Efemérides 20 de enero

Carlos III, el creador del Virreinato del Río de la Plata

Cuando arribó desde Nápoles a España, en 1759, “llegaba al trono un monarca experimentado, de costumbres simples y, sobre todo, sin el estigma depresivo de sus predecesores”, dice el autor. Firme y austero, se ganó el fervor de su pueblo, a pesar de que los Borbones empobrecieron todos los reinos de la península.

Rey Carlos III de España. Foto: CEDOC

A pocos metros del Monumento a los Españoles y a las puertas de los jardines de Palermo, hay una estatua de un caballero de aspecto poco impresionante —más si uno lo compara con la estatua ecuestre en la Puerta del Sol, Madrid—. 

Se trata de Carlos III y la obra pertenece a Alonso Berg; fue inaugurada en 1985 y honra la memoria del fundador del Virreinato del Río de la Plata, acto administrativo que sacó de la oscuridad a este puerto a orillas del río homónimo y lo elevó a una dimensión inesperada, ya que incorporó al Alto Perú a este virreinato, que incluía a Potosí, la ciudad más rica del mundo, asentada sobre una enorme mina de plata.

Todos sus tesoros (bueno, todos, todos no, porque siempre una parte se pegaba a dedos ajenos) debían acumularse y periódicamente partir del puerto de Buenos Aires, hasta entonces una miserable aldea que subsistía por el contrabando (actividad que su condición de capital del virreinato no mermó).

El 20 de enero de 1716 llegaba a este mundo Carlos Sebastián Borbón y Farnesio, el tercer hijo varón de Felipe V de España.

Felipe V —el primer Borbón español— se había casado en primeras nupcias con María Luisa de Saboya. El matrimonio tuvo cuatro varones, pero tres de ellos murieron antes de llegar a la mayoría de edad.

 

Para colmo, el rey enviudó y, como era un ansioso en temas relacionados con el sexo y su moralina le impedía desahogarse con cualquiera que no fuera su cónyuge para “satisfacer su masculinidad” (sic), le eligieron a una jovencita italiana, Isabel de Farnesio, duquesa de Parma, como nueva esposa.

La llegada de “la Parmesana” (así la apodaron) fue una sorpresa para todos, porque resultó ser una dama refinada, culta y ambiciosa, que enseguida quedó embarazada de Carlos.

Con tres herederos del primer matrimonio, nadie creía que Carlos heredase el Imperio español, razón por la cual su madre no paró hasta conseguirle una corona a su hijo, que resultó ser el reino de Nápoles y Sicilia. Carlos fue el séptimo en llevar ese nombre en la sucesión napolitana.

Carleto se tomó a pecho la tarea de gobernar y modernizó su reino, fundó academias, construyó museos y fue muy querido por su pueblo, mientras que en España las cosas iban de mal en peor. Felipe se convirtió en un maníaco depresivo que pasaba largos días sin salir de la cama ni bañarse.

Cuando su hijo Luis llegó a la mayoría de edad, lo coronó a fin de disponer más tiempo para hundirse en la melancolía. Pero Luis murió al año y Felipe debió volver al ruedo, y sobrevivió gracias a Farinelli, il castrato, un cantante que con su extraordinaria voz aplacaba la ansiedad del monarca y lograba que conciliara el sueño cantando las mismas ocho canciones todas las noches.

En Nápoles y Sicilia, Carlos fundó academias, construyó museos y fue muy querido por su pueblo, mientras que en España las cosas iban de mal en peor"

No lo hacía por amor al arte ni respeto al rey, sino a cambio de 135.000 reales al año, el sueldo más alto de la corte.

Cuando Felipe pasó al otro mundo lo sucedió Fernando VI, que heredó de su padre la melancolía y a Farinelli. Este siguió cantando para Fernando y acumulando una fortuna que lo ha convertido en uno de los músicos mejor pagos de la historia.

La muerte de su esposa, Bárbara de Braganza, empeoró las cosas y el pobre Fernando abandonó este mundo hediondo, porque tampoco a él le gustaba bañarse. ¿Cómo imaginar el olor en el palacio de La Granja?

Carlos fue convocado a ocupar el trono de España y el 17 de octubre de 1759 arribaron diecisiete navíos y cuatro fragatas con la familia real procedente de Nápoles. Una multitud salió a recibir al monarca, que hacía treinta años que no pisaba España. Era un hombre de 43 años, sencillo, bajo, de hombros caídos y una nariz prominente, pero con una amplia experiencia como gobernante.

Las misteriosas islas africanas del Virreinato del Río de la Plata

A poco de desembarcar le dio una lección a todo el mundo cuando el obispo de Mérida le entregó varias joyas como regalo de bienvenida. El entonces Carlos III se indignó ante semejante derroche y, sin más, ordenó que vendiesen las joyas y las repartieran entre los más necesitados.

Algo había cambiado en España: llegaba al trono un monarca experimentado, de costumbres simples y, sobre todo, sin el estigma depresivo de sus predecesores. Lo primero que hizo fue enviarlo a Farinelli de vuelta a Italia, donde el castrato construyó un espléndido palacio. Allí se recluyó y solo de tanto en tanto cantaba alguna de las melodías con las que había vencido a la misma melancolía.

Dio una lección a todo el mundo cuando el obispo de Mérida le entregó varias joyas. Carlos III se indignó ante semejante derroche yordenó que las vendiesen y las repartieran entre los más necesitados"

La vida en la corte perdió el boato de tiempos anteriores. Carlos era un hombre de costumbres simples y rutinarias, de comida frugal y siestas en verano, cuyo único entretenimiento era cazar a todo venado o jabalí que pasase frente a su escopeta. Ni bailes ni el teatro lo entretenían; cazando y gobernando pasaba sus días.

A lo largo de su vida tuvo trece hijos, de los cuales solo cinco sobrevivieron. Se cuenta que en Nápoles vivió algunas aventuras románticas, pero cuando llegó a España sus “urgencias” habían cedido. Un cronista de la época cuenta que, al quedar viudo, “su castidad era extrema… y para resistir las tentaciones de la carne caminaba descalzo sobre el piso frío del palacio y dormía sobre una cama dura como una piedra”.

Si bien fue un devoto cristiano, bajo su reino fueron expulsados los jesuitas de América y Madrid vivió la convulsionada Rebelión de Esquilache, por la prohibición de usar capa y chambergo, aunque el pueblo aprovechó esta norma ajena a sus costumbres para quejarse de la carestía de los alimentos.

Aun así, algunos historiadores lo llaman “el mejor alcalde de Madrid”, por las remodelaciones que se hicieron en esa ciudad donde apenas pasaba un mes al año.

El monarca solía repetir ante quien lo quisiera escuchar: “antes de rey, soy Carlos”. Esgrimiendo esa humildad, supo llevar las riendas de España con más firmeza que sus predecesores y más fervor que sus sucesores.

Gracias a la ineptitud de los Borbones, el imperio se deshizo en un manojo de pueblos insatisfechos y un deterioro económico que convirtió a España en una nación de migrantes, expulsados por la pobreza, fruto del despilfarro y la corrupción de los Borbones.