La IA inauguró una burbuja de desinformación

“Inquieta pensar que pocas veces en la historia reciente se escribió tanto y se pensó tan poco”, dice el autor, reflexionando sobre la cantidad de textos que se piden a la IA, para que los resuelva como guste mientras se hará creer a los incautos que "el autor" es inteligente. “Escasea el pensamiento propio”, agrega.

OpenAI, DeepSeek And ChatGPT Artificial Intelligence Illustrations Foto: Bloomberg

No quedó tan lejos el tiempo en que escribir implicaba pensar. Era un proceso lento en el que uno iba enfrentándose con sus propias imperfecciones. Escribir era reescribir, sin lugar a duda y tal como enseñaban los maestros de ese arte. En estos días, en cambio, alcanza con saber pedirle bien a una máquina que lo haga… e inclusive que lo haga mejor.

Tanto en el mundo de las redes como en el corporativo actual, la comunicación se ha vuelto vertiginosa. Correos e informes fluyen con una eficiencia difícil de imaginar para la clásica cultura del correo postal. Pero esa velocidad, como todo lo que intenta superar las limitaciones humanas, se constituye en una trampa. La de hacer que los textos tengan buena forma, pero pierdan un origen real. Circulan ideas que, en rigor, pocos pensaron del todo.

La inteligencia artificial es una suerte de autora invisible. Redacta y concluye como un correcto expositor. Lo hace con una seguridad que desarma cualquier objeción, incluso cuando el contenido es superficial o, en el peor de los casos, equivocado.

Inquieta pensar que pocas veces en la historia reciente se escribió tanto y se pensó tan poco. La premisa es parecer inteligente aun cuando no se tiene en el momento una idea inteligente.

Recuperar la voz propia en la era de la automatización podría ser una profunda aspiración del humanismo que aún resiste"

El asunto se parece, en principio, a una conspiración de mentirosos deliberados. Luego, el tránsito de la reflexión lleva a la sofisticada idea de que se ha configurado una red de personas que comunican sin apropiarse de lo que dicen. En ese caso, la mentira es estructural. Dicho con otras palabras, el problema de faltar a la verdad como problema moral es sustituido por la supuesta verdad que ya no tiene autor. Una red de mentirosos perfectamente sinceros.

Las consecuencias son visibles, aunque pocas veces se nombren. Por ejemplo, la información se vuelve prolija y creíble, pero pierde densidad conceptual. Es el triunfo del discurso sin conocimiento o experiencia. 

El desafío de alfabetizar para no sepultar el futuro

Recuperar la voz propia en la era de la automatización podría ser, entonces, una profunda aspiración del humanismo que aún resiste.

El placer de construir un texto y el placer de la lectura son experiencias que, para quien desarrolló la capacidad de experimentarlas, no pueden ser sustituidas por ninguna prótesis o técnica de automatización. Eso, como dijo alguien simpáticamente, es semejante a pagar una membresía a un gimnasio y enviar a otra persona en nuestro lugar.

En la educación formal, el problema de usar inteligencia artificial sin resistencia y sin pensamiento posterior se vuelve especialmente crítico. Educar es formar criterio, una virtud humana completamente reservada a las personas y apenas circunstancial para los algoritmos.

Eel problema de faltar a la verdad como problema moral es sustituido por la supuesta verdad que ya no tiene autor; una red de mentirosos perfectamente sinceros"

Como ese placer por la escritura y la lectura no me es ajeno, intenté experimentar el problema y pedí a la IA que pensara en un texto sobre el futuro del aula, un tema de mi especial interés. 

En un instante generó un párrafo que, en la primera lectura, parece correcto y alineado a lo pedido: “El aula del futuro estará impulsada por tecnologías emergentes que permitirán una personalización total del aprendizaje. Los estudiantes accederán a contenidos adaptativos en tiempo real, mientras los docentes actuarán como facilitadores del conocimiento en entornos altamente digitalizados”. 

Acto seguido, decidí generar mi propia reflexión sobre el tema, también en una primera escritura, como la IA: 

“El aula del futuro será más provechosa para quien haga las mejores preguntas”. La promesa de ‘personalizar’ el aprendizaje podría simplificar el problema, teniendo en cuenta que aprender es enfrentarse a lo que, en principio, no se ajusta ni articula. Reducir al docente a una figura de facilitador es una forma elegante de vaciar su rol. 

“Enseñar es más que eso, implica desafiar e interrumpir con una pregunta u observación que intente mejorar lo que el alumno dice. Si todo funciona demasiado bien en el aula, si todas las piezas encajan fácilmente, es muy probable que no esté pasando nada importante”. 

No sé si es el mejor testeo para hacer, pero al menos se visibiliza que la diferencia entre ambos textos es de estilo y posicionamiento. El primero describe genéricamente y el segundo asume un compromiso con el tema. 

La inteligencia artificial puede producir un discurso, pero no asumir sus consecuencias. Sus dudas o contradicciones son parte del juego de complacencia incondicional hacia el usuario. No piensa, en el sentido humano del término. Mientras tanto, el arte cada vez más infrecuente de tener algo propio que decir parece crecer geométricamente.

Las organizaciones están incorporando inteligencia artificial como antes incorporaron cualquier otra herramienta de productividad. La diferencia crucial en este caso es que la herramienta no solo organiza ideas, también las genera. Y el riesgo allí es la pérdida de autoría. También amenaza la calidad: si todos escriben con la misma voz, correcta, neutra, entonces, ¿quién habla, realmente? Esto último plantea un dilema intelectual y ético. 

Y una invitación a desarrollar la capacidad de advertir y sospechar de lo que es demasiado correcto o “suena bien”.

En el mundo donde cualquiera puede escribir correctamente, con claridad, escasea el pensamiento propio, piedra basal de la renovación de todos los ámbitos de la vida.