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La ciencia frente a su propia crisis de verdad

Las publicaciones científicas prestigiaron el saber, hasta que la revolución de internet lo monetizó. “El problema de la IA es la pereza intelectual con la que la usamos”, advierte el autor, pero podríamos estar en el umbral de una auténtica “ilustración digital”, si el conocimiento recobrara su lugar.

Publicación antigua Foto: CeDoc

Mientras la inteligencia artificial puede escribir un artículo “científico” en menos tiempo del que un investigador tarda en preparar un café, el sistema de publicación académica se inspecciona a sí mismo y descubre sus grietas. Pareciera que su imagen de autoridad se pixelara, y aun la verdad misma. Porque en el tiempo de los bots que operan desenfrenadamente y generan una verdadera red de intercambios pseudohumanos, ¿qué significa “publicar ciencia”?

El prestigioso académico sueco Martin Kulldorff, en un reciente artículo de su autoría, nos incomoda con la pregunta de si el sistema científico se ha convertido en una maquinaria de validación del estatus más que de la verdad. Desde el siglo XVII, las revistas científicas fueron el templo donde la razón imprimía su acto de fe en sí misma. 

Pero en el siglo XXI, con editoriales que obtienen márgenes de beneficio de hasta el 40%, Kulldorff dice que ese templo se parece más a una corporación que a un foro del saber. Los científicos escriben y revisan gratis lo que luego sus propias universidades pagan para leer. Una rara y costosa combinación.

Científicos descubren una regla universal que frena la evolución de la vida

Internet y el acceso abierto parecían haber iniciado una revolución democrática del conocimiento. Surgieron plataformas nuevas y durante un tiempo pareció que el saber sería libre. Pero el prestigio - opio de los académicos - aún rige como moneda simbólica. Por lo tanto, publicar en una revista de alto impacto es, aún hoy, más importante que tener razón. El “factor de impacto” se convirtió en el nuevo becerro de oro del siglo digital.

En este contexto irrumpe la inteligencia artificial. Algunos le temen, sienten que es una clase de ejército de falsos profetas que inundará las bases de datos con papers sin alma ni rigor. Otros la celebran como el asistente que nunca se cansa, capaz de detectar plagios, errores estadísticos o inconsistencias metodológicas en segundos. Ambas visiones son ciertas, pero parciales. 

El prestigio - opio de los académicos - aún rige como moneda simbólica"

Prefiero pensar que la IA no es amenaza ni salvación sino un espejo que amplifica lo que ya somos. Si la ciencia se vuelve repetitiva, burocrática o complaciente, la máquina no hará más que acelerarlo.

Kulldorff propone un sistema transparente, con revisiones abiertas, firmadas y remuneradas. Es una idea casi subversiva en un ecosistema que emparenta anonimato con objetividad y secretismo con rigor. Si la inteligencia artificial dejara de escribir papers y se integrara a ese modelo para garantizar su integridad, podríamos estar ante una nueva Ilustración digital. Una ciencia más rápida, justa y humana, paradójicamente gracias a una máquina.

En un país donde la ciencia suele entrar en la agenda pública solo cuando se discute el presupuesto o una vacuna, esta reflexión tiene resonancia política. Porque el modo en que producimos y distribuimos conocimiento define también cómo decidimos, votamos y convivimos. 

El viejo pacto entre verdad y poder se agrieta cada vez que confundimos prestigio con lucidez o volumen de publicaciones con calidad del pensamiento"

El problema de la inteligencia artificial es la pereza intelectual con la que la usamos. El desafío es devolverle al conocimiento su carácter de bien común. Dejar de pensarlo como mercancía, espectáculo o botín de ascendiente académico, para desgracia del propio mundo académico.

También es probable que el fin del paper anuncie la resurrección de la ciencia, más que su muerte. O necesaria mutación, como las criaturas mitológicas que solo sobreviven cuando cambian de forma. 

Quizá la inteligencia artificial pueda, por fin, operar como bisturí, herramienta precisa capaz de detectar una capa escondida (como si leyera los márgenes invisibles de un texto), de ver la incoherencia donde nosotros solo vemos continuidad de lo mismo. Pero nunca operar como martillo, que aplasta lo complejo para que entre en una plantilla.

Necesitamos que la IA nos recuerde que la precisión también es una forma de humildad. Si logramos usarla de ese modo, quizás podamos recomponer el viejo pacto entre verdad y poder, que se agrieta cada vez que confundimos prestigio con lucidez o volumen de publicaciones con calidad del pensamiento.

Porque, en el fondo, la ciencia, como la democracia, es una conversación interminable entre humanos imperfectos que aceptan volverse a mirar a sí mismos. Ningún bot, aunque se muestre tan habilidoso, debería adquirir la costumbre de reemplazar el gesto casi ritual de discutir con otro, de dejar que una objeción bien planteada derrumbe una idea que nos es querida, de volver a ordenar el mundo página por página. 

Si hay un futuro para el conocimiento, estará en la potencia muscular de las máquinas y, sobre todo, en nuestra obstinada vocación por pensar juntos, incluso cuando nos contradice, nos incomoda o nos obliga a corregir la brújula.

Imaginemos que un desafío fuese, fundamentalmente, evitar asustarse con la posibilidad de que la inteligencia artificial nos suplante. Que el otro desafío consistiera en demostrarnos que la verdad sigue siendo una tarea demasiado humana que ninguna máquina debería ejecutar por delegación. Y que ambos desafíos marcaran el comienzo de la auténtica Ilustración digital.