lo que sostengo es que hasta ahora el gobierno ha logrado la baja de la inflación, y eso sin duda trae beneficios a mucha gente, pero quedan siempre los efectos recesivos que tienen todos los planes monetaristas de estabilización. En mi opinión, el gobierno tiene que atacar ese flanco. Para eso es fundamental que se creen condiciones para el financiamiento adecuado del sector privado: de todo tipo de empresas y también de las familias, con plazos y tasas de interés suficientemente bajas. Vengo dando algunas ideas que, lamentablemente, el gobierno no ha tomado en cuenta hasta ahora, pero que tienen que ver con lo que pensaba Javier Milei antes de la campaña electoral. Trato de enlazar mi propuesta con lo que era su discurso anterior para ver si puedo convencerlo de encarar estas soluciones y lograr no solo una reactivación, sino un crecimiento rápido de la economía. Eso es fundamental. Cuando me dicen si es posible, respondo: ¿cómo no va a ser posible? A los mil días del inicio del gobierno de Menem, cuando lanzamos la convertibilidad...

La convertibilidad se lanza en una fecha similar.

A los mil días y cuando faltaban ocho meses para las elecciones de medio término.

Exacto.

Conseguimos no solo bajar a menos del 1,5% mensual la inflación que venía del 20% mensual...

Una inflación mucho mayor que la que tomó Milei, obviamente.

Claro. No solo logramos la estabilización inmediata de la tasa de inflación, sino que el primer año hubo un crecimiento del 10% de la economía. Eso se debió a que el anuncio y la puesta en marcha de la Ley de Convertibilidad, junto con la total libertad para el movimiento de capitales y el funcionamiento del mercado cambiario, crearon mucho crédito interno y externo para el sector privado. Eso permitió mucha inversión, sumado al plan de privatizaciones y al aumento de productividad que enseguida se notaron en la economía. Creo que eso mismo lo podría lograr Milei si le prestara atención a la necesidad de organizar un sistema monetario, cambiario y financiero. Estas cosas requieren una explicación detallada...

Acá tenemos tiempo, explíquelas, lo escuchamos.

Justo en el reportaje que salió ayer en Clarín trato de explicarlo en detalle. Además, hace poco di una conferencia en la Academia Nacional de Ciencias Económicas donde me dediqué a hacer un raconto de cómo se relaciona la moneda con el crédito y con el crecimiento en muchas economías emergentes que han tenido esta experiencia. Hay una cuestión que es fundamental: cuando una economía ha estado dolarizada de hecho o de derecho en un alto porcentaje —porque la gente piensa y sigue pensando que el dólar la protege mejor que la moneda local contra la desvalorización—, el éxito de un plan de estabilización depende mucho de que se deje que el dólar funcione en la práctica como moneda de curso legal. Una de las primeras cosas que debería hacer el gobierno de Milei es declarar al dólar de curso legal y permitir que se puedan hacer todo tipo de transacciones, no solo de contado, sino también de mediano y largo plazo, e intermediación financiera del mismo tipo que la que se da con el peso. Además, el Banco Central tendría que acumular reservas con emisión monetaria. No le tiene que tener miedo a la emisión monetaria para comprar dólares y acumular reservas, aprovechando que los exportadores están obligados a venderle las divisas al Central. El solo hecho de que el Banco Central acumule reservas permite pensar que se va a poder cumplir con las obligaciones del exterior. Por otro lado, el gobierno tiene que comprar los dólares para el Tesoro para pagar los servicios de la deuda. Eso tendría un efecto muy beneficioso en términos de acelerar la caída del riesgo país y abrir acceso al mercado de capitales a tasas más razonables, lo cual es muy importante para el sector privado y para el propio sector público. Todo eso debería inducir a que renazca el crédito en pesos y en dólares para el sector privado a tasas razonables. Facilitaría el proceso de inversión y el aumento de la competitividad. Se habla mucho de que las empresas orientadas al mercado interno tienen que reconvertirse para poder exportar. Toda reconversión requiere inversión en capital de trabajo y en activos fijos, y eso solo se puede encarar a nivel de las pequeñas, medianas y grandes empresas si hay financiamiento. Sin financiamiento es muy difícil llevar adelante un plan de reestructuración empresarial.

