Día 812: Milei y cuando el pathos le gana al logos
El mensaje presidencial de la Asamblea Legislativa estuvo dominado por un clima épico de consignas, aplausos y enemigos . La emoción, sea entusiasmo o indignación, genera cohesión inmediata y suspende la pregunta por la viabilidad técnica de las soluciones.
Mientras el mundo está en vilo por lo que está sucediendo en Medio Oriente y podría terminar siendo el mayor conflicto bélico tras la Segunda Guerra Mundial, en la Argentina ayer durante la apertura de las sesiones ordinarias del Congreso nuestro Presidente consumió gran parte del tiempo de los argentinos en la cadena nacional para fuegos artificiales de infinitesimales batallas contra un fantasma malherido, como es hoy el kirchnerismo, dando rienda suelta a un éxtasis de pasiones, encima tristes, en lugar de explicaciones.
Cuando Javier Milei anunció la muerte de Maquiavelo en su último discurso de Davos, parece que lo que realmente anunció es la muerte de la política como la habíamos entendido: una batalla de ideas por resolver los asuntos públicos que, además, tiene el objetivo de convencer a una mayoría social. En el auge de la extrema derecha en general y en el discurso de Milei de las aperturas de las sesiones del Congreso, en particular, lo que se vio es otra cosa.
En el Congreso se vio el machaque de un relato cargado de insultos, números muchas veces dibujados y ninguna pretensión de hablarle al conjunto de los argentinos. Milei solo les habla a los convencidos y espera que la falta de alternativa, generada gracias a que la oposición más importante está encabezada por el peronismo, cuyo gobierno fracasó hace apenas tres años, lo ayude a ganar elecciones. Hasta ahora le viene resultando.
Es decir, la construcción del poder político de Milei está sostenida sobre dos grandes columnas: un núcleo duro suficientemente consolidado de alrededor del 30% y otro porcentaje adicional cercano a 15 puntos que tiene críticas a su gobierno, pero no quiere que vuelva el kirchnerismo. ¿Cómo mantiene a estos dos grupos? Ahí es cuando decimos que el pathos le ganó al logos.
Durante su discurso este domingo en el Congreso, el Presidente se refirió a la oposición y dijo: "Ustedes no pueden aplaudir porque se les escapan las manos a bolsillos ajenos. Sigan con las operaciones que después los voy a ir a buscar a la Justicia". Con un tono agresivo, también lanzó: "A ver, ignorantes. La justicia social es un robo. Implica un trato desigual ante la ley e implica un robo, manga de ladrones, delincuentes. Por eso tienen a la suya presa".
Independientemente de lo que pensemos, no podemos naturalizar este tipo de actitud por parte de un Presidente. Tampoco fue correcto el rol del peronismo de gritarle los casos de corrupción en el medio del recinto. Las denuncias que ambos sectores tengan que hacerse, que se la hagan en la justicia y que las expliquen en los medios de comunicación o donde crean que sea pertinente. Pero la apertura de sesiones ordinarias del Congreso debe dar a conocer el rumbo legislativo que plantea el Ejecutivo y dar una explicación de cómo planea resolver los problemas que tiene el país.
Volviendo a nuestra tesis, en la Grecia clásica, la retórica no era sinónimo de manipulación sino el arte de persuadir en la polis. Fue Aristóteles quien sistematizó en su Retórica los tres modos de persuasión: logos, pathos y ethos. El logos remite al argumento racional, a la estructura lógica del discurso, a la demostración apoyada en datos, causas y consecuencias. Es la dimensión que intenta convencer a partir de razones verificables, encadenamientos coherentes y pruebas. El pathos, en cambio, refiere a la apelación a las emociones del auditorio: indignación, miedo, esperanza, orgullo, ira. No busca tanto demostrar como conmover. El ethos, por su parte, es la construcción de credibilidad del orador, su carácter, la imagen de autoridad o integridad que proyecta. Es decir, su personalidad.
