El Mundial y los algoritmos pendencieros
“Argentinos y mejicanos viajan asiduamente entre ambos países”, sostiene el autor. Comparten culturas, preferencias musicales, viajes. Entonces, ¿un partido de fútbol los enemistó? No, “no hace falta inventar una realidad paralela; alcanza con amplificar algunos hechos”, agrega
"No entiendo cómo nos odian tanto", me dijo un amigo mientras, celular en mano, miraba un reel de hinchas mejicanos cantando contra la Argentina e incluso burlándose de la muerte de Maradona. Escenas como ésa se repiten desde que comenzó el Mundial y seguirán apareciendo en nuestros teléfonos.
Cada vez que Argentina o México (pasa con otros países también) disputan un partido importante, las redes sociales parecen confirmar la existencia de ese supuesto odio que desconcierta a mi amigo y reforzar la idea de que ambos países viven atrapados en una rivalidad permanente.
Videos de mejicanos insultando a argentinos, respuestas cargadas de ironía, provocaciones, memes y discusiones invaden nuestras pantallas. Tras un par de horas de scroll, cualquiera terminaría convencido de que existe una fractura profunda entre ambas sociedades.
Sin embargo, basta apagar el teléfono para descubrir otra realidad. Argentinos y mejicanos viajan asiduamente entre ambos países, existe intercambio de estudiantes, hacen negocios, comparten proyectos culturales, consumen la misma música, se reciben con afecto y, en términos generales, mantienen una relación tan normal como la de cualquier par de países latinoamericanos.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿dónde está esa guerra que las redes parecen mostrarnos a toda hora?
La respuesta no está en las personas. Está en los algoritmos.
Las plataformas digitales no fueron diseñadas para representar fielmente la realidad. Fueron pensadas para captar nuestra atención, y para hacerlo durante el mayor tiempo posible. Y pocas cosas resultan más eficaces para lograrlo que el conflicto.
Vemos más conflictos porque el algoritmo descubrió que no podemos dejar de mirarlos"
Una discusión despierta curiosidad. Un insulto provoca indignación. Una provocación invita a responder. Un enfrentamiento nos hace detener el desplazamiento del dedo sobre la pantalla. Y con eso caímos en la trampa: cada segundo adicional confirma al algoritmo que ese contenido merece seguir circulando.
Así comienza un proceso casi invisible. Los algoritmos no inventan los conflictos —los conflictos existen y siempre existieron—. Lo que hacen es algo más sofisticado: alteran el peso relativo de esos conflictos dentro de nuestra percepción. Un intercambio agresivo entre dos personas deja de ser un episodio aislado para convertirse, por repetición, en la imagen dominante de una comunidad.
Una minoría extremadamente ruidosa termina ocupando una porción desproporcionada de nuestra atención, mientras millones de interacciones cotidianas —cordiales, respetuosas o simplemente indiferentes— desaparecen porque generan menos clics. No vemos más conflictos porque existan más conflictos. Vemos más conflictos porque el algoritmo descubrió que no podemos dejar de mirarlos.
Esa es la verdadera sobrerrepresentación. Los hechos siguen siendo reales. Lo que deja de ser real es la proporción con la que aparecen frente a nuestros ojos.
Es como si en un mapa de la Argentina decidiéramos dibujar una pequeña ciudad con el tamaño de CABA. La ciudad existe. Nadie la inventó. Pero la representación altera nuestra comprensión del territorio. Eso hacen los algoritmos todos los días: no manipulan necesariamente los acontecimientos, manipulan su relevancia aparente, hasta modificar la imagen que construimos del mundo.
El conflicto ocupa un espacio mucho mayor del que tiene en la vida real porque produce una rentabilidad extraordinaria: comentarios, reproducciones, contenidos compartidos, permanencia y, finalmente, ingresos publicitarios. Cada usuario cree estar eligiendo libremente qué mirar.
En realidad, el sistema ya aprendió qué tipo de contenidos prolongan su permanencia frente a la pantalla y los multiplica hasta convertirlos en el paisaje habitual de la conversación pública.
No es que el mundo se haya vuelto necesariamente más pendenciero. Es que las herramientas con las que hoy lo observamos tienen un sesgo estructural a favor de la confrontación. Como fueron diseñadas para maximizar nuestra atención, terminan privilegiando aquello que más nos conmueve, nos indigna o nos enfrenta.
