“La conjura de los necios”

INDEC y la guerra contra la realidad

Hoy existe “una clase media urbana con cierto capital cultural que se autopercibe superior. No vive como pobre ni excluida, sino como degradada”, describe el autor. Compara este prototipo de subjetividad con el protagonistca de la novela de J. K. Toole, un resentido que “denuncia conspiraciones paranoides que lo quieren destruir”.

La conjura de los necios e INDEC. Foto: Collage

Existe un vínculo profundo entre La conjura de los necios y la avanzada del poder ejecutivo sobre el INDEC para impedir la actualización del IPC y sostener una inflación artificialmente más baja que la real. No es un paralelismo extravagante: es la misma relación tóxica con la realidad, una relación hostil, violenta y resentida. Sólo que en planos diferentes.

En la novela escrita en clave de comedia por John Kennedy Toole, el humor explota por la distancia que existe entre su personaje principal, Ignatus J. Reily y la sociedad que lo rodea. Ignatus es un universitario de 30 años huérfano de padre, que vive con su madre. 

Especializado en historia de la Edad Media, nadie lo reconoce; vende panchos cerca de su casa. Pertenece a una clase media urbana que conserva capital cultural, tiempo y una ilusión de superioridad moral y cognitiva. No se piensa a sí mismo como explotado o descartable, se piensa rodeado de idiotas. 

Ignatus no discute hechos, los descalifica con verborragia. No revisa sus premisas cuando éstas no se verifican. En su lugar, denuncia conspiraciones paranoides que lo quieren destruir. La realidad, cuando no lo confirma en su centralidad, está mal. No falla él, fallan los demás.  

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Esta estructura subjetiva, que en la ficción de Toole resulta desopilante, en política se vuelve peligrosa. Cuando un gobierno, sea el que sea, decide intervenir en un organismo técnico para que los datos no contradigan el relato oficial, sucede algo muy similar: se genera una distancia enorme, casi ridícula sino patética, entre el discurso oficial y la realidad social de millones de personas.

Los sectores –principalmente de clase media- que justifican estas maniobras o las celebran, no lo hacen por ignorancia económica. Lo hacen por identificación afectiva. No quieren enterarse cuánto suben realmente los precios, quieren “estabilidad económica”. 

Mark Twain lo dijo así: 'Hay tres tipos de mentiras; las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas' "

Incluso, si esa estabilidad implica falsear la experiencia cotidiana. Prefieren un número bajo en una planilla que admitir que el ajuste con recesión e inflación los ha alcanzado, los empobrece materialmente y los ridiculiza políticamente.

Este gesto se enmarca en un tipo específico de subjetividad política.  El que expresa Ignatus y que hoy encuentra eco en el poder, el de una clase media urbana con cierto capital cultural que todavía se autopercibe por encima de los demás. No vive como pobre ni excluida, sino como degradada. Su resentimiento no nace de la miseria material, sino de la pérdida de jerarquías sociales. Su enojo, sin embargo, no busca igualdad o redistribución, busca restauración del viejo orden y castigo para los culpables de la pérdida.  Esos sectores no defienden su bolsillo, sino la fantasía de superioridad que se creyeron.

En una columna anterior analizamos de la mano de Remo Erdozain, protagonista de Los siete locos, otro tipo de resentimiento, el que emerge desde abajo, de los sectores populares, el que viene de la humillación abierta, la explotación económica y la aniquilación simbólica. Allí, el malestar social toma formas más explosivas, más desesperadas. 

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Remo e Ignatus son dos ríos caudalosos, anclados en posiciones de clase diferentes pero que desembocan en el mismo mar: la ruptura con la realidad y la clausura de toda mediación institucional.

La subjetividad libertaria se apoya sobre todo en el resentimiento tipo Ignatus. No en el hambre, sino en el desprecio a los otros. Por eso, su retórica no ofrece proyecto colectivo sino destrucción del enemigo. Y si los datos contradicen el relato, son el enemigo.

La ofensiva contra el INDEC no es una cuestión metodológica. Es una guerra contra la realidad librada por quienes se creen superiores y con el poder de definir qué es la verdad.

No es casual, entonces, que los datos se vuelvan sospechosos, que las estadísticas incomoden y que los organismos técnicos sean disciplinados. Hace más de un siglo, Mark Twain lo dijo así: Hay tres tipos de mentiras; las mentiras, las malditas mentiras y las estadísticas.

Cuando el poder entra en guerra con la realidad, pierde el poder. Le pasó al kichnerismo y le va a pasar a los libertarios.

*Sociólogo / Consultor