Liderazgo escolar, la inversión estratégica que el sistema subestima
Un director no es un administrador escolar sino la persona más influyente en el aprendizaje de los estudiantes: “establecen metas claras, desarrollan capacidades profesionales, utilizan evidencia sobre el aprendizaje y organizan condiciones de trabajo favorables”, resume la autora. Entonces, ¿por qué se lo pasa por alto?
Durante las últimas dos décadas, la investigación educativa ha producido una conclusión bastante robusta: después de la enseñanza en el aula, el liderazgo escolar es el factor intra-escolar que más influye en el aprendizaje de los estudiantes. Esta afirmación, hoy ampliamente citada en la literatura especializada, proviene de revisiones influyentes como la de Grissom y colegas (y anteriormente Leithwood), quienes concluyen que el potencial impacto del liderazgo en los aprendizajes “ha sido definitivamente subestimado”.
Sin embargo, esta evidencia convive con una paradoja persistente: los sistemas educativos invierten muy poco en la formación sistemática de quienes conducen las escuelas.
Parte del problema radica en cómo se ha concebido históricamente el rol directivo. Durante mucho tiempo, el director fue entendido principalmente como un administrador escolar: alguien encargado de resolver problemas operativos, sostener la disciplina institucional y asegurar el funcionamiento cotidiano de la escuela. Pero la investigación acumulada principalmente desde los años noventa, muestra que el liderazgo efectivo es mucho más que eso.
Hoy sabemos que el impacto del liderazgo es fundamentalmente indirecto. Como muestran los metaanálisis de Viviane Robinson, los líderes escolares influyen en el aprendizaje principalmente a través de lo que hacen con los docentes: estableciendo metas claras, desarrollando capacidades profesionales, utilizando evidencia sobre el aprendizaje y organizando condiciones de trabajo que favorezcan la mejora pedagógica.
En otras palabras, los buenos líderes no mejoran las escuelas solos: construyen las condiciones para que otros enseñen mejor.
La evidencia empírica también sugiere que estas prácticas de liderazgo tienen efectos acumulativos significativos. Por ejemplo, el metaanálisis de Jason Grissom y otros sobre efectividad directiva han encontrado que reemplazar un director promedio por uno altamente efectivo puede aumentar el rendimiento estudiantil varios meses en poco tiempo. Los mismos estudios muestran además que los efectos de un liderazgo fuerte tienden a amplificarse con el tiempo, porque influyen sobre múltiples dimensiones del funcionamiento escolar.
Escuelas en Moreno: director cuenta las "condiciones indignas" de la educación
Este tipo de hallazgos tiene implicancias directas para la política educativa. Si el liderazgo escolar afecta a toda la organización —docentes, cultura profesional, uso de datos, expectativas institucionales— entonces la calidad del liderazgo se convierte en una palanca sistémica de mejora educativa.
Sin embargo, en muchos países —incluidos varios sistemas de América Latina— la formación para el liderazgo escolar sigue siendo fragmentaria o tardía. Los docentes suelen acceder a cargos directivos principalmente por trayectoria o antigüedad, y con frecuencia enfrentan el desafío de conducir instituciones complejas sin haber tenido oportunidades sistemáticas de preparación para ese rol.
En varios lugares del mundo, incluido Argentina, diferentes organizaciones convenidas generalmente con los ministerios ofrecen programas en servicio o de inducción al cargo, que buscan colaborar el fortalecimiento de las habilidades necesarias para el rol.
Esta formación suele incluir acompañamiento durante los primeros años de gestión, redes profesionales entre directivos y el desarrollo de equipos de liderazgo dentro de las escuelas.
Este último punto es particularmente relevante. La investigación contemporánea ha mostrado que el liderazgo escolar efectivo rara vez es individual. Como plantean James P. Spillane y colegas, el liderazgo en las escuelas se ejerce de manera distribuida, a través de múltiples actores que comparten responsabilidades pedagógicas y organizacionales.
Desde esta perspectiva, fortalecer el liderazgo escolar no implica solo formar directores, sino también desarrollar equipos directivos y mandos medios pedagógicos: vicedirectores, coordinadores, jefes de departamento y otros roles intermedios que sostienen el trabajo pedagógico cotidiano.
En los debates públicos se discute sobre currículos, evaluaciones, tecnología o salarios docentes —todos temas importantes—, pero rara vez se habla de quién organiza el trabajo pedagógico de las escuelas. Esa omisión tiene consecuencias.
Porque la evidencia acumulada durante décadas de investigación sugiere algo incómodo para muchos sistemas educativos: no se puede mejorar la educación sin mejorar el liderazgo de las escuelas.
Y esto plantea una pregunta difícil para la política educativa: si sabemos que el liderazgo escolar importa —y tenemos evidencia bastante sólida de cuánto importa—, ¿por qué seguimos tratándolo como un aspecto marginal de la política educativa y no como una de sus inversiones estratégicas?
También te puede interesar
-
Trump en problemas: con marchas en las calles y ¿sin OTAN?
-
Seguridad laboral: de obligación legal a ventaja competitiva
-
La tasa de actividad crece gracias a la reactivación de jubilados y jubiladas
-
Inflación y precios relativos: los límites del enfoque monetario
-
El 24 de marzo no está en retirada: está en disputa
-
Adorni: un deslome ontológico
-
Coaching ontológico y política: sujetos fragmentables, sociedad desprevenida
-
El derecho internacional, en crisis existencial
-
La “motosierra” comunicacional y legislativa del las primeras semanas del gobierno de Kast