Saber decir, saber escuchar

Puertas en la mente, pliegues en el corazón

“Hay personas que llegan al otro desde la inteligencia creativa; otras, desde la emocional; otras, desde la conceptual. Y cuando eso ocurre, se nota. Se siente”, dice la autora. “El problema es que el oído del público cambió. Se volvió menos exigente”. ¿Cuál es el rol de los medios? Quien quiera oír, que oiga.

Lecturas. Leer un libro, esa vieja pasión para todo el año. Foto: Pixabay

Hay una confusión extendida, y cada vez más naturalizada, sobre lo que entendemos hoy por inteligencia. No hablo de coeficientes, ni de títulos, ni de credenciales académicas. Hablo de algo más elemental y, a la vez, más profundo: la inteligencia como forma de expresión de la mente y de los sentimientos. Y, para quienes creen en ella, también del alma; aunque para otros esa dimensión no exista o no sea necesaria para pensar.

Uno puede escuchar a alguien hablar en televisión, leer una nota o ver una entrevista y reconocer de inmediato si ahí hay inteligencia o no. A veces ni siquiera importa del todo qué se dice, sino cómo se dice. Desde dónde. Con qué precisión, con qué sensibilidad, con qué capacidad de articular pensamiento, emoción y concepto. Hay personas que llegan al otro desde la inteligencia creativa; otras, desde la emocional; otras, desde la conceptual. Y cuando eso ocurre, se nota. Se siente.

El problema no es solo que hoy abunden malos comunicadores. El problema es que el oído del público cambió. Se volvió menos exigente. Más tolerante al error, a la pobreza expresiva, a la imprecisión conceptual. Basta encender la televisión y recorrer canales: salvo contadas excepciones, lo que aparece es un desfile de malas conjugaciones, frases mal construidas, ideas vagas, conceptos repetidos sin elaboración. Y, sin embargo, eso es aplaudido. Consumido. Celebrado.

A veces ni siquiera importa del todo qué se dice, sino cómo se dice"

Recuerdo otra relación con la palabra. La de mis padres, mis abuelos. Una época —no idealizada, simplemente distinta, en la que se disfrutaba una buena lectura, un buen cuento, una película bien narrada. Había placer en la forma, no solo en el contenido. Hoy, en cambio, lo grotesco, lo ridículo o lo vacío no generan rechazo: generan adhesión. No porque sean mejores, sino porque el umbral de exigencia bajó.

En ese contexto leo a dos filósofos contemporáneos que suelen ser mencionados juntos, pero que en mí producen efectos completamente distintos: Markus Gabriel y Byung-Chul Han.

Con Markus Gabriel, el efecto es inmediato. A veces ocurre incluso antes de empezar a leerlo: en el título. En una palabra, en dos, ya se percibe que algo en la mente se movió. 

No hace falta avanzar muchas páginas para entender que ahí no se está describiendo lo ya sabido, sino abriendo un marco nuevo. Al terminar, el reconocimiento es claro: algo cambió. No una opinión, no un estado de ánimo, sino la forma en que ciertas ideas se ordenan. Gabriel no traduce el malestar ni acompaña: desplaza el pensamiento. Inventa arquitectura conceptual. Hay riesgo ahí. Y para alguien que ha leído toda su vida, esa experiencia no es frecuente. Cuando ocurre, se reconoce de inmediato.

Markus Gabriel: “No creo que Milei sea capitalista”

Con Byung-Chul Han, en cambio, me pasa otra cosa. Siento ternura. Me hace reír. Mi marido no entiende por qué me río, y yo me río por la travesura intelectual que hay en su escritura. Han no inventa: afina. Toma los grandes globos del pensamiento contemporáneo: el cansancio, el rendimiento, la autoexplotación, la positividad obligatoria, y les hace pequeñas picardías. Lo imagino como un niño solitario y nocturno que juega con las ideas que flotan en la conciencia global. No me abre puertas en el cerebro: me hace pliegues en el corazón.

Gabriel no traduce el malestar ni acompaña: desplaza el pensamiento. Inventa arquitectura conceptual"

Hay algo más que me resulta decisivo al leer a ciertos pensadores: la coherencia entre lo que escriben y el recorrido que los formó. En Gabriel, basta acercarse a su historia intelectual y a sus estudios para comprender las raíces de su pensamiento actual. No aparece como una ocurrencia brillante, sino como el resultado de un trayecto profundo y sostenido. 

Byung-Chul han: "Los smartphones nos utilizan a nosotros, no al revés"

Lo mismo sucede, aunque con efectos distintos, al conocer la biografía intelectual de Han: su tono melancólico y su sensibilidad no son casuales; están íntimamente ligados a su formación y a su vida. Cuando un autor me provoca algo, lo primero que hago es ir hacia atrás: mirar de dónde viene. Porque ninguna inteligencia auténtica surge sin raíces.

Han no inventa: afina. Toma los grandes globos del pensamiento contemporáneo"

Ambos son inteligentes, sin duda. Pero operan en registros distintos. Y ahí aparece, otra vez, la pregunta por el público. ¿Qué tipo de inteligencia estamos entrenando para escuchar? ¿La que inventa mundo o la que describe con elegancia el malestar?

No creo que falten personas inteligentes. Creo que falta oído. Falta deseo de ser interpelados. Falta incomodidad frente a lo fácil. Mientras aceptemos cualquier forma de decir, cualquier pobreza expresiva, cualquier error repetido como si fuera estilo, seguiremos confundiendo inteligencia con ruido.

La inteligencia, cuando es real, se reconoce sola. Abre puertas en la mente o deja pliegues en los sentimientos. Pero nunca pasa inadvertida.