Cuando un trapo sostiene a una nación
Antes de llegar a los jugadores de la Selección nacional de fútbol, el cartel fue una pintada negra sobre una decisión anónima. Pero su recorrido la levó a todas las pantallas encedidas del mundo. El valor de lo que parece insignificante.
El partido había terminado. Argentina acababa de derrotar 2 a 1 a Inglaterra y los jugadores festejaban la clasificación a una nueva final del mundo. Se abrazaban, corrían hacia las tribunas y trataban de encontrarse en medio de una multitud de camisetas celestes y blancas.
Las cámaras buscaban registrar todos esos movimientos cuando apareció Giovani Lo Celso sosteniendo una bandera.
Era una tela blanca, arrugada, con una frase escrita en grandes letras negras: Las Malvinas son argentinas.
Primero sentí la sorpresa de encontrar ese mensaje en medio de la celebración. Después reconocí al jugador que lo sostenía.
Giovani Lo Celso es rosarino. Yo también.
Quizás por eso, o porque nacimos en una ciudad que convirtió a la bandera en parte de su identidad, la imagen me alcanzó desde un lugar personal. Pero Lo Celso no permaneció solo. Lisandro Martínez tomó otro extremo y los demás jugadores se fueron acercando.
Cuantas más manos la sostenían, menos parecía pertenecerle a alguien en particular.
Aquel trapo había comenzado como la iniciativa de unos hinchas anónimos. Ahora estaba en las manos de los futbolistas que, dentro de una cancha, representan al país frente al mundo.
Fue entonces cuando la imagen traspasó la pantalla.
No porque hubiera dejado de ser una imagen televisiva, sino porque introdujo algo que estaba fuera del partido. El resultado ya estaba definido. La clasificación ya se había conseguido. Sin embargo, la bandera traía consigo una historia anterior a los jugadores, a los espectadores y al propio Mundial.
Antes del encuentro había publicado una nota titulada Y de toda otra dominación extranjera. Allí había intentado reconstruir parte de la historia que acompañaría a los jugadores cuando enfrentaran a Inglaterra: la declaración de la Independencia, la expulsión de Antonio Rattín en Wembley, los goles de Maradona en México y la memoria todavía abierta de la guerra de Malvinas.
Había escrito que no se trataba de una guerra. Que ningún partido podía recuperar un territorio, modificar una derrota militar ni devolver las vidas perdidas. Pero también había escrito que no sería un encuentro vacío.
Imaginaba que esa historia acompañaría silenciosamente a los jugadores durante el partido. No imaginaba que, después del último silbato, aparecería escrita sobre una sábana.
Antes de ser bandera
La tela no nació en el campo de juego.
Antes de llegar a las manos de Lo Celso había sido un objeto cotidiano, sin valor político aparente. Según las reconstrucciones publicadas después del partido, un hincha compró un aerosol negro y escribió la frase sobre una sábana del hotel donde se alojaba en Atlanta. Horas más tarde, la tela pasó de la tribuna al campo de juego.
No tenía escudos institucionales, firmas, marcas comerciales ni una tipografía cuidadosamente diseñada. Las letras eran irregulares y los jugadores debían estirar la tela para que el mensaje pudiera leerse.
Su aspecto permitía imaginar la escena anterior: alguien extendiendo la sábana sobre una cama o sobre el suelo; otra persona tratando de mantenerla quieta; varias manos calculando el espacio necesario para que todas las palabras entraran.
Todavía no había cámaras ni millones de espectadores. Había solamente una decisión: transformar un objeto íntimo en una declaración pública.
¿Qué sucede políticamente cuando una convicción colectiva deja de ser una idea y se convierte en un objeto?
Para el politólogo Ángel Horacio Molina, la respuesta depende del contexto en el que ese objeto aparece. Existen símbolos que son absorbidos por las instituciones, mercantilizados o vaciados de contenido. Otros, en cambio, recuperan su potencia cuando representan una aspiración ignorada o devaluada por quienes ejercen el poder.
En esos casos, sostiene Molina, el objeto deja de ser una representación pasiva: comienza a incomodar e interpelar.
La bandera no produjo impacto porque expresara una posición desconocida. La frase forma parte del lenguaje político, educativo y afectivo de varias generaciones de argentinos.
Lo inesperado era su forma.
Molina la compara con un grafiti: “una idea escrita a las apuradas con materiales básicos que aparece en un espacio que no la esperaba y donde su presencia aparece como una transgresión”. Una pieza institucional o un brazalete conmemorativo, explica, no habrían generado el mismo impacto visual y disruptivo que aquella bandera casera, desprolija e imprevista.
En un espectáculo organizado hasta en sus detalles más pequeños, atravesado por protocolos, patrocinadores, cámaras y controles, apareció una sábana escrita a mano.
No era la riqueza del material la que sostenía el reclamo. Era la comunidad capaz de reconocerse en él.
Antes del partido se habían anunciado restricciones para el ingreso de banderas y objetos vinculados con el reclamo argentino sobre las islas. El código de conducta de la FIFA prohíbe dentro de los estadios los elementos que contengan mensajes políticos.
