Mundial 2026

Carta abierta al señor Scaloni

El autor revisa sus injustas críticas iniciales y, con un inusual pudor profesional, explica por qué considera necesario pedirle disculpas públicamente, en este momento y colocarlo en su verdadero pedestal: el humano.

Lionel Scaloni Foto: redes

Sr. Scaloni:

No puedo decirle ‘estimado’, porque me quedaría corto. Tampoco puedo decirle ‘admirado’, porque a quien me leyó cuando lo critiqué le sonaría falso, aunque hoy ese sea mi verdadero sentimiento. Se la diré al despedirme.

¿Por qué una carta de este tipo?, se preguntará usted. Por más de un motivo. Los hay directos e indirectos; personales y profesionales; de arrepentimiento y de reconocimiento; éticos y morales; de perdón y de reparación. ¿Le parece poco?

La saludable intención de escribirle no surgió hoy, la llevo conmigo desde hace meses; pero quería redactarla el día que usted perdiera (por eso llevó tanto tiempo); o se retirase (me parece que será ahora, aunque aquí ojalá vuelva a equivocarme). Entonces llegó el momento.

Los periodistas, al menos los de mi generación, fuimos renuentes a retractarnos. Retractarse equivalía a admitir un error y eso se vivía casi como una confesión de incompetencia. El propio ambiente periodístico miraba esos gestos con desconfianza.

Cuando uno es joven no entiende el valor de la retractación sincera, parece triste batalla perdida y no más que eso. Y del significado de batallas perdidas para un argentino, usted sabe bien de qué se trata porque a su mando, en los últimos ocho años estuvo uno de los grupos que más luchó para no perder batallas, por orgullo y no por premios. Sin embargo, a veces perder también es una forma de ganar. Los valores se acreditan en otra cuenta, no en la visible, la del podio deportivo —su caso— o el impreso profesional convalidado —el mío—.

Lo que quiero decirle es simple. Yo fui uno de los muchos, si no todos, que lo criticamos cuando asumió la selección, como si ‘haber llegado’ hubiese sido una culpa suya. Lo criticamos porque no lo conocíamos como técnico y si no lo conocíamos el problema no eran sus ‘no antecedentes’, era “¡cómo nosotros, que lo sabemos todo, no los conocemos!?”. Entonces palo y a la bolsa, porque en ese momento la selección parecía insalvable. Lo hubiera parecido hasta para con Guardiola, aunque a él no lo hubiésemos criticado.

Pero allí era subirse a la ola, aunque fuera inconscientemente. Los que formamos opinión también terminamos deformados por las opiniones del contexto. No es eso lo que más me incomoda para ahora pedirle disculpas. Lo más inadecuado lo escribí cuando la selección incumplió los protocolos sanitarios impuestos por Brasil durante la pandemia.

Hice recaer el desatino colectivo en su responsabilidad individual, que en algún grado pudo tenerla —aún hoy no lo sé—, pero lo hice de modo hiriente. Cuestioné sus capacidades, más allá de las específicas del fútbol, las que además continuaba desconociendo. No que hoy las conozca todas, pero su recorrido de esta década las revela con claridad y, más que eso, muestra sus excepcionales valores. Y allí está el punto.

Usted hoy vale mucho, como entrenador, pero muchísimo más como persona. En sus silencios no imagina cuánto comunica. No desmadrarse en nuestro país, en una posición como la suya ante tan injustas críticas, es tan inusual como sorprendente. No contestar a todos los que debió contestarles es un atributo que no es de aquí, debe pertenecer exclusivamente al ADN de los pujatenses, pueblo que usted colocó en el mapamundi.

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Si hay valores en sus educados silencios, sobran también en sus palabras cuando la profesión lo obliga a comunicarse. Usted es distinto. Lo fue siempre y desde el principio. Me avergüenza ser tan viejo y con más de medio siglo haciendo lo que hago, y no haberlo reconocido en el primer golpe de vista. Ni en el segundo, Ni en el tercero. Supongo que ‘saqué’ su retrato allá por el vigésimo. Usted es transparente, lo que aumenta mi rubor. No leerlo es no entender el libro UPA (con ese aprendíamos a leer en mi infancia).

Usted le ganó a todos y no me refiero a franceses, brasileños o ingleses. Su índole le ganó a los de afuera y a los de adentro. Nos ganó a todos sin necesidad de usar el pizarrón para explicarnos una táctica o enrostrarnos un título mundial. Las copas llenan vitrinas; los ejemplos forman generaciones.

Le ganó a todos y me goleó a mí que lo prejuzgué mal y fui despiadado. No supe interpretarlo y saqué conclusiones erróneas. No advertí quién usted era realmente y exterioricé inconsistencias descalificadoras. Mortificado, asumo mi pecado de madurez.

Su victoria, estimado Scaloni —a esta altura me atrevo a decirle ‘estimado’— es de otra magnitud: humana. Ya sé que es una palabra tan desactualizada como el UPA, pero la creo necesaria para estas líneas. Usted es ejemplo, no solo de la clase futbolística, es ejemplo de ciudadano, de hombre, de líder. Los títulos envejecen. Los ejemplos no.

Usted mostró que se puede triunfar sin pisar a nadie, sin agredir, sin escalar, sin apropiarse de glorias ajenas. Usted no vende humo, reconoce al adversario, acepta la derrota, no pone la culpa en otros. Y permite que la emoción, hecha lágrimas, aparezca en la primera fila de sus sensibilidades.

Ya sé que salió de Pujato, pero igual quiero preguntarle ¿de dónde salió usted? Sí, usted. Que no se confunde con la gran fama, no se perturba con la reputación internacional que le llegó sin buscarla. En este mundo que ahora descubrió las valiosas ‘tierras raras’ venimos, también, a descubrir una valiosa ‘persona rara’.

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No quiero extenderme más, apenas reforzar que si alguien mereció la crítica torpe y alguna calificación cruel, no fue usted. Ese desatino pertenece exclusivamente a mi patrimonio intelectual. Y ahora se lo digo, espero que con otra estatura moral: lo admiro. No puedo dejar de admirar a un profesional exitoso que, por ejemplo, se baja el precio en este mundo híper mercantilista, diciendo que no está en la profesión por el 4-3-3 y sí por el asado semanal que une al plantel. De esas perlas suyas tengo varias pero prometí no extenderme y paro por aquí.

Era esta la carta que necesitaba escribirle. Que más que buscar el perdón, busca la verdad. Haber cambiado de opinión y pasado a elogiarlo, ya no bastaba; mientras no reconociera ante usted mi error, seguiría en deuda con su verdadera estatura y conmigo mismo, porque algunas disculpas solo recuperan su verdadero valor cuando encuentran el coraje de hacerse públicas.

Con toda mi admiración, lo saludo respetuosamente. Y, si me lo permite, le dejo un abrazo escrito y sincero. Al estilo Scaloni.

Edgardo Martolio

 

ML