Antes de Aristóteles, ya los sofistas, como Gorgias, habían explorado el poder casi hipnótico del lenguaje para afectar las pasiones. Y en los diálogos de Platón, especialmente en el Gorgias, aparece la desconfianza hacia una retórica que seduce sin buscar la verdad. La tensión entre razón y emoción, entonces, no es nueva: está en el corazón mismo de la tradición occidental.
Cuando decimos que “el pathos le ganó al logos”, no se afirma que no haya habido argumentos, sino que la eficacia del discurso descansó más en la movilización afectiva que en la deliberación racional. En el caso del mensaje presidencial de ayer, la escena estuvo dominada por un clima épico: consignas, aplausos coreografiados, enemigos identificables, héroes reivindicados, la repetición como mantra de las palabras "presidente" y "delincuente". La construcción de un “nosotros” asediado por fuerzas que conspiran contra el cambio es un recurso clásico del pathos. La emoción, sea entusiasmo o indignación, genera cohesión inmediata y suspende, al menos momentáneamente, la pregunta por la viabilidad técnica de las soluciones.
El logos exige tiempo: explicar cómo se resolverá la caída del consumo, cómo se revertirá el cierre de empresas, cómo se compatibiliza el ajuste fiscal con la reactivación productiva. Supone entrar en detalles incómodos, reconocer límites, admitir costos. El pathos, en cambio, ofrece claridad moral: de un lado los que defienden el orden y el equilibrio; del otro, los que encarnan el desorden o el privilegio. “Los chorros”, como dijo el Presidente. En ese esquema, la emoción organiza el sentido antes que la evidencia.
Aristóteles advertía que el buen orador debía dominar las pasiones de su audiencia porque las decisiones no se toman en frío. Pero también subrayaba que la persuasión completa combina los tres elementos. Cuando el pathos desplaza al logos, el debate público corre el riesgo de transformarse en una competencia de intensidades: quién grita más fuerte, quién enciende más fervor, quién produce mayor identificación tribal. La racionalidad queda relegada a un segundo plano, como si fuera un obstáculo para la energía política.
Decir que ayer el pathos venció al logos implica señalar que la narrativa emocional, como la épica de resistencia, la denuncia de enemigos y la exaltación de aliados, resultó más determinante que la exposición detallada de políticas públicas. No se discutieron tanto los mecanismos concretos para resolver problemas estructurales como se reforzó una identidad política. La emoción funcionó como cemento; la argumentación, como decorado.
La historia enseña que ningún gobierno puede sostenerse solo con pathos. Las emociones movilizan, pero la administración de un país requiere logos: diagnóstico preciso, planificación, evaluación de resultados. Sin embargo, en contextos de polarización, el incentivo inmediato suele favorecer la apelación emocional. Es más rentable políticamente consolidar una base convencida que persuadir a un adversario escéptico. La pregunta de fondo es qué sucede cuando la política se vuelve predominantemente afectiva. Si el debate racional se debilita, la deliberación democrática pierde densidad. Y si el logos no logra reingresar en la conversación pública, el riesgo es que las soluciones se evalúen más por la intensidad del aplauso que por su eficacia real.
Milei convirtió al Congreso en escenario geopolítico: 'MAGA' regional y guiño estratégico a China
Vamos al centro conceptual del discurso de Milei para entender este punto. Este domingo, en reiteradas ocasiones el Presidente habló de “la moral como política de Estado”. Antes de entrar al Congreso, difundió un video que quizás se pueda entender como el primer spot electoral de La Libertad Avanza. "Hay momentos en la historia en los que una civilización debe elegir su futuro. Nos han dicho que el Estado es nuestro protector, que el burócrata es nuestro salvador y que el político sabe más que el hombre libre. Que debemos obedecer, que debemos depender. pero la verdad es otra", relata Milei en off.
