construcción nacional

El regalo inesperado de Milei

Shahak Shapira. Artista israelí que a través de su arte llamó a la refrexión. Foto: cedoc

Hace aproximadamente una década se instaló un debate en Europa sobre la actitud despreocupada que mostraban algunos visitantes a sitios conmemorativos relacionados con la memoria del Holocausto. Los turistas, en especial los jóvenes, se sacaban selfies o asumían una actitud alegre en lugares donde habían ocurrido cosas espantosas o monumentos pensados para conmemorar una tragedia. Algunos campos de concentración directamente prohibieron las fotografías “irrespetuosas”. A su vez Shahak Shapira, un artista israelí afincado en Alemania llevó adelante un proyecto artístico en el cual superponía las selfies en el Monumento a la Shoa de Berlín con fotos reales del calvario de los prisioneros en los campos de concentración.

El telón de fondo de esa discusión también se focalizó en cómo mantener la memoria viva, en especial en generaciones separadas cronológicamente y emocionalmente de los hechos que se buscaba recordar.

Algo similar pasa con los feriados. Los mismos son parte importante de la construcción nacional y se convierten en símbolos esenciales de la identidad de un Estado. Buscan fortalecer y legitimar la idea de nación, preservando representaciones específicas de eventos históricos y de héroes nacionales o públicos concretos. El problema es que pasado cierto tiempo, los ciudadanos nos alejamos del significado simbólico y nos concentramos en el disfrute de no trabajar. Perdemos contacto con lo que estamos celebrando. A veces ni sabemos por qué es feriado.

El 24 de marzo corría ese riesgo.    

Durante años, la conmemoración del golpe de 1976 funcionó con la precisión de un mecanismo bien aceitado: los discursos, las marchas, las fotos en blanco y negro, los nombres leídos en voz alta. Un ritual necesario que, como todo ritual que se repite sin fisuras, comenzaba a parecerse más a una liturgia que a un pensamiento. Las nuevas generaciones lo recibían como se recibe cualquier herencia: con respeto, con algo de distancia, con la ligera incomodidad de quien sabe que ese duelo no es completamente suyo.

No es una crítica. Es la naturaleza del tiempo. Las tragedias históricas, cuando se institucionalizan, ganan permanencia y pierden urgencia. El Holocausto tiene museos; la esclavitud tiene monumentos; el Nunca Más tiene ediciones de bolsillo. La memoria organizada es una victoria civilizatoria y, simultáneamente, el primer paso hacia la conversión de lo insoportable en patrimonio.

Milei le hizo un favor insospechado al campo de la memoria. La duda pública sobre los hechos más documentados del terrorismo de Estado argentino, las declaraciones que cuestionan las cifras, los funcionarios que hablan de “guerra” o “memoria completa” movieron el avispero y lograron que una fecha que amenazaba con volverse monumento volviera a ser una pregunta. Una verdad que empezaba a darse por sentada, con todos los peligros que eso implica, tuvo que volver a defenderse.

Esto no es un elogio al negacionismo. Es un diagnóstico de cómo funciona la memoria en los humanos, que necesita gimnasia para no volverse decorativa. Durante una década larga, el consenso sobre el golpe fue tan amplio que casi no requería argumentación. Hoy requiere argumentación. Eso es, en términos estrictamente cognitivos, más saludable.

La buena noticia es que el negacionismo, si no logra imponerse, fortalece lo que intenta destruir. Cada vez que alguien tiene que explicar por primera vez qué pasó entre 1976 y 1983, esa historia vuelve a nacer. No como patrimonio heredado sino como convicción construida.

Los 50 años del golpe llegan, entonces, en un momento extraño: cuando la fecha más conmemorada de la historia reciente argentina tiene que volver a justificar su propia existencia. Eso duele. Pero es un dolor que permite pensar. Y no olvidar.

*Director de Licenciatura en Ciencia Política y Gobierno y de la Licenciatura en Estudios Internacionales de la  UTDT.