Sin embargo, la sábana atravesó los controles, llegó a la tribuna y finalmente alcanzó el campo de juego.
La prohibición terminó agregándole otra capa de significado. Ya no era solamente una afirmación sobre la soberanía de las islas. Era también la evidencia de que el mensaje había conseguido aparecer en un espacio que había intentado impedirlo.
Para Molina, la restricción potenció el carácter de desobediencia del gesto. También señala una diferencia importante: la bandera apareció después del triunfo. No fue utilizada para compensar una derrota ni como expresión de resentimiento frente a un resultado adverso.
Primero se resolvió el partido. Después apareció la historia.
Eso no elimina el componente provocador de la escena. La bandera fue desplegada luego de derrotar precisamente a Inglaterra, dentro de una rivalidad atravesada por la guerra de 1982 y por una disputa de soberanía que continúa abierta.
Pero reducirla a una cargada futbolística tampoco alcanza.
Una provocación se dirige principalmente hacia el adversario. Aquel símbolo también hablaba hacia la comunidad que podía reconocerlo como propio.
No se limitaba a decirle algo a Inglaterra.
Les decía algo a los argentinos.
De la tribuna a los jugadores
Los hinchas fabricaron la bandera y consiguieron acercarla al campo. Los jugadores, al tomarla, le dieron alcance mundial.
No estaban obligados a hacerlo. El partido había terminado y deportivamente no necesitaban asumir ninguna otra posición. Podían haber ignorado la tela o dejarla sobre el césped.
En cambio, la desplegaron frente a las cámaras.
Para Molina, en ese momento los futbolistas dejaron de actuar como simples canales de un sentimiento popular. Al desatender las restricciones y exponerse a una posible sanción, asumieron también un posicionamiento político que el resultado deportivo no les exigía.
El paso de la tribuna al campo modificó la condición del objeto.
Hasta entonces podía ser leído como la manifestación particular de un grupo de hinchas. Al ser sostenido por los jugadores, adquirió la visibilidad y la fuerza simbólica de quienes vestían la camiseta argentina frente a millones de personas.
No se convirtió formalmente en un mensaje de la Asociación del Fútbol Argentino ni del Estado nacional. Pero tampoco podía continuar siendo considerado solamente como una expresión marginal de la tribuna. Los jugadores lo habían reconocido.
Quizás por eso se acercaron sin necesidad de preguntar quién había hecho la bandera ni con qué intención. El objeto era anónimo, pero su mensaje les resultaba familiar.
“Malvinas tiene un potencial aglutinador mayúsculo”, sostiene Molina. En la sociedad argentina, la causa condensa luchas colectivas y nacionales como difícilmente consiga hacerlo otro símbolo o consigna.
La bandera no necesitaba presentar a sus autores. Pedía ser sostenida.
El gesto físico adquirió entonces otra dimensión. Los jugadores sostenían la tela con sus manos, pero la tela parecía sostener algo mucho más grande que ellos: una memoria transmitida entre generaciones, un reclamo de soberanía y una herida histórica que el tiempo no consiguió cerrar.
Cuando el símbolo empieza a circular
Para quienes fabricaron la bandera pudo ser una reivindicación soberana, un homenaje a los combatientes, una provocación hacia Inglaterra o una mezcla difícil de separar entre memoria, nacionalismo y emoción futbolística.
Los jugadores pudieron reconocer en ella una causa aprendida desde la infancia; muchos argentinos, un acto de memoria; la mirada británica, una provocación; la FIFA, una posible infracción. Para mí fue la aparición material de una historia sobre la que había escrito antes del partido, pero cuya forma no había podido anticipar.
Los símbolos cambian cuando empiezan a circular. Quienes los producen pueden proponer un sentido, pero no controlar todas las interpretaciones posteriores.
Molina reconoce que probablemente nunca sepamos si la bandera fue creada principalmente como una reivindicación anticolonial o como una provocación chauvinista. Pero considera que esa intención inicial se vuelve secundaria frente a lo que la imagen produjo cuando comenzó a circular en espacios mucho más amplios que la tribuna.
La intención pertenecía a quienes la hicieron. El significado se construyó durante el recorrido.
Primero fue una sábana. Después, una superficie sobre la cual alguien escribió una frase. En la tribuna se convirtió en una expresión de los hinchas. En las manos de Lo Celso adquirió el cuerpo y el rostro de un jugador. Cuando sus compañeros se sumaron, se transformó en una imagen colectiva de la selección. Cuando las cámaras la mostraron, ingresó en millones de hogares y pasó a formar parte de una disputa que sus autores ya no podían controlar.
En cada etapa fue la misma tela. Pero nunca fue exactamente la misma bandera. Antes del partido había escrito que la historia acompañaría a los jugadores cuando ingresaran a la cancha. Lo que no podía saber era la forma que tomaría después del último silbato.
Alguien había extendido una sábana, conseguido pintura negra y escrito sobre ella una frase conocida.
Después, ese trapo llegó a las manos de los jugadores.
Durante unos segundos, la historia dejó de acompañarlos en silencio.
*Fotógrafo documental (ISET 18)
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