"El mundo solo tiene dos tipos de personas. Los que viven de lo que otros producen y los que producen todo lo que hace posible la vida moderna. Los primeros redactan regulaciones, los segundos crean riqueza, los primeros prometen igualdad, los segundos generan prosperidad, los primeros reparten pobreza, los segundos multiplican abundancia. La verdadera batalla de nuestro tiempo es cultural, es filosófica, es moral. Por eso elegimos el sistema que sacó a miles de millones de la pobreza extrema, el capitalismo de libre mercado, porque la libertad no se negocia, la libertad se defiende", concluye el spot.
Vamos a desagregar bien esta frase, “la moral como política de Estado”, pare terminar de entenderla. ¿Qué es la moral? La moral es el conjunto de normas, creencias y costumbres que guían la conducta cotidiana de las personas en una sociedad. Funciona como un código práctico que nos indica qué acciones son "buenas" y cuáles "malas" según el consenso de un grupo o una época. Es heredada, cultural y se manifiesta en juicios automáticos sobre el comportamiento ajeno o propio.
La ética, en cambio, es la reflexión teórica y filosófica sobre la moral. Hay morales buenas y malas, como la moral de la mafia. Si la moral es la práctica (el "qué debo hacer"), la ética es la ciencia que estudia el fundamento de esas normas (el "por qué debo hacerlo"). Mientras la moral varía según la cultura, la ética busca principios universales y racionales que trasciendan las costumbres locales. La diferencia clave radica en su origen y aplicación: la moral es una presión externa y social que internalizamos como un hábito de convivencia, mientras que la ética es un ejercicio interno de la razón que cuestiona si esas normas sociales son realmente justas o válidas. Puede haber una moral de los libertarios, que no necesariamente sea ética.
Es decir, una vez que se establece la moral, a diferencia de la ética, se entiende que está bien y que está mal y naturalmente, quiénes son los malos y quiénes son los buenos. El video lo deja claro. Los buenos son los que generan riqueza y los malos los que intentan regularla, distribuirla o legislar sobre ella. Una vez que se acepta eso, se establece que no se puede estar con los malos, no importan los datos, los argumentos o los hechos.
Cuando Milei dice “la moral como política de Estado” es exactamente los insultos que hizo ayer contra el peronismo, como cuando dijo: "Ustedes no pueden hablar porque son chorros, son delincuentes que hablan de justicia social". No importa si finalmente su hermana se quedaba con el 3% de los remedios para los discapacitados, algo que la justicia todavía está investigando o si él cometió un delito en el caso $Libra, investigación que efectivamente debe preocupar mucho al Presidente, lo que importa es que lo dicen unos chorros, delincuentes.
Para Milei, lo moralmente correcto es que el mercado rija la vida de las personas. Todo el que se oponga a esta visión es delincuente o defiende algún “curro”. Es curioso que Milei, cuando no era presidente, acusaba a los demás de utilizar la falacia ad hominem, que justamente es desestimar un argumento acusando a quien lo dice y ahora, eso mismo lo transforme en una política de Estado.
Hay un filósofo llamado Michael Sandel que se convirtió en una suerte de rockstar de la filosofía que llena grandes teatros y miles de personas se movilizan para escuchar sus clases en públicas, que piensa exactamente lo contrario de Milei. Habla de moral, pero justamente en un sentido opuesto. Este filósofo de Harvard sostiene que las sociedades modernas han cometido un error fundamental al intentar separar la política de la moral y al permitir que la lógica del mercado invada todos los aspectos de la vida humana.
Para Sandel, la justicia no es simplemente una cuestión de eficiencia económica o de garantizar que cada individuo haga lo que quiera con su propiedad, sino que consiste en reflexionar juntos sobre cuál es la "vida buena" y qué valores queremos promover como comunidad. Su pensamiento se organiza principalmente en torno a la crítica de la sociedad de mercado, el desmantelamiento de la meritocracia y la defensa de un bien común que nos obligue a mirar más allá de nuestro propio ombligo.
