Hay una lectura apurada, bastante instalada, que sostiene que el 24 de marzo perdió centralidad, que la memoria se agotó y que el consenso democrático de la Argentina se vació. Es una lectura cómoda, provocadora, incluso rentable para la coyuntura. Pero los datos que vienen produciendo distintos colegas muestran algo bastante más interesante: el problema no es que la memoria haya desaparecido. El problema es que dejó de administrarse sola.
Ese matiz importa. Mucho.
Porque cuando uno mira estudios recientes sobre el clima social alrededor de los 50 años del golpe, lo primero que aparece no es un derrumbe del consenso democrático, sino su persistencia. Con metodologías distintas y universos no idénticos, Proyección, Explanans, Zuban Córdoba y Amnistía Internacional con Dynamis llegan a una conclusión convergente: la democracia sigue siendo preferida por una mayoría social amplia, aunque crece la insatisfacción con su funcionamiento y aparecen zonas de ambivalencia que no conviene subestimar.
Dicho en términos más directos: no estamos frente a una sociedad que dejó de valorar la democracia. Estamos frente a una sociedad que la sigue eligiendo como principio, pero que la vive con frustración, desgaste y decepción.
Ahí está uno de los datos más importantes del momento. La legitimidad simbólica del sistema se mantiene, pero la experiencia cotidiana de la democracia se debilita. Y cuando eso pasa, aparecen fisuras. Sobre todo entre quienes, sin dejar de reconocer el valor del voto y las libertades, empiezan a aceptar que podrían resignarlos a cambio de orden, crecimiento o seguridad. No es exactamente autoritarismo militante. Es algo quizá más peligroso: una disponibilidad emocional para la excepción.
Por eso el debate sobre el 24 de marzo no puede leerse solo en clave memorial. También hay que leerlo en clave de presente. Porque cuando una sociedad recuerda menos desde la convicción y más desde la disputa, lo que está en juego ya no es solo el pasado. Es la calidad del pacto democrático actual.
Los datos también muestran otra cosa que conviene registrar. Contra varios lugares comunes, la memoria no parece haberse evaporado entre los jóvenes. Hay conocimiento del significado del 24 de marzo, acuerdo con su conmemoración y una valoración todavía extendida del papel del Estado en esa tarea. Lo que sí aparece es una diferencia más marcada sobre cómo debe recordarse, con qué tono, con qué actores y bajo qué formato. En otras palabras: no se rompe necesariamente el consenso sobre la fecha, pero sí su encuadre.
Y ahí entra de lleno la comunicación política.
Durante mucho tiempo, buena parte del sistema político trabajó sobre la idea de que el Nunca Más era un consenso tan sólido que alcanzaba con invocarlo. Hoy eso ya no alcanza. No porque haya dejado de tener fuerza, sino porque su sentido empezó a ser disputado, intervenido y reencuadrado por actores muy distintos. La memoria sigue viva, pero compite en un ecosistema donde toda verdad pública debe volver a explicarse, defenderse y narrarse.
Por eso el problema no es solo qué se recuerda, sino cómo se transmite. Y en ese punto la cultura importa tanto como la política.
El trabajo de Mara Favoretto sobre la relación entre dictadura y rock ayuda a entenderlo muy bien. Allí aparece una paradoja decisiva: la dictadura construyó al “joven” como enemigo y persiguió al rock a través de la censura; pero cuando necesitó movilizar emocionalmente a la sociedad durante la guerra de Malvinas, intentó convertir ese mismo universo juvenil en vehículo de adhesión. El resultado fue otro: lejos de disciplinarse, el rock usó ese espacio para resistir, disentir y construir comunidad. Favoretto lo muestra con claridad: el régimen subestimó la capacidad del rock para producir identidad y resistencia cultural.
Eso deja una lección de fondo. La memoria argentina no se sostuvo solo por actos oficiales, efemérides escolares o políticas públicas. También se sostuvo en repertorios culturales capaces de traducir el horror a lenguajes compartidos. La música, la literatura, el cine y el humor hicieron parte de ese trabajo de transmisión. Y probablemente vuelvan a ser decisivos en esta nueva etapa, donde el desafío ya no es solo recordar, sino volver transmisible el sentido de lo recordado.
Algo parecido pasa con el periodismo.
En una entrevista reciente, José Ignacio López vuelve sobre un gesto que en la historia argentina ya es más que una escena periodística: su pregunta a Videla, en 1979, por los desaparecidos. Pero lo más valioso del texto no es solo la reconstrucción de ese momento. Es la definición de oficio que aparece detrás. López habla de censura abierta en los primeros meses, de autocensura después, del miedo como clima, de la presión permanente y de la necesidad de no traicionar la propia conciencia. También recuerda que en los primeros meses del régimen llegaron a poner una bomba en su casa.
Eso vuelve especialmente relevante la escena de aquella pregunta. No fue apenas un acto de coraje individual. Fue una manera de fijar un estándar profesional bajo condiciones extremas: preguntar por lo que el poder quería silenciar. Cuando López dice que necesitaba estar tranquilo con su conciencia, está describiendo una ética del periodismo que excede el caso y la época. Está diciendo que, aun en contextos de amenaza, el oficio no puede quedar reducido a administrar prudencias.
A 50 años del golpe, esa dimensión también merece ser recuperada. Porque así como la cultura fue un dispositivo de resistencia, el periodismo también lo fue cuando todavía no había condiciones plenas para nombrar lo que estaba ocurriendo.
Por eso la discusión actual sobre el 24 de marzo no debería encerrarse ni en la nostalgia ni en la liturgia. El punto no es repetir un ritual. El punto es entender que la memoria democrática argentina entró en una fase nueva: sigue siendo mayoritaria, pero ya no es automática; conserva legitimidad, pero no inmunidad; mantiene arraigo social, pero enfrenta una pelea más intensa por su interpretación.
Dicho de otro modo: el 24 de marzo no está en retirada. Está en disputa.
Y tal vez esa sea hoy la definición más precisa del momento argentino. No estamos frente a una sociedad amnésica. Estamos frente a una sociedad que todavía recuerda, pero que debate cada vez más quién tiene autoridad para narrar esa memoria, en nombre de quién se la activa y con qué efectos sobre el presente.
La batalla, entonces, no es solo memorial. Es política, cultural y pedagógica.
Y recién empieza.
*Consultor en comunicación estratégica, política y asuntos públicos. Docente universitario de grado y posgrado.