A fines del año pasado empezó a circular en Twitter el entusiasmo por Pluribus, una nueva serie del creador de Breaking Bad y Better Call Saul que, según decían, valía la pena ver.
La premisa de Vince Gilligan no tardó en llamar la atención: un ente extraterrestre —del que poco se sabe, salvo que emite un mensaje a través de una frecuencia particular— infecta a casi toda la humanidad y convierte a todas las conciencias en una sola. Lo que sabe una sola persona, lo sabe todo el resto. No hay secretos ni individualidades. Pero el fenómeno no se limita al conocimiento compartido: el temperamento humano también se uniforma. Todos y todas son felices. Sin conflicto. Sin preguntas. Pero, ¿para qué?
Lo interesante es que ese ente, o lo que sea, no logra absorber a trece personas, que quedan fuera de la mente colmena. Entre ellas está Carol (Rhea Seehorn, la actriz que en Better Call Saul ya había demostrado merecer su propia serie), una escritora best seller de una saga de fantasía, quien intenta preservar su individualidad.
A través de su mirada, la serie expone una inquietante cercanía entre el funcionamiento de esta colmena extraterrestre y dinámicas muy reconocibles del mundo real, fuera de la pantalla -o demasiado cerca de ella, de la que tenemos a mano todos los días-. Y, spoiler alert, será sobre eso que tratará esta nota.
Los integrantes de la colmena trabajan, en parte, para hacer “felices” a esas trece personas que quedaron afuera. Lo hacen mediante mecanismos que parecen absurdos en la ficción, pero que se parecen mucho a cómo interviene la tecnología en la vida cotidiana desde hace tiempo.
"La redención es importante en la sociedad"
La protagonista decide construir una lista de comportamientos de este enjambre para entender a qué se enfrenta y así marcar sus límites. Resulta tentador hacer el mismo ejercicio: pensar la colmena como una metáfora de la tecnología y detenerse a identificar algunas de las lógicas con las que convivimos. Un punto de partida para arrancar el año con un poco más de conciencia. Una colectiva, sí, pero no unificadora. Acá vamos.
En Pluribus, las personas conectadas a la colmena pueden “comunicarse” entre sí y con cualquiera de las trece personas repartidas en el mundo sin importar dónde estén, ni qué día u hora sea. La disponibilidad es total, constante, infinita. Como WhatsApp y su lógica de la comunicación permanente e infinita, que acorta límites geográficos, pero donde la respuesta inmediata se vuelve una obligación implícita porque el otro siempre está ahí. Debe estar ahí. Sino, ¿dónde? ¿Qué podría estar haciendo sin el teléfono encima?
La colmena también funciona como una suerte de ChatGPT. Pero en la serie no adopta la forma de una pantalla, sino de cualquier humano que forme parte de esa gran unidad. Sabe todo. No existe el “no sé”. Cada pregunta tiene una respuesta precisa, sin espacios en blanco a través de los cuales, a priori, se necesite salir a buscar algo más. Además: la complacencia absoluta. La máquina no quiere conflicto, ni debate. Quiere dar la razón. Cuando aparece el enojo o la confrontación de parte de Carol, el sistema falla al borde de romperse: no está diseñado para eso. La pregunta entonces se traslada al presente: ¿qué ocurre cuando uno se acostumbra a vincularse solo en esos términos? Y después, ¿cómo se enfrenta la realidad? ¿Cómo se construye un vínculo con un otro que no tiene por qué dar la razón?
Los miembros de la colmena están hechos para cumplir pedidos de las trece personas que quedaron afuera. Cualquiera. Incluso el más extremo -como una bomba atómica-.
Dejando de lado el delirio de la ciencia ficción, la comparación con las apps de delivery es inmediata: diseñadas para traerlo todo rápido, para hacerlo todo por nosotros. Y que sea lo que sea. Puede ser un capricho o algo esencial. Da lo mismo, no hay distinción. La premisa es no moverse, no esperar, no esforzarse. Apenas un dedo sobre la pantalla. O ni siquiera abrir la puerta: el pedido puede quedar ahí, afuera, sin contacto humano alguno.
La conciencia unificada hace sugerencias basadas en recuerdos, en experiencias pasadas, en aquello que alguna vez hizo felices a los individuos. Exactamente como los algoritmos que hoy recomiendan qué ver, qué escuchar, qué comprar, qué desear. O simplemente las fotos como recuerdo que el celular devuelve sin pedir permiso, para mostrar lo que se estaba haciendo cinco años atrás. A veces, estas sugerencias acortan el camino de una búsqueda. Otras veces, en cambio, juegan una mala pasada, trayendo de vuelta aquello que se prefería olvidar.
Solo queda una pregunta flotando: ¿las personas se están volviendo más felices?
Al menos Carol, si fuera parte de nuestro mundo, estaría convencida de que no.
Y esta vez, no es spoiler.