En su análisis sobre los límites del mercado, Sandel advierte que hemos pasado de tener una economía de mercado, que es una herramienta útil, a ser una sociedad de mercado, donde casi todo tiene un precio. Argumenta que cuando el dinero empieza a comprar el acceso a la salud, a una mejor educación o incluso a la influencia política, se producen dos efectos devastadores. El primero es la desigualdad, ya que cuanto más cosas puede comprar el dinero, más importa la falta de este. El segundo es la corrosión: ponerle precio a ciertos bienes sociales, como el voto o el servicio militar, degrada su valor intrínseco y los convierte en meras mercancías, destruyendo el sentido del deber cívico que mantiene unida a una nación.
Respecto a la meritocracia, Sandel propone una visión muy provocadora en sus textos más recientes. Afirma que la idea de que "el que se esfuerza llega" ha terminado siendo una trampa moral. Para él, esta creencia genera una soberbia desmedida en los ganadores, quienes asumen que su éxito es producto exclusivo de su talento, olvidando la suerte, la herencia y el apoyo social. Al mismo tiempo, genera una humillación profunda en los que se quedan atrás, quienes sienten que su falta de éxito es una falla personal. Esta dinámica, según Sandel, es la verdadera raíz del resentimiento social y la polarización política que vemos hoy, ya que rompe la solidaridad necesaria para que una democracia funcione.
Finalmente, Sandel defiende el comunitarismo. Sostiene que no somos individuos aislados que firman contratos, sino seres que pertenecen a una historia y a una comunidad específica. Por eso, cree que la política debe recuperar su carácter deliberativo. No podemos ser neutrales ante los grandes debates morales; debemos discutir qué es justo y qué es injusto basándonos en el bienestar colectivo y no solo en la libertad individual. Su propuesta invita a reconstruir los espacios públicos, como las escuelas y los parques, donde personas de distintas clases sociales se crucen y reconozcan que, a pesar de sus diferencias, comparten un destino común.
En el 2023, le realicé una entrevista a Sandel en la que sostuvo: "La meritocracia un principio que dice que en la medida en que las oportunidades sean iguales, los ganadores merecen sus ganancias. Pero se puede ver como la meritocracia, así entendida, cultiva actitudes hacia el éxito que son corrosivas. Deja al triunfador inhalar demasiado profundamente de su propio éxito para olvidar la suerte y la buena fortuna que nos ayudaron en nuestro camino, para olvidar nuestras deudas a quienes hacen posible nuestros.
"Cuanto más nos animemos a creer que somos individuos hechos por nosotros mismos y autosuficientes, responsables de todos los logros que se nos presentan, nos olvidamos de nuestro sentido de endeudamiento. Olvidamos el papel de la suerte. Y cuando perdemos todo sentido de la suerte, la buena fortuna y el don, perdemos la capacidad de la humildad que viene de reconocer que estoy en deuda por mis dones y por las circunstancias que hacen posible mis logros", sintetizó.
Recuerdo que en ese momento él me puso a Lionel Messi como ejemplo. ¿Quién puede dudarle el mérito que tiene como su habilidad indiscutible? Ahora, si Messi hubiese nacido en Renacimiento, a lo mejor sería carpintero, decía Sandel, porque no estaba inventado el fútbol. El mismo Messi en cuatro siglos de diferencia hubiese tenido otra suerte.
Volviendo al discurso de Milei y yendo al logos del discurso, hay que separar lo que sería ideal, lo teórico y lo totalmente falso. Creemos que parte del rumbo indicado es correcto: reducción de déficit fiscal, apertura económica (probablemente más planificada y gradual) y el tomar los problemas de inseguridad como una prioridad, por mencionar algunos puntos. Lamentablemente sería ideal que estas medidas se tomaran como mayor nivel de consenso y discusión: ajustar a los jubilados, discapacitados y el Garrahan para mantener el equilibrio fiscal mientras se hacen gastos en inteligencia y armamentos, tal vez sea discutible.
