Efemérides 5 de abril

Danton, el revolucionario más convincente fue degollado por corrupto

Siempre asociado a la figura de Robespierre, Danton se enriqueció ilícitamente durante “la era del terror” francés. Para oponerse al carácter incorruptible y más violento de su “amigo”, Danton llegó a decir “el que odia los vicios odia a la humanidad”. Porqué lo llamaban “el Mirabeau de la alcantarilla”.

George Jacques Danton y Maximilien Robespierre. Foto: Collage

Toda revolución necesita un Robespierre y un Danton.

Un líder será carismático y el otro doctrinario, uno será inflexible y el otro pragmático.

Las revoluciones en las excolonias españolas copiaron estos estereotipos; en cada gobierno patrio hubo un Robespierre y un Danton que solían adoptar modelos atenuados de estos personajes. Saavedra y Mariano Moreno, los Carreras y O'Higgins en Chile, y el enfrentamiento entre Miranda y Bolívar en Venezuela son ejemplos de esta confrontación que no solo era ideológica, sino un choque de personalidades que terminaba con la eliminación de uno de los contrincantes.

Desde joven, Danton había demostrado una inclinación para defender a sus amigos y rebelarse contra sistemas opresores como el que le había tocado vivir durante su formación en el seminario de Troyes.

Quizás su rostro afeado por las marcas de viruela y distintos accidentes en su infancia propulsaban su tendencia a ponerse del lado de los menos favorecidos, asistido por su oratoria inflamada. No es de extrañar que haya estudiado leyes en Reims y que pronto se destacara en el ejercicio de la profesión, donde conoció y trabó amistad con futuros revolucionarios como Desmoulins, Marat y el mismo Robespierre.

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Desde el primer momento, Dantón adhirió a la Revolución de 1789 y se puso a la cabeza de los Cordeliers, el grupo más radical de los revolucionarios que convocaba a los parisinos a las armas.

Si bien era un orador vehemente que sembraba el entusiasmo entre sus seguidores, su accionar era moderado. Pronto empezaron a hacerse comentarios intencionados sobre su venalidad y el extravagante ritmo de vida que había adquirido casi de la noche a la mañana. Los rumores sobre una connivencia con los realistas se hicieron más insistentes.

Sin embargo, y a pesar de haber propuesto el destierro del rey, en enero de 1793 votó a favor de su ejecución, al igual que lo había hecho Robespierre.

Junto a este último integró y presidió el Comité de la Salvación Pública, organismo que tenía amplios poderes administrativos sobre el ejército, el poder judicial y el legislativo. Sus miembros intentaban crear una Francia ideal, humanista, laica y rebosante de amor patriótico. Querían crear la República de la virtud que promovía una religión revolucionaria: el culto a la Razón.

A pesar de esta propuesta idílica, el grupo liderado por Robespierre imponía su pureza ideológica por el Terror. Se estima que en París se ejecutaron con la nueva Louisette (nombre original de la guillotina, ya que esta no fue inventada por el Dr. Guillotine sino por el Dr. Louis) a 2.739 personas, pero en el resto de Francia la cantidad de ejecutados ascendió a 40.000.

De estos, solo el 8 % eran nobles y el 6 % eran clérigos. El resto eran ciudadanos, burgueses o campesinos que se resistían a pelear en los ejércitos revolucionarios.
Ante la caída de Verdún en manos de las fuerzas monárquicas, Danton instó a los franceses a tomar las armas. “Audacia, audacia, siempre la audacia. Solo así salvaremos a Francia”, proclamaba ante la turba enardecida.

La revolución se salvó en la batalla de Valmy y Danton se convirtió en el héroe de la revolución.

El Comité de Salvación continuó con su imposición violenta de los criterios revolucionarios, aunque Danton se resistía a los juicios sumarios propuestos por el grupo presidido por su ahora ex amigo Robespierre.

Pocos meses antes, en una carta de condolencias por la muerte de la esposa de Dantón, Robespierre le había escrito: “Te quiero más que nunca y hasta la muerte” … frase que resultó premonitoria.

