Qué Argentina quiere Milei: ¿la de los mercados o la de la gente?
Hay dos caminos que en vez de marchar juntos, se oponen: el gobierno celebra el equilibrio fiscal, la inflación menor y la baja del riesgo país, mientras la gente vive de cerca su realidad de “salarios que no alcanzan, comercios que bajan sus persianas, trabajadores que sobreviven en la informalidad”. La desigualdