Las obscenidades del Presidente

La falta de respeto en la era de la desvergüenza

En su último ensayo, el filósofo Byung-Chul Han aborda la cuestión del declive del respeto, fundamento de la convivencia. Milei, el empleo del agravio y la degradación del debate público (y del mismo Presidente).

Javier Milei Foto: CEDOC

El sello Paidós acaba de publicar el ensayo Sin respeto, del filósofo coreano Byung-Chul Han, reconocido por sus trabajos sobre capitalismo y autoexplotación en lo que denomina “la sociedad del rendimiento”. Esta nueva obra de Byung aborda la cuestión de la declinación del respeto, fundamento de la convivencia democrática, y la consagración en su lugar del agravio, la grosería y la “desvergüenza”.

“Ya no se tolera a un interlocutor que exige respeto (...) La falta de respeto que hoy sentimos como elemento latente y en cualquier lugar y que a menudo degenera en agresión contra el otro constituye el reflejo de una profunda crisis social”, dice Byung. “La falta de respeto provoca un embrutecimiento de la cultura política. Desemboca en el hundimiento de lo político”, sostiene.

La discusión política en la Argentina está modelada hoy por el respeto que el presidente Javier Milei les niega no sólo a sus adversarios y críticos, sino también y ostensiblemente, a sí mismo y a la investidura con la que se lo ha reconocido. 

Milei parece haber asimilado la opinión de Byung respecto a que la falta de consideración por el otro degrada el debate democrático. Si es su intención última que esto último ocurra, el topo no solo ha venido a destruir el Estado desde adentro. Su objetivo es acabar además con la convivencia, el contrato fundacional de la democracia.

En su ensayo, Byung subraya una característica presente en el discurso de Milei del último año -desde su mensaje en marzo de apertura de sesiones del Congreso-, y es la narrativa moralizante. 

El Presidente viene insistiendo en su pretensión de instalar la moral (su concepción de lo moral) como política de estado, concepto que ha dicho será título de su próximo libro, en respuesta al “relativismo moral”, el utilitarismo, el pragmatismo político y el cálculo electoral.

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Para Jürgen Habermas, fallecido en marzo último, la idea de decretar una moral total -de la que sería dueño el Presidente- no se corresponde con la política ni con una sociedad democrática. “La política no es reductible a los dictados de la moral”, dice Habermas en el artículo Sobre la relación entre la política y la moral. La vía para la solución de los conflictos “no es la imposición de una moral universal, absoluta, sino el diálogo y la negociación”, como se mencionó aquí.

Byung advierte sobre la creciente “moralización” de la discusión pública y el efecto perjudicial que en ella provoca. “La moral se esgrime como un arma. Quien moraliza -dice- se sale del escenario del debate y se atrinchera en una posición que declara expresamente como propia. Las opiniones de los demás se difaman desde lo moral. La validez de una idea no se apuntala mediante un debate, sino por la moral, convirtiendo la propia postura en un bien absoluto”.

Sostener, por ejemplo, que el 95% de los periodistas actúan de mala fe o movidos por la disponibilidad (o indisponibilidad) de recursos del Estado, y que la mentira es el principal insumo de su ejercicio, es una manera de renunciar a cualquier pretensión argumentativa frente a la crítica, y abandonar el debate por la salida de la descalificación moral.

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Byung llama a este ejercicio “hipermoralismo desmoralizador”. “La moralización no va acompañada de una moral porque en realidad no se basa en un sistema de valores consistente”, dice. Donald Trump encarna para Byung este modelo: “Moraliza estigmatizando y denunciando moralmente a sus enemigos, pero al mismo tiempo, despoja a su populismo hipermoral de cualquier contenido moral. Desmoraliza la política al saltarse todos los límites morales”.

Hay otra dimensión en el ensayo de Byung que nos remite especialmente a las conductas de Milei. Es la vinculada a la falta de pudor, la ausencia de inhibiciones, de las que ya se habló aquí, y la “autenticidad” propias del intercambio en las redes; características, sobre todo la última, con la que se pretende dar justificación a los desbordes emocionales del Presidente. 

Byung afirma que se ha perdido el sentido de la “verticalidad” que ordena una sociedad, y si bien este concepto del ensayista puede desconocer una pulsión natural por la igualdad, o la democratización de las relaciones sociales, el autor afirma que todo es hoy pura “horizontalidad”. La “autenticidad”, dice, es una de las manifestaciones de este “orden horizontal” en el que la “distancia”, un elemento clave del respeto, desaparece.

“La falta de respeto, la desvergüenza y la desinhibición son rasgos característicos de la sociedad de la supervivencia”, dice Byung. La discreción, asegura, “crea un espacio de protección y cuidado frente a la franqueza explosiva, la supresión de la distancia y la desinhibición”.

El ensayo humanista de Byung nos habla del deterioro del respeto en lo que llama la “época de la desvergüenza”. También puede disuadirnos de buscar sólo explicaciones psicoanalíticas a los agravios y obscenidades permanentes de Milei. Aunque apela a una cita del psiquiatra estadounidense León Wurmser en su libro La máscara de la vergüenza, que acaso nos remita al relato, extremadamente amargo, que el Presidente ha hecho alguna vez sobre su vida: “Dado que la vergüenza constituye un desprecio hacia sí mismo, es muy probable que el ‘desvergonzado’ sea, en el fondo, una persona a la que se ha infligido una humillación traumática, a la que se ha avergonzado de manera cruel, que inicialmente sufrió un profundo desdén hacia sí mismo y su autonomía y que ahora intenta acabar con esa humillación convirtiéndola, en toda su vida, en lo contrario”.