A pesar de que su posición le creaba muchos enemigos políticos, Danton no paraba de enriquecerse en forma descarada y se vio involucrado en un escándalo financiero por la liquidación de la Compañía de las Indias. Ante el reclamo de los simpatizantes de Robespierre para esclarecer este espinoso tema, Danton se escondió en sus propiedades de Arcis-sur-Aube.

Entonces, cuando todos criticaban su forma de vida, cada día más parecida a la de los aristócratas que había ayudado a defenestrar, dijo: “El que odia los vicios odia a la humanidad”, en franca alusión al virtuoso Robespierre, apodado “el incorruptible”.

Pronto empezaron a hacerse comentarios intencionados sobre su venalidad y el extravagante ritmo de vida que había adquirido casi de la noche a la mañana"

“Si en la paz la fuerza del gobierno popular reside en la virtud, la fuerza del gobierno popular es, a la vez, virtud y terror… Virtud porque sin ella el terror es funesto. El terror porque sin él la virtud es impotente”, declaró Robespierre para dejar clara cuál era su posición.
Danton pensó que su popularidad actuaría como un escudo contra la “virtud justiciera” de Robespierre. 

Pero se equivocaba. Colocarse al frente de “los indulgentes”, la facción que proclamaba el fin del Terror, lo condenó a los ojos del furor revolucionario.

“La revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos”, escribió Georg Büchner en su obra que recoge los acontecimientos que llevaron a la muerte de Danton. Este, que había querido salvar a las víctimas del Terror, acabó siendo acusado de conspirar contra la revolución que él había asistido a crear.

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Robespierre y Saint-Just lo tildaron de antirrevolucionario y corrupto, bajo la ambigua expresión de “enemigos de la República”.
El 30 de marzo de 1794, Dantón y Desmoulins fueron aprehendidos y en menos de dos semanas juzgados. Los primeros días de abril, ante el Tribunal Revolucionario, Dantón habló de su patriotismo, de cómo había salvado a Francia con las batallas de Valmy y Jemappes… Pero los jueces le obligaron a callar. Temían que su verba encendiese los espíritus y la plebe se levantase contra el Terror. Danton se resignó a morir diciendo: “Me iré a acostar con la gloria”. Él y quince de sus seguidores fueron ejecutados el 5 de abril.

Danton fue el último en morir. Se lamentó amargamente de no haber sido él quien eliminara “a la rata de Robespierre”. Tras presenciar la ejecución de sus amigos más cercanos, desafió al verdugo ordenando mostrar su cabeza a ese pueblo que tanto había defendido, pero que ahora asistía con curiosidad a su ejecución. A ellos había que mostrarles su cabeza, que “será digna de ver”.

Al final, esa “amistad hasta la muerte”, como se había profetizado apenas un año antes, se cumplió pocas semanas después. Los miembros del Comité comprendieron que estaban sujetos a las mismas arbitrariedades que habían conducido a la ejecución de Dantón y que no se diferenciaban mucho de esa expresión que el cardenal Richelieu había expresado años antes: “Dame diez líneas escritas por el hombre más honrado y encontraré tres razones para colgarlo”.

Los revolucionarios con el tiempo suelen parecerse peligrosamente a sus antiguos represores.

A pesar del éxito para frenar el Terror, aun al costo de su vida, la figura de Danton fue olvidada. Su venalidad era un estigma difícil de superar.
Pero, como usualmente ocurre, los actos de corrupción suelen ser olvidados y la verba inflamada de Dantón, a quien llamaron “el Mirabeau de la alcantarilla”, volvió a tener vigencia durante la Tercera República después de la batalla de Sedán, en 1871.

El alicaído orgullo francés se recuperó en parte gracias al recuerdo de los discursos incendiarios de Danton que se repetían en las barricadas parisinas.

Y fue así como este tribuno recuperó su antiguo brillo, que le aseguró un lugar en la historia de uno de los momentos más caóticos de Francia, un momento adecuado para estudiar las personalidades que lideran los movimientos populares, aunque no necesariamente sean exitosos porque no siempre vencen los moderados ni los justos. Sin embargo, sus ejemplos persisten, pero no siempre las lecciones sean aprendidas por las generaciones venideras ni por el valor de sus supuestas virtudes ni por la gravedad de sus llamados vicios.