OPINIóN
Salud mental

Cómo saber si una herida emocional está cicatrizando

“Sufrir después de una pérdida, una separación o una experiencia traumática no significa necesariamente estar enfermo” sostiene la especialista y asegura que el dolor también forma parte de la vida y que no toda experiencia es puro diagnóstico. Sin embargo, “tampoco deberíamos cometer el error contrario: pensar que todo se resuelve esperando” agrega.

Heridas emocionales que no cicatrizan 08072026
Heridas emocionales que no cicatrizan. | Pixabay

Hay algo que todos aprendimos de chicos: cuando una herida empieza a formar una costra, no hay que arrancarla. La tentación existe. Pica, molesta, incomoda, pero sabemos que, si la sacamos antes de tiempo, la herida puede volver a sangrar. No porque el cuerpo haya dejado de curarse, sino porque interrumpimos un proceso que todavía estaba ocurriendo.

Con el dolor emocional sucede algo parecido, aunque hay una diferencia importante: no todas las heridas cicatrizan solas. Cuando alguien atraviesa una experiencia dolorosa, no importa solamente qué le pasó, sino también qué ocurrió con su vida después. Cómo está durmiendo, si pudo seguir trabajando o estudiando, si dejó de ver a sus amigos, si perdió el apetito. Si necesita alcohol o medicación para atravesar el día. Si aquello que comenzó como una reacción comprensible frente a una experiencia difícil empezó, con el tiempo, a ocupar cada vez más espacio.

Sufrir después de una pérdida, una separación o una experiencia traumática no significa necesariamente estar enfermo, el dolor también forma parte de la vida y no deberíamos convertir cada experiencia humana difícil en un diagnóstico, pero tampoco deberíamos cometer el error contrario: pensar que todo se resuelve esperando.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

A veces una persona no está simplemente triste, ha dejado de sentir interés por casi todo, se despierta cada madrugada, no logra concentrarse y empieza a pensar que su vida perdió sentido. A veces no está solamente preocupada: vive en un estado de alerta permanente, su cuerpo no descansa y cada vez evita más situaciones por miedo. A veces no está únicamente recordando algo doloroso: lo revive, tiene pesadillas, se sobresalta ante cualquier estímulo y empieza a organizar su vida alrededor de todo aquello que necesita evitar.

Si todavía duele, creemos que todavía estamos mal, pero no necesariamente es así"

En algún momento, el sufrimiento puede dejar de ser solamente una respuesta a lo ocurrido y comenzar a funcionar como un problema en sí mismo. Quizás una de las tareas más complejas de la psiquiatría sea justamente distinguir cuándo una persona necesita tiempo y acompañamiento y cuándo necesita, además, tratamiento.

Heridas que (no) cicatrizan

Tendemos a medir la recuperación de una manera bastante simple: si todavía duele, creemos que todavía estamos mal, pero no necesariamente es así. Una persona puede seguir extrañando a alguien y, al mismo tiempo, estar recuperándose. Puede llorar una pérdida y haber vuelto a interesarse por el mundo, puede recordar una experiencia dolorosa y no estar pendiente de evitar todo aquello que se la recuerde.

Seguir sintiendo dolor no significa necesariamente estar cicatrizando mal. Muchas veces la mejoría no se reconoce porque una emoción desapareció, sino porque empiezan a recuperarse capacidades que se habían perdido: dormir, disfrutar, tomar decisiones, o imaginar un futuro.

El dolor sigue ahí pero ocupa un lugar diferente, por eso, quizás la pregunta más importante no sea cuánto duele todavía, sino cuánto de nuestra vida sigue organizado alrededor de ese dolor.

Hay, además, una paradoja que se ve con frecuencia: cuanto peor está una persona, más difícil le resulta hacer aquello que podría ayudarla a recuperarse: le decimos que duerma, pero tiene insomnio, que salga a caminar, pero levantarse de la cama le exige un esfuerzo enorme; que se apoye en sus vínculos, pero se aísla; que mantenga una rutina, pero perdió la capacidad de organizarse. Que deje de pensar tanto, cuando justamente ha perdido la posibilidad de apartar su atención de aquello que la angustia.

Frente a un cuadro depresivo o ansioso, reducir todo a “tenés que cuidarte más” puede ser injusto y, muchas veces, clínicamente insuficiente.

Una psicoterapia puede ayudar a elaborar lo vivido, modificar patrones que mantienen el sufrimiento y encontrar nuevas formas de responder a aquello que no podemos cambiar. La medicación, cuando está indicada, puede disminuir síntomas que se han vuelto demasiado intensos o persistentes y ayudar a recuperar funciones que se habían alterado: el sueño, la energía, la concentración, la capacidad de experimentar interés o placer.

No se trata de borrar una emoción incómoda, sino, muchas veces, de ayudar a una persona a recuperar los recursos que necesita para volver a participar activamente de su propia recuperación.

Frente a un cuadro depresivo o ansioso, reducir todo a 'tenés que cuidarte más' puede ser injusto y, muchas veces, clínicamente insuficiente"

El tratamiento puede durar una hora, la vida ocurre durante todas las demás.

La recuperación también se construye en lugares aparentemente poco importantes: volver a comer cuando habíamos perdido el apetito, salir de casa aunque todavía cueste o en volver, poco a poco, a hacer cosas que antes formaban parte de nuestra vida cotidiana.
Ningun gestos es mágico: una caminata no cura una depresión, dormir ocho horas no resuelve un trauma, una alimentación saludable no reemplaza una psicoterapia ni un tratamiento farmacológico cuando están indicados.Pero tampoco son detalles.Cada vez que una persona recupera una pequeña parte de su vida, algo empieza a cambiar.

Pensar no siempre es elaborar, descansar no siempre es recuperarse, evitar el dolor no siempre es cuidarse"

Hay formas de mantener una herida abierta, volver compulsivamente sobre lo que pasó, buscar una explicación que quizás nunca exista, aislarnos durante tanto tiempo que regresar al mundo se vuelve cada vez más difícil.

Pensar en lo ocurrido no es malo. Pensar no siempre es elaborar, descansar no siempre es recuperarse, evitar el dolor no siempre es cuidarse, seguir funcionando no siempre significa estar bien.

Hay dolores que forman parte de estar vivos y necesitan ser atravesados. Hay otros que necesitan tratamiento. Y hay muchos en los que ambas cosas son ciertas al mismo tiempo.

Tal vez la pregunta no sea solamente cuánto tiempo pasó desde que nos lastimaron. Ni siquiera cuánto sigue doliendo.

Tal vez haya que preguntarse qué ocurrió con nuestra vida desde entonces. Una herida emocional no empieza a cicatrizar cuando deja de doler, empieza a cicatrizar cuando el dolor, poco a poco, deja de tomar todos nuestros días.

* Pía Lobo, Dra en Medicina (Universidad Nacional de Tucumán), Psiquiatra Infanto Juvenil del Hospital Italiano (MN Nº 149009)