Presumo que parte del nerviosismo que se le observa últimamente al ministro Luis Caputo puede tener alguna relación con la aparición en escena del economista argentino Alberto Ades.
Ades, como Caputo, viene del mundo de los bancos y de los bonos. Es un trader, pero por lo que he escuchado, por las veces que lo entrevisté y por lo que he leído de él, me da la impresión de que tiene una mirada un poco más amplia y menos sesgada sobre la economía. Ya comenté que circularon versiones sobre algunos ruidos entre Karina Milei, Caputo, Javier Milei y el propio Ades.
También se dijo que Caputo no habría asistido a una reunión de gabinete en la que participó Ades porque se sentía mal, y que después apareció esa misma noche en el programa del Gordo Dan. A mí esto no me consta.
Lo concreto es que Pablo Wende publicó en Infobae algunos detalles muy interesantes sobre el diagnóstico que Ades presentó ante Milei y el gabinete. Y ahí aparece una discusión importante.
En la Argentina existe desde hace tiempo un debate sobre el atraso cambiario. Hay quienes consideran que el peso está demasiado fuerte y que eso perjudica a exportadores, pymes y tenedores de dólares, al mismo tiempo que vuelve extremadamente cara a la Argentina en términos internacionales.
El Gobierno sostiene exactamente lo contrario: que quienes plantean la necesidad de corregir el tipo de cambio están proponiendo, en definitiva, empobrecer a la gente y reducir los salarios medidos en dólares. Es un debate bastante viejo en la Argentina.Y la historia argentina indica que, cuando aparece un atraso cambiario importante, normalmente en algún momento termina corrigiéndose. Puede corregirse por las buenas o por las malas.
Quizás esta vez sea diferente. Quizás Caputo y Milei tengan razón y podamos permanecer así durante mucho tiempo. Pero Ades se metió directamente en este debate con una idea bastante clara: el peso fuerte no es el principio de una recuperación, sino el final de una recuperación. Es decir, lo que está planteando es que se puso el carro delante del caballo.
Según el trabajo que presentó ante el gabinete, el valor actual del dólar estaría aproximadamente un 29% por debajo del promedio de los últimos 23 años. Ades considera, por lo tanto, que existe un atraso cambiario considerable y se lo dijo directamente al Presidente y a sus ministros. Esto, dicho sea de paso, habla bien de Milei. Sentó delante de todo el gabinete a una persona que no comparte completamente su diagnóstico económico y la escuchó. No es algo que veamos con demasiada frecuencia en la política argentina.
Ahora bien, no sé cómo habrá caído esa exposición dentro del gabinete. Y probablemente no demasiado bien en el caso de Caputo.
Ades, según la información publicada, también aclaró que las condiciones actuales son diferentes a las de otros momentos de la historia argentina y planteó distintas alternativas para corregir esta situación sin provocar un salto devaluatorio. Ahí está la parte más interesante de su tesis.
Los países que funcionan terminan siendo caros en dólares. Terminan caros. No empiezan caros.
- Corea del Sur primero ganó competitividad y después su moneda se apreció.
- Israel atravesó décadas de inversión y exportación de tecnología antes de llegar a una moneda fuerte.
- Chile construyó apertura económica, una regla fiscal e inversión en diferentes sectores antes de consolidar una apreciación de su moneda.
La idea de Ades es que el peso fuerte debería ser la consecuencia de un proceso exitoso de acumulación de inversión, competitividad y productividad. No necesariamente su punto de partida. Me parece una discusión muy interesante.
Acá no estamos discutiendo boludeces. Estamos hablando de una cuestión seria respecto del funcionamiento de la economía argentina. Y eso conecta también con otra situación que vimos en estos días: La economista Marina Dal Poggetto publicó un trabajo largo, complejo, lleno de números y cuadros, donde analizó los beneficios fiscales que reciben determinadas inversiones dentro del RIGI.
El RIGI es, finalmente, una especie de política industrial. El Gobierno sostiene una visión según la cual el Estado debería ocuparse principalmente de la macroeconomía y dejar la microeconomía en manos del sector privado. Pero el RIGI, en los hechos, selecciona determinadas actividades y les otorga beneficios fiscales que otras no tienen. Promueve algunos sectores y no promueve otros. No me parece ni bien ni mal. No estoy discutiendo aquí si el RIGI es correcto o incorrecto. Simplemente estoy describiendo lo que hace. Y es perfectamente natural que otros sectores de la economía se pregunten por qué ellos no reciben un régimen semejante. ¿Por qué los mineros o los petroleros tienen un RIGI y otras industrias no? Es una discusión válida.
Dal Poggetto calculó el costo fiscal de esos beneficios y el ministro Caputo, en lugar de responder con otros números, plantear un desacuerdo técnico o simplemente ignorar el estudio, terminó haciendo una referencia personal. Dijo algo parecido a que algunas personas padecen resentimiento y que el resentimiento nubla la razón. Me parece un comentario muy inapropiado. Estamos hablando de una economista importante y respetada que presentó un trabajo económico. Puede estar equivocada. Se puede discutir su cálculo. Se pueden presentar otros números. Pero eso forma parte de un debate económico normal.
Por eso llama la atención el nivel de exasperación que está mostrando Caputo. Porque, si las cosas están funcionando tan extraordinariamente bien como sostiene el Gobierno, resulta extraño que una observación sobre el tipo de cambio o un estudio sobre el RIGI provoquen semejantes reacciones.
Alberto Ades planteó una discusión sobre el peso.
Marina Dal Poggetto planteó una discusión sobre los beneficios fiscales.
Son debates económicos. Y quizás al Gobierno le convendría tratarlos precisamente de esa manera.