Por otro lado, está lo teórico. Milei dice que el cierre de empresas por parte de empresarios prebendarios a los que acusó de ser tan delincuentes como los peronistas, será compensando porque la baja de precios gracias a los productos importados terminará generando que se creen otras industrias con el dinero que le sobre a los consumidores. Eso es una afirmación teórica y bastante esquemática. Por ahora no está sucediendo, aunque si es verdad que eso lleva tiempo.
Ahora, hay que exponer los elementos del discurso que fueron realmente falsos. En un esfuerzo periodístico muy destacado, el equipo de Chequeado.com, evaluó todas las afirmaciones del Presidente en vivo y las catalogó en verdadero, dudoso y falsa. Vamos a exponer las falsas porque son centrales. Uno de los puntos más críticos fue su afirmación sobre la herencia recibida. El Presidente sostuvo que, al asumir en 2023, los indicadores sociales eran peores que los de la crisis de 2001. Esta declaración es falsa: las series históricas demuestran que tanto la pobreza como la indigencia, la desigualdad y el desempleo eran significativamente más graves en 2001 que al finalizar la gestión del Frente de Todos. No existe métrica comparable que respalde la idea de que el punto de partida de 2023 fuera el peor de la historia democrática.
En cuanto al mundo del trabajo, Milei aseguró que la gestión anterior finalizó con un 30% de trabajadores formales en la pobreza. Sin embargo, los datos indican que esa cifra era del 18,9%. Paradójicamente, el pico cercano al 30% (específicamente 28,3%) se alcanzó durante el primer semestre de su propia gestión, tras la devaluación de diciembre de 2023. Del mismo modo, faltó a la verdad al afirmar que los piquetes se redujeron a "cero". Si bien hubo una baja importante respecto a 2023, en 2025 se registraron casi 4.000 cortes de vía pública en todo el país, concentrados principalmente en Buenos Aires, Santa Fe y Neuquén.
Finalmente, el mandatario utilizó cifras engañosas para inflar sus logros en asistencia social. Afirmó haber incrementado la prestación Alimentar en un 137,5%. Si bien el número es correcto en términos nominales, es falso como indicador de bienestar, ya que al descontar la inflación, el poder de compra de dicha tarjeta cayó un 22% en términos reales durante su mandato. Algo similar ocurrió con la AUH y los salarios en dólares: el Presidente omitió mencionar que, aunque los montos en la moneda estadounidense subieron, la inflación interna devoró gran parte de esa capacidad de consumo, dejando un incremento real de apenas el 17%, muy lejos del 141% que intentó proyectar en su discurso.
Por otro lado, Milei no explicó cómo hará para afrontar los muy posibles coletazos que su aliado, Donald Trump inició contra Irán y que presuponen un importante aumento del precio del petróleo y por lo tanto de los combustibles y el resto de los precios en nuestro país. ¿Cómo defenderá el logro de la baja de la inflación cuando los combustibles aumenten? Que importante hubiese sido que se dedicara más a explicar este punto y menos a los insultos.
En resumidas cuentas, desde las páginas de Perfil en nuestros análisis explicamos durante el kirchnerismo los inconvenientes de una forma de hacer política en la que con un relato construido desde el poder se señalaba quiénes eran los buenos y quiénes los malos y se intentaba atribuir todos los problemas a los segundos y los aciertos a los primeros. Ahora, lo hacemos también con este Gobierno porque seguimos pensando lo mismo.
Los tiempos cambiaron y quienes nos acusaban de formar parte de la Corpo y del establishment en aquellos años hoy son acusados de lo mismo por Milei junto a nosotros y el resto del periodismo independiente. Por eso, entendemos que el problema de la grieta y la polarización como fenómeno político que bloquea el desarrollo de nuestro país no empezó con Milei, pero sí esperemos que termine con él.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi
TV/ff
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