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Si no entiendo mal, Domingo, lo que usted dice es que el gobierno tendría que eliminar cualquier cepo, también para las personas jurídicas, y enviar una señal de certeza respecto de cuál va a ser la política cambiaria.

Así es. En materia cambiaria hay que dejar que se organice el mercado sin que el Banco Central esté en el centro. Los exportadores tendrían que poder vender las divisas en el mercado a quienes quieran y cuando quieran, y los importadores tendrían que ir a ese mercado a comprar las divisas, no a un mercado que maneja exclusivamente el Banco Central. ¿Participan el Banco Central y el gobierno en el mercado cambiario? Sí, pero el Banco Central solo para acumular reservas y el Tesoro para comprar con recursos propios las divisas que necesita para cumplir con sus pagos en el exterior. Esta organización va a dejar que el tipo de cambio vaya al nivel que tiene que ir. Algunos dicen que tiene que ser alto o bajo; no, el tipo de cambio tiene que ser de equilibrio en un mercado que funcione con libertad.

Si lo interpreto bien —y usted me corrige—, el gobierno no hace esto porque supone que le generaría algunos puntos más de inflación inicialmente. Tiene como único objetivo un porcentaje de inflación menor, mientras que usted señala que sería mejor aspirar durante un tiempo a un porcentaje un poquito mayor de inflación, pero a un crecimiento mucho mayor.

Yo no lo pondría en esos términos, porque un buen manejo monetario, cambiario y financiero, lejos de provocar una tasa de inflación mayor por algunos meses, ayuda a consolidar un ambiente de desinflación. Sobre todo porque removería del horizonte la expectativa de que, cuando se unifique y liberalice el mercado cambiario, habrá un salto en la cotización. No necesariamente ocurriría, y menos en un momento como este, donde hay abundancia de dólares comerciales provenientes de la exportación.

O sea que podría bajar la inflación.

Podría bajar por el efecto beneficioso del acceso al crédito externo a tasas normales de interés para el sector privado, y por el mayor financiamiento que encontrarían las empresas para reconvertirse dentro del sistema argentino, ya sea en pesos o en dólares.

¿Por qué no lo hace entonces? Si la promesa era terminar con la inflación, uno podría entender que priorice bajar la inflación a costa de retraer el crecimiento con un objetivo político en función de las elecciones. Pero si pudiera lograr las dos cosas juntas, ¿por qué no lo hace?

Creo que es por miedo. No sé si del propio Milei o del ministro de Economía. A lo mejor el mismo Milei tiene miedo de que los que quieren perjudicarlo se pongan de acuerdo para demandar muchos dólares, hacer subir de forma artificial el tipo de cambio y provocar en lo inmediato la sensación de que la inflación ya no baja o de que ha fracasado el plan de estabilidad. En mi opinión, ese temor es infundado. Primero, no hay que compararlo con lo que pasó el año anterior, cuando hubo un salto cambiario por mayor demanda de dólares debido a que habían dejado atrasar el tipo de cambio antes de ese episodio. Por ejemplo, cuando lanzamos el plan de convertibilidad, yo había dejado flotar libremente el tipo de cambio antes de estabilizarlo.

Pasó de 5 a 10, si no recuerdo mal.

Pasó de 5 a 10 y, sin embargo, después la inflación bajó rápidamente. O sea que no hay que tener ese temor; no se produciría ahora un salto cambiario desestabilizador. El año pasado, como se había atrasado el tipo de cambio, cuando empezó a subir la gente pensó que seguiría subiendo. Por otro lado, hubo un manejo muy arbitrario de la liquidez bancaria: se les ocurrió que las Leliq debían contabilizarse como pasivos del Tesoro, aunque el Banco Central siguiera pagando la tasa de interés. Eso hizo mucho ruido en el mercado y las tasas volaron, creando la sensación de un ataque al programa de estabilización. Para mí no era un ataque, sino la consecuencia de errores cometidos previamente. Después intervino Scott Bessent, tranquilizó las aguas y eso ayudó al gobierno a ganar la elección. Ahora, si primero dejan flotar libremente en un mercado totalmente libre con el manejo cambiario que describo, las expectativas a futuro van a ser favorables para consolidar la estabilidad. La idea de que se pueden poner de acuerdo para golpear al gobierno y hacer subir el dólar es infundada. Los especuladores normalmente apuestan en contra de algo que el gobierno no puede sostener en el tiempo. Cuando funciona un mercado enteramente libre, quien quiera desestabilizar tiene que enfrentarse con otros miembros del mercado que operan con distintas expectativas. Es un error tenerle tanto miedo a un ataque cambiario. El antídoto contra cualquier ataque es haber acumulado reservas. Si el gobierno acumula reservas y hace bajar el riesgo país, se reducen las chances de que alguien invierta dinero para tratar de voltear al gobierno vía un ataque a la moneda.

En los años 90 usted hacía gala de no ser ortodoxo, sino heterodoxo. Su plan de convertibilidad fue incluso en contra de las recomendaciones del Fondo Monetario Internacional. Usted siempre rescató su capacidad de interpretar distintas corrientes de la economía adecuadas a cada momento. Al mismo tiempo, la convertibilidad fue inicialmente muy expansiva: el Producto Bruto creció un 10% el primer año. ¿Es posible que al ministro de Economía —al no ser economista sino financista— y al presidente —al hacer gala de su ortodoxia— les falten herramientas para complementar y producir crecimiento, y que la falta de desarrollo sea el resultado de esa carencia intelectual, cognitiva o de experiencia?

La cuestión de si uno es ortodoxo o no depende de la definición que se le dé a la ortodoxia. Por ejemplo, cuando el Fondo Monetario objetaba al principio el plan de convertibilidad, lo hacía porque yo había decidido llevar a cero las retenciones agropecuarias y eliminar restricciones a las importaciones, lo que significaba reducir ingresos por aranceles. Ellos calculaban cuánto se perdía de recaudación por esas dos medidas fiscales. Yo les decía que no se podía hacer ese cálculo sin ver el efecto recaudatorio global que tendría eliminar un impuesto que gravaba las exportaciones. Les dije: «Vuelvan a Washington, déjennos implementar el plan tal como lo tenemos pensado». Lo paradójico fue que en el primer trimestre la recaudación aumentó. Aumentó por algo que la ortodoxia decía que iba a jugar en contra: el efecto Olivera-Tanzi. El efecto Tanzi se utilizaba para explicar cómo la inflación erosionaba los recursos fiscales por la demora en la cobranza de impuestos. Yo pensé que si lográbamos estabilizar y bajar la inflación de inmediato, el efecto Tanzi jugaría al revés: como los recursos vendrían a la tasa de inflación del pasado, recibiríamos muchos más recursos. Y así fue.

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Pero usted nunca fue dogmático, eso es lo que quiero remarcar.

En economía no se puede ser dogmático. No se puede decir, como sostiene ahora Milei —y antes no lo decía—, que la emisión monetaria es la causa única de la inflación y que bajando el ritmo de oferta monetaria la inflación va a desaparecer. Eso es una teoría cuantitativa ingenua. Milton Friedman no estaría de acuerdo con esa afirmación. Él hablaba del control de la cantidad de dinero en un período donde había habido una expansión exagerada. Pero después, tanto Friedman como sus seguidores —por ejemplo Bob Lucas, que obtuvo el Premio Nobel, o John Taylor, autor de la Taylor Rule— abrevaron en el monetarismo, pero con una gran dosis de realismo. Esa es la regla que tratan de seguir los bancos centrales de todo el mundo para el manejo monetario. Hay una inercia de la que tenemos que hablar. Es mucho más importante el análisis de la realidad del país donde se debe actuar que las doctrinas económicas en el aire. ¿Es ortodoxo adherir a ciertas ideas y aplicarlas inexorablemente de forma dogmática? No. Para mí, ser ortodoxo es mirar la realidad y entender qué va a funcionar para esa realidad. Una cosa son las doctrinas que se tratan de aplicar y otra es la instrumentación, que tiene que ver con la realidad de la economía.

Le pregunto por alguien a quien usted conoce, que ha sido columnista del diario Perfil y a quien estimo personalmente, pero conozco su dogmatismo: Federico Sturzenegger, a quien usted tuvo en su momento. ¿Puede haber un problema con Sturzenegger al decir que no hay que aflojar ni cambiar, ni ayudar artificialmente a la reactivación económica, quedando prisionero de sus propias doctrinas?

Él está abocado a la desregulación de la economía. Ir hacia una economía organizada sin ningún tipo de regulaciones sería muy bueno, y él está trabajando bien en tratar de desregular distintos sectores y distintos aspectos de la economía. Nosotros también avanzamos en desregulaciones.

Había convocado a Pablo Rojo, si no recuerdo mal, quien fue economista jefe de Perfil durante muchos años.

Así es. Él redactó ese famoso decreto de desregulación de 1991. La metodología que utilizaba era la que veníamos desarrollando en la Fundación Mediterránea: estudiar cada sector y región para desregularlo, determinando qué aspectos impedían la inversión eficiente y el aumento de la productividad para remover esos obstáculos. Sturzenegger aplica una metodología similar, aunque a mí me da la impresión de que lo hace sin tener tan en cuenta la realidad del sector o de la región sobre la que van a incidir esas regulaciones. El asunto es extender las desregulaciones al universo lo más rápidamente posible. Veo una cuestión clave: él no maneja las regulaciones referidas a temas monetarios, financieros y bancarios. Tampoco se va a poner a criticar cómo las manejan Milei y Caputo. Respeto mucho que Sturzenegger no opine ni actúe sobre áreas que no son de su competencia. Por otro lado, hay áreas que estoy seguro de que él quisiera desregular, pero donde existen lobbies muy poderosos que lo impiden. Eso lleva a que haya declaraciones sorprendentes de Milei en defensa de esos lobbies.

¿Cuáles son esas áreas, Domingo?

Tomemos el caso de Tierra del Fuego. Todo el mundo sabe que ahí ayudaría mucho una desregulación bien hecha que no perjudique a los trabajadores, ampliando las bases económicas de la isla, apuntalando la investigación y el turismo en un lugar tan lindo. Ahora que van a crear una base naval ahí, se crean oportunidades de empleo en actividades con proyección de futuro. Sería muy deseable remover las reglas tan diferentes que hay para la actividad industrial entre la isla y el resto del país.

Y la cuestión cambiaria, si no entiendo mal. Una de las formas de regular es ir al mercado cambiario.

Exacto. Una vez le pregunté a Sturzenegger cómo entendía Milei que fuera positivo dar todos los privilegios a las grandes empresas que invierten en minería mediante el RIGI. Él me dijo que se lo había preguntado a Milei y que le dio una respuesta satisfactoria: que en dos años todos los beneficios del RIGI los va a recibir la economía entera. No habrá un tratamiento diferencial, excepto en el mantenimiento de las reglas de juego a 20 años, algo entendible para quienes invierten capital a largo plazo. Pero el tratamiento impositivo y el cambiario lo van a tener todos en dos años. Mi sugerencia actual es que, por lo menos el tratamiento cambiario, que no tiene costo fiscal, se lo den desde ya a todos. De ahí mi insistencia en que eliminen el cepo a las empresas y las restricciones al movimiento de capitales. Que declaren definitivamente que la economía argentina va a tener un sistema cambiario donde los exportadores e importadores no estén obligados a operar a través del Banco Central, sino que funcione el mercado, extendiendo los beneficios del RIGI a toda la economía.

En economía se utiliza mucho la metáfora de la cocina: con los mismos ingredientes se puede hacer un plato horrible si se pone primero lo segundo y segundo lo primero. La secuencialidad es muy importante. Entiendo de sus palabras que lo primero que tendría que haberse ordenado, el punto cero, es el sistema cambiario.

Así es, el sistema monetario, cambiario y financiero. Porque, por ejemplo, un ingrediente esencial de esta transformación que yo estoy pregonando y que, en mi opinión, la podrían hacer muy rápido, es eliminar todos los gravámenes que encarecen el crédito. Doy un ejemplo que me tocó vivir y que era muy resistido por la Asociación Bancaria, que en ese momento la presidía Juan José Zanola: la eliminación de un 2% de aporte sobre la tasa activa que iba a la obra social bancaria. La eliminamos. Después se volvió a reintroducir, pero mientras yo estuve en el Ministerio de Economía eso se eliminó. Y así buscamos eliminar la Ley de Sellos con jurisdicción solo en la Capital Federal, porque en las provincias dependían de decisiones que tenían que tomar las administraciones provinciales. Pero también negociamos con las provincias una forma de aplicación de Ingresos Brutos que no generara un efecto cascada sobre la actividad económica. Es decir, queríamos que el crédito fluyera a los tomadores teniendo en cuenta la tasa de interés que tenían que cobrar los bancos, pero removiendo todos los impuestos que la encarecían. Ahora son muy altos esos impuestos y, por lo tanto, son una de las causas de que la tasa de interés sea tan alta; no es solo por el manejo monetario y cambiario, sino por el régimen impositivo. Entonces, una buena reforma monetaria, cambiaria y financiera debe contemplar también este tema tributario. Siempre se dice: «Bueno, pero si sacan los impuestos se agrega un problema fiscal». Mucho peor es el agravamiento del problema fiscal si las tasas de interés que tiene que pagar el propio Estado son exageradamente altas. Eso también es gasto público. Y mucho peor si ese sistema impositivo restringe la posibilidad de inversión del sector privado. Lo que se necesita es una preocupación, una toma de decisiones y una explicación. Es muy importante que todos los operadores económicos entiendan los cambios que se están produciendo y su efecto hacia el mediano y largo plazo. En ese sentido, Federico Sturzenegger explica bien cada uno de los cambios que quiere introducir y qué efectos deberían producir. Pero lo mismo hay que hacer en todo el ámbito monetario, cambiario y financiero del que estoy hablando.

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Domingo, usted acaba de decir: «Cuando yo ya no hablaba con Milei, le pregunté a Sturzenegger...». ¿Qué pasó que dejó de hablar con Milei?

Se enojó conmigo porque yo, desde el vamos de su gobierno y por obligación profesional —era lo que le enviaba a mis clientes de consultoría—, escribo un informe mensual. Siempre lo hice, no con un sentido de crítica, sino de sugerencias sobre lo que el gobierno podía hacer mejor para obtener mejores resultados. A mí nunca me gustó que controlaran el tipo de cambio para bajar la inflación. Me dicen: «Pero usted controló el tipo de cambio con el uno a uno y ahora se opone a que el gobierno maneje el tipo de cambio». Yo dispuse que la moneda argentina estuviera respaldada en dólares, pero con total libertad para comprar, vender o mover capitales con el exterior.

Usted señala que una cosa es que el cambio sea fijo y otra es que haya libertad de cambio. Usted tenía cambio fijo, pero con libertad de cambio.

Así es. Y además, eventualmente, se podría haber avanzado hacia la libre flotación cuando fuera oportuno. Pero el control de cambio que hicieron y el manejo cambiario para bajar la inflación, junto con la eliminación del déficit fiscal —que era ineludible hacerlo—, fue provocando un atraso cambiario. Cada vez que se provoca un atraso cambiario, después se corre el riesgo de que haya un salto devaluatorio y que desconcierte a todo el mundo. Por eso, a lo largo del año 2024 tenían que bajar el déficit fiscal y tratar de estabilizar, pero sin dejar atrasar el tipo de cambio. Yo sugería que controlaran nada más que el tipo de cambio comercial por un tiempo y dejaran un mercado totalmente libre para todo otro tipo de transacciones, de tal manera que eventualmente se fueran unificando. Un plan de estabilización debía lanzarse formalmente, con una meta de inflación realmente baja, cuando se hubieran acumulado suficientes reservas como para comprometer una política cambiaria definida y cuando se hubiera logrado liberalizar totalmente el mercado cambiario. Yo indicaba una fecha que era fines del año 2024. Obviamente, si se hacía lo que yo pregonaba, la tasa de inflación en el 2024 no hubiera bajado tanto como bajó, pero el país hubiera estado preparado a principios del 2025 para implementar un verdadero plan de estabilización que produjera no solo una caída de la tasa de inflación, sino una reactivación y crecimiento de la economía. Eso es lo que yo venía diciendo, y lo habíamos discutido incluso con Luis Caputo antes de que él se hiciera cargo. Yo le sugerí a Joaquín Cottani, que había sido un gran colaborador mío y es una persona muy capaz, que fuera el viceministro de Economía para implementar una solución de esa naturaleza. Pero, por razones que no entiendo —no sé si fue el propio Milei o Caputo—, tomaron otro curso. En aras de producir una baja drástica de la inflación ya en el año 2024, no trepidaron en utilizar el tipo de cambio y mantener los controles; no liberalizaron ninguna parte del mercado cambiario.

Las personas físicas a partir del 2025...

Sí, pero en 2024 ninguna. Creo que la sorpresa que tuvieron en el 2025, que desconcertó al propio gobierno y lo obligó a buscar el apoyo de Scott Bessent y Donald Trump, tuvo que ver con lo que había pasado hasta ese momento.

Usted contó que...

Milei se enojó conmigo. Me mandaba a decir que yo estaba equivocado y se quejaba de que lo criticaba. Yo le mandaba mis informes y le decía: «Mirá, esto no es para criticar, es una sugerencia». Pero un día me escribió un mensaje de WhatsApp diciendo que rompíamos relaciones, que me bloqueaba y que yo era un ingrato porque él me había apoyado mucho ante la opinión pública cuando yo estaba desprestigiado, y que le estaba siendo desleal. Creo que estaba equivocado, pero bueno. A partir de ahí seguí con la misma actitud de hacer sugerencias constructivas, pero ya no tuve diálogo con él. Sé que sus colaboradores leen las cosas que escribo y espero que escuche. No sé si escuchará.

Usted contó también en el reportaje de Clarín que Milei le escribía a su hija...

Nono, mandaba a colegas de mi hija a decirle: «Mirá, tu papá está criticando al gobierno». Mi hija no podía hacer nada. Después, cuando se enojó conmigo, la sacaron. No sé si él o por sugerencia de Guillermo Francos, pero la habían nombrado embajadora y ella estaba haciendo una muy buena tarea, porque los hijos no tienen nada que ver con los padres. Hay muchos aspectos de la personalidad de Javier Milei que a mucha gente le chocan, y a mí también. Pero bueno, déjeme ir por otro lado.

Usted conoce la convertibilidad; luego de que el primer año la economía creciera un 10%, hablábamos al principio de su heterodoxia. Ayer en Marcos Juárez ganó el peronismo unido, todo el peronismo cordobés con el peronismo no cordobesista. ¿Cuánto hay de peronismo en usted?

Yo nunca fui peronista. Incluso cuando José Manuel de la Sota me llamó para que fuera candidato a diputado...

¿Por algo lo llamó?

Porque él veía el trabajo que hacíamos a través de la Fundación Mediterránea.

¿Y por algo lo llamó Carlos Menem?

Sí, pero le dije: «Mirá, yo no soy peronista». Además, no comparto muchas cosas del peronismo, y mucho menos la política económica que surge de las veinte verdades peronistas. De la Sota me dijo: «No, justamente quiero que tengas la oportunidad de ayudar al peronismo a modernizar su pensamiento». Le respondí que la gente de mi equipo en la fundación y los empresarios —salvo Astori— eran partidarios del radicalismo y de Eduardo Angeloz. Me ponía en una situación incómoda ser candidato del peronismo, así que le sugerí: «¿Por qué no lo ponés a Juan Schiaretti?». Schiaretti había sido discípulo mío en la universidad y se había tenido que ir porque se había metido en el peronismo en épocas bravas; se fue a vivir a Brasil. Mario Astori, que era peronista y un empresario muy bueno de Córdoba, presidía la fundación, pero no le tenía mucha confianza a De la Sota. Le dije: «Traigamos a Schiaretti, que está trabajando en la FIAT en Belo Horizonte. Es un peronista con experiencia en una empresa como la FIAT». Lo contrataron y lo trajeron a Córdoba. Ya llevaba dos o tres años trabajando con Astori y asistía a las reuniones técnicas de la Fundación Mediterránea. Le dije a De la Sota: «¿Por qué no lo nombrás a Schiaretti?».