Así nace una incongruenciaperturbadora. Nunca tuvimos acceso a tanta información y, al mismo tiempo, nunca fue tan fácil perder la perspectiva sobre esa información. La manipulación más eficaz ya no consiste en ocultar los hechos, sino en modificar el peso relativo que les asignamos. No hace falta inventar una realidad paralela; alcanza con amplificar algunos hechos y reducir otros hasta que nuestra percepción termine completamente desbalanceada.
Por eso los algoritmos no son pendencieros porque generen peleas. Son pendencieros porque convierten la pelea en la medida de todas las cosas. Un puñado de insultos termina representando a un país entero. Una minoría ruidosa ocupa el lugar de una mayoría discreta. Y cuando cambian las proporciones, cambia también nuestra comprensión del mundo.
Pero atención, el fenómeno no termina ahí. Las percepciones también moldean conductas. Si durante semanas o meses una persona recibe una sucesión ininterrumpida de contenidos que presentan a otro país, a otro grupo social o a otra generación como un adversario permanente, es probable que termine relacionándose con ese prejuicio ya incorporado. Llegará predispuesta al enfrentamiento, incluso cuando el otro no tenga intención alguna de confrontar. Terminamos reunidos en burbujas que exacerban enfrentamientos.
Entonces ocurre la paradoja más inquietante de todas: una realidad inicialmente sobrerrepresentada empieza a producir los efectos que anunciaba. El algoritmo no creó el conflicto desde cero, pero contribuyó a intensificarlo al convertir una excepción en una percepción dominante. Es una profecía que termina alimentándose a sí misma.
Algoritmos pendencieros
Cuanto más conflicto percibimos, más reaccionamos; cuanto más reaccionamos, más conflicto nos muestran las plataformas. Y cuanto más conflicto vemos, más convencidos estamos de que el mundo funciona de esa manera.
No es casual, entonces, que los proyectos políticos construidos sobre el enfrentamiento encuentren en estos algoritmos pendencieros su caldo de cultivo más próspero. Y ya no se trata solo de fanáticos futboleros con cánticos desproporcionados, sino de algo más peligroso: la sobrerrepresentación del conflicto alimentando la idea equivocada de que no existen posibilidades de un proyecto común, de que un futuro venturoso solo puede construirse con la eliminación del otro.
Por eso los algoritmos se mueven con tanta eficacia en el terreno de la "antipolítica" y forman parte del sueño tiránico de los nuevos "milmillonarios". La política es exactamente lo contrario: es el proceso de tomar decisiones en conjunto, la forma en que los individuos y las sociedades gestionan el poder, resuelven conflictos y distribuyen recursos. Y que quede claro que hablo de la política de gran altura, no de la que se forjó en el imaginario colectivo gracias a los politiqueros, con sus acciones corruptas e ineptas, tan convenientes para los promotores de la "antipolítica". Sin su ayuda no hubieran llegado donde están ahora.
Quizá el mayor desafío de nuestra época ya no sea solamente distinguir una noticia verdadera de una falsa. También consiste en aprender a reconocer cuándo una plataforma nos está ofreciendo una representación desproporcionada de la realidad.
Porque la verdad no depende únicamente de que los hechos sean ciertos. También depende de que ocupen el lugar que realmente les corresponde.
Recuperar esa escala, esa perspectiva y ese sentido de las proporciones puede ser una de las formas más eficaces de resistir a los algoritmos pendencieros. No para dejar de discutir —las diferencias son inevitables y hasta saludables—, sino para impedir que una minoría ruidosa, magnificada por una máquina que busca nuestra atención, termine definiendo cómo creemos que es el mundo.
No hay mejor manera de tapar un sonido que haciendo mucho más ruido, no hay mejor manera de hacerlo incomprensible que sumando decibeles. Los algoritmos pendencieros agregan ruido, conflictos inventados, enfrentamientos desproporcionados, afectando la capacidad social de distinguir los problemas verdaderos de la hojarasca mediática.
Y ahí es donde la verdadera política debe retomar su rol como lugar del bien común y del destino compartido.
* Consultor de Comunicaciones de Instituciones y empresas en Mac Lean Consultores
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