Después del horror
Antes del 24 de marzo de 1976 vivimos muchos errores que nos venían sacando del camino del avance económico y social durante los previos 20 años.
Ya desde la reelección del Gral. Perón en 1952, el modelo “nacional-proteccionista” venía deteriorándose aceleradamente. Se habían acabado las generosas reservas que habían dejado los conservadores en 1945, el mundo de la posguerra consolidaba los nuevos liderazgos globales. de un lado, los EE.UU., y del otro la URSS.
El “Tercer Mundo” venía generando su propio mapa, con China, Egipto, India, México, Yugoslavia, Turquía, Brasil, Argelia y otros, que no confiaban en el peronismo ni en los antiperonistas argentinos.
La inestabilidad y los conflictos internos, transitados a los bandazos –gorilas, desarrollistas, radicales, peronistas con y sin Perón– las devaluaciones del peso, los incumplimientos de los compromisos internacionales y el inicio de los exilios de la inteligentzia argentina, nos habían sacado de la privilegiada lista de los tres países “periféricos ricos”… Tres y solo tres: Canadá, Australia y Argentina.
Nuestro PBI hasta fin de la década de los 60 era muy superior al de México o Brasil y al de los países del Sur Europeo –España, Portugal, Grecia y hasta Italia.
1970, división, estancamiento y violencia
En los 70 desbarrancamos… nos estancamos, nos dividimos en forma violenta, y el clima del enfrentamiento de la Guerra Fría se incrementó con la amenazadora presencia de Cuba, como cabeza de playa de la URSS.
Para el inicio de 1976, ya se había fragmentado la sociedad fogoneada desde los extremos de izquierda y derecha, y los EE.UU. habían consolidado una alianza con las cúpulas militares de la región para derrotar a los grupos insurgentes que despreciaban las instituciones republicanas y democráticas en todo el continente.
Un plan macabro se extendió por todos los países latinoamericanos, y Argentina fue el caso más violento que concretó un verdadero genocidio.
Y no acabó solo en los crímenes de lesa humanidad, sino que destruyó el tramado social y económico que dejó un chip de miedo y decadencia del cual todavía no hemos podido liberarnos.
Lo han hecho nuestros vecinos –Chile, Paraguay, Uruguay y Brasil– que pudieron, en los últimos 20 años, alternar gobiernos de izquierda y derecha, reconociendo la diversidad, con pasiones ideológica, pero un principio de unidad nacional superador.
El gran desafío pendiente es aceptar nuestra historia in totum y construir, juntos, un destino común.
*Diego Guelar, exembajador en EE.UU., la UE, Brasil y China.
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