Hollywood no es progresista, es oportunista
Este trabajo fue realizado en el marco del Seminario "Análisis Político y Opinión en Medios de Comunicación", cátedra Rodrigo Lloret, de la Carrera de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires (UBA).
En Hollywood ya es parte del guión: alfombra roja, discursos encendidos, pines con banderas LGBT y llamados a “cambiar la industria”. Actores y directores repiten que el cine es más inclusivo que nunca. El mensaje está claro. El problema es que, cuando se mira más de cerca, ese relato no coincide con la realidad.
Dos autores recientes ayudan a entender esta contradicción. El sociólogo Musa al-Gharbi, profesor en la Universidad de Stony Brook, en We Have Never Been Woke, explica que las élites suelen adoptar discursos progresistas sin modificar las estructuras que sostienen la desigualdad. Según su idea de los “capitalistas simbólicos”, sectores como los medios o el entretenimiento convierten causas sociales en una forma de ganar prestigio y poder cultural.
Algo parecido plantea el lingüista John McWhorter, profesor en la Universidad de Columbia, en Woke Racism: muchas de estas posturas funcionan más como posicionamiento público que como transformación real. En Hollywood, esto se ve claro: mientras en ceremonias se habla de inclusión, los números muestran otra cosa.
Según el informe de USC Annenberg, Hollywood amplió la presencia de grupos subrepresentados en pantalla en los últimos años: en 2007 apenas 13 de las 100 películas más exitosas tenían protagonistas de grupos subrepresentados; en 2022 fueron 31.
Sin embargo, esos cambios no implicaron una transformación real de la industria.
En 2022 solo el 34,6% de los personajes con diálogo en las 100 películas más taquilleras fueron mujeres; en 2007 el número era 29,9%. Después de quince años de discursos y activismo, el aumento fue menor a cinco puntos.
El panorama se vuelve más desigual cuando se observan los espacios de decisión: en áreas clave como dirección, guión o producción, los cargos principales siguen concentrados mayoritariamente en hombres blancos. Entre 2007 y 2021, menos del 2% de los directores de las películas más taquilleras fueron mujeres negras. Hollywood puede mostrar una imagen más diversa en pantalla, pero detrás de ella el poder sigue casi intacto.
Esa distancia entre discurso y realidad también aparece en las películas. En los últimos años, Hollywood convirtió la inclusión en parte de su identidad pública. El problema es que muchas veces esa inclusión no nace de la historia, sino de una necesidad de mostrarse moralmente correcto.
Ghostbusters lo mostró con claridad. La película original de los años 80, centrada en un grupo de científicos que cazaban fantasmas, fue rehecha en 2016 con un elenco femenino. El cambio fue presentado como un avance, pero gran parte del público sintió que respondía más a una decisión externa que a la historia.
'Black Panther' funcionó: la película construyó toda su narrativa alrededor de Wakanda, un reino africano ficticio. El resultado fue un éxito de crítica y audiencia"
Esa tensión quedó reflejada en Rotten Tomatoes, un sitio de críticas de cine: 74% de aprobación entre especialistas frente a apenas un 50% de la audiencia. Más que un rechazo a protagonistas mujeres, apareció la idea de que Hollywood priorizaba un mensaje antes que una buena historia.
La discusión volvió a repetirse con Little Mermaid (2023). Disney reinterpretó a Ariel —históricamente representada como una sirena blanca y pelirroja— con la actriz afrodescendiente Halle Bailey, lo que generó polémica desde el inicio. La película costó cerca de US$ 240 millones y recaudó unos US$ 570 millones a nivel global, un resultado bajo para una producción de ese tamaño.
Lo más llamativo estuvo en la reacción del público: mientras Rotten Tomatoes mostraba un 95% de aprobación entre usuarios verificados, las valoraciones del público general rondaban el 50%.
Incluso antes de estrenarse, algo similar pasó con la nueva serie de Harry Potter producida por HBO. El personaje de Severus Snape —descrito en los libros de J. K. Rowling como alguien de piel pálida y aspecto sombrío— será interpretado por el actor negro Paapa Essiedu. El debate no pasó solo por el cambio racial, sino por modificar un personaje con una imagen muy definida para los fanáticos.
En todos estos casos aparece la verdadera contradicción: Hollywood no está siendo más inclusivo; está usando la inclusión como herramienta de posicionamiento cultural. Cambia personajes visibles, llena ceremonias de discursos y convierte causas sociales en marketing, pero evita discutir quién conserva el poder dentro de la industria.
Eso no significa que toda inclusión sea rechazada por el público. Cuando la diversidad está integrada a la historia, suele ser aceptada sin problemas. Black Panther funcionó justamente por eso: la película construyó toda su narrativa alrededor de Wakanda, un reino africano ficticio. El resultado fue un éxito de crítica y audiencia: superó los US$ 1.300 millones en recaudación y recibió siete nominaciones al Oscar.
Algo parecido pasó con Django Unchained, la película de Quentin Tarantino protagonizada por Jamie Foxx. La historia sigue a un esclavo afroamericano que intenta rescatar a su esposa antes de la Guerra Civil.
Allí, la cuestión racial no aparece como un gesto de corrección política, sino como el núcleo mismo de la trama. La película obtuvo un 87% de aprobación de la crítica y un 92% del público en Rotten Tomatoes, además de ganar dos premios Oscar y ser nominada a Mejor Película.
La conclusión es incómoda para Hollywood. La industria no enfrenta críticas por ser “muy progresista”; las enfrenta porque es oportunista. Convierte la inclusión en una estrategia de marketing, la usa para crear prestigio moral y capital simbólico, pero evita tocar las estructuras de poder.
El resultado es doblemente problemático: no cambia lo que promete cambiar y termina subordinando sus historias a una búsqueda de validación pública.
El público ya empezó a notarlo. No rechaza la diversidad; rechaza la imposición. Puede aceptar cambios y protagonistas distintos, pero no que le vendan compromiso donde hay cálculo. Cuando el discurso y la realidad se separan tanto, lo que se rompe no es solo la película: es la credibilidad de una industria que hace tiempo convirtió las convicciones en marketing.
*Seminario “Análisis político y opinión en los medios de comunicación”
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