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Milei llamó “nazi” a María O’Donnell y profundiza su escalada contra periodistas que es patética

El Presidente volvió a cargar contra periodistas y esta vez calificó de “nazi” a María O’Donnell. Más allá de la discusión ideológica que pretende plantear, la reiteración de insultos y agravios empieza a mostrar un estado de exasperación que termina contaminando toda la conversación pública.

Milei llamó “nazi” a María O’Donnell
Milei llamó “nazi” a María O’Donnell | +Perfil

Ayer el presidente Javier Milei volvió a avanzar en esta interminable carrera de agravios que, a esta altura, se ha vuelto además de grave, peligrosa y, por momentos, directamente patética. La palabra es patético.

Hay momentos en los que esta dinámica resulta peligrosa y otros en los que empieza hasta a causar gracia por lo absurdo de algunas situaciones. Esta vez Milei calificó de nazi a María O’Donnell. María es una periodista muy respetada. Es miembro de la Academia Nacional de Periodismo, donde comparto reuniones con ella, es una periodista muy aguda y ha escrito libros importantes. Además, conduce actualmente uno de los programas de radio más importantes de la mañana argentina.

Por alguna razón, el Presidente decidió llamarla nazi. Hay que tener bastante imaginación para establecer una conexión entre María O’Donnell y el nazismo. Uno podría vincularla con muchas ideas políticas diferentes, discutir con ella, estar de acuerdo o completamente en desacuerdo con sus opiniones. Pero de ahí a llamarla nazi hay una distancia considerable.

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Milei escribió que “le sacaron la careta a la zurda de buenos modales” y sostuvo que O’Donnell tendría puntos en común con el Partido Nacional Socialista Alemán de los Trabajadores. Aparece nuevamente, además, esta obsesión con los “buenos modales”. Como si ahora tener malos modales fuera una virtud. Como si insultar fuera una demostración de autenticidad o fortaleza política. No lo entiendo.

Una discusión ideológica bastante extravagante

En los últimos días, el Presidente ha insistido con una discusión respecto de si el partido de Hitler era de izquierda o de derecha. Es un debate que puede tener interés histórico o académico. Pero la Argentina tiene hoy problemas bastante más concretos que resolver que discutir si determinados aspectos económicos del nazismo eran de izquierda o de derecha.

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El nazismo fue un movimiento nacionalista extremo, criminal y fuertemente estatista en materia económica. A partir de ahí se podrán discutir todas las categorías ideológicas que uno quiera. Pero utilizar semejante discusión para terminar concluyendo que María O’Donnell es nazi porque sería de izquierda me parece una ensalada ideológica bastante ocurrente.

Y, después, ocurre algo que también se está volviendo frecuente. Al Presidente se le suma inmediatamente un conjunto de personas que reproduce y amplifica el mismo argumento. Aparecen Santiago Oría, el Gordo Dan y otros integrantes del ecosistema oficialista repitiendo la acusación.

Es un papel bastante triste. Especialmente para personas vinculadas con la comunicación. No veo la necesidad de que todo el mundo corra detrás de cada afirmación presidencial para justificarla o amplificarla.

De O’Donnell a La Nación

La discusión después siguió avanzando. Aparecieron nuevamente planteos sobre supuestos intentos de golpe de Estado y conspiraciones que, siguiendo esta lógica, empiezan en algún lugar relativamente lejano y terminan poco menos que en la oficina del Presidente intentando desalojarlo del poder. Yo trabajo todas las tardes viendo televisión, leyendo diarios y siguiendo información en varias pantallas. Y francamente me pregunto: ¿de qué están hablando?

Después Milei volvió a insultar a Julio Saguier, presidente de La Nación. Saguier fue insultado durante años por el kirchnerismo y ahora también es insultado por Milei. Parece condenado a que todos los presidentes terminen enojados con él.

El Presidente volvió a hablar de los “imbéciles cobardes de los buenos modales” y se refirió a La Nación como un “pasquín zurdito”. Incluso llegó a plantear que Página/12 sería más digno que La Nación. Nuevamente aparece la misma cuestión.

Ya no estamos hablando solamente de María O’Donnell, de Maru Duffard, de Julio Saguier o de un medio determinado. Estamos hablando del Presidente.

La exasperación se contagia

Lo que se observa es un estado permanente de exasperación. Y la exasperación es contagiosa. Desciende. Cuando el Presidente utiliza de manera permanente un tono exasperado, agresivo y de confrontación, ese clima naturalmente se transmite hacia abajo. Por eso me parece importante recordar algo que señaló en su momento el expresidente uruguayo Luis Lacalle Pou respecto del papel de un presidente.

Un presidente no debería dedicarse a exasperar a sus conciudadanos. Y eso es precisamente lo que empieza a preocupar de esta dinámica. El problema no es que Milei tenga una discusión con María O’Donnell. Puede discutir con ella todo lo que quiera. Puede cuestionar sus opiniones, sus análisis políticos, sus libros o cualquier comentario que haga. También puede discutir con La Nación, con Página/12 o con cualquier periodista del país.Eso forma parte de una democracia.

Lo que resulta difícil de entender es esta necesidad permanente de convertir toda diferencia en un agravio. Y además hacerlo cada vez con términos más extremos. Porque cuando todo el mundo termina convertido en nazi, zurdo, traidor, cobarde o integrante de alguna conspiración, llega un momento en el que las palabras pierden incluso su significado. Y entonces la discusión política deja de ser una discusión. Se convierte simplemente en una sucesión de insultos. Por momentos es grave. Por momentos es peligrosa. Y, por momentos, ya empieza a ser patética.