O sea, usted es el creador de la continuidad entre Schiaretti y De la Sota.

En ese momento, como Schiaretti había sido un dirigente estudiantil mucho más batallador que el propio De la Sota, vio un competidor potencial y me dijo: «No, quiero que seas vos». Acepté por una razón. Un día Cristiano Rattazzi me llama y me dice que Giovanni Agnelli, junto con el ministro de Trabajo italiano, Gianni De Michelis —que era presidente del Aspen Institute Italia—, organizaba una reunión con dirigentes latinoamericanos e italianos para discutir temas económicos y políticos. Voy a Italia y justo había terminado de escribir Volver a crecer. Mencioné un eslogan que le había tomado al padre de Adolfo Sturzenegger: que había que organizar la economía no como una opción puramente capitalista o socialista, sino entendiendo que las economías tienen un área pública y otra privada capitalista. Pero no podía haber un socialismo sin plan ni un capitalismo sin mercado y sin competencia. Teníamos la peor combinación del sistema. Expliqué eso en mi presentación y después le tocó hablar a un dirigente italiano mayor, pelado, que empezó a elogiar lo que dije. Le pregunté al amigo italiano que tenía al lado quién era y me dijo: «Es el ministro de Relaciones Exteriores en la sombra del Partido Comunista Italiano». Le pregunté cómo podía ser y me dijo: «El comunismo italiano está cambiando totalmente de enfoque. Yo soy diputado por el comunismo».

Entonces usted podía hacerlo por el peronismo.

Claro. Pensé: si el comunismo italiano está cambiando su enfoque sobre temas económicos, a lo mejor puedo ayudar a que el peronismo también los cambie en la Argentina. Entre paréntesis, aquel dirigente italiano después llegó a ser presidente de Italia.

Entonces usted es el padre del cordobesismo, porque le recomienda Schiaretti a De la Sota y termina siendo el continuador.

Hay un montón de anécdotas alrededor del peronismo cordobés que me involucran. Cuando entro como diputado, Schiaretti viene como asesor a trabajar conmigo en la Cámara de Diputados. Después fue secretario de Industria y subsecretario de Asuntos Latinoamericanos en la Cancillería.

Lo que pasó en Marcos Juárez indica que el peronismo puede unirse alrededor de una postura de centro. ¿Hay algo en el cordobesismo que pueda ser el peronismo del futuro?

Bueno, no se si el peronismo del futuro pero un cordobesismo que pueda contribuir a nivel nacional. Si De la Sota no hubiera fallecido en aquel accidente, sería un candidato a presidente, porque tenía muchas virtudes políticas como Menem. Pero el caso de Schiaretti es muy interesante. En 1993, en una interna dentro de lo que hoy es el cordobesismo, hubo distintas corrientes: una liderada por De la Sota —que estaba de embajador en Brasil— y otra que presentaban como «el cavallismo dentro del peronismo», donde Schiaretti era el líder y ganó la interna. El jefe de la juventud que trabajaba con Schiaretti era Juez, o sea que todos vienen más o menos del mismo tronco, del cual quizás surja un peronismo de centro.

Nos están pidiendo entregar el programa. De aquí a dos meses lo vuelvo a entrevistar para continuar con estas historias del pasado que resuenan en el presente y en el futuro.

Creo que el cordobesismo puede jugar un rol importante hacia adelante, como un movimiento que tiene ingredientes peronistas, pero también otros componentes.

Muchísimas gracias, fue un gran placer conversar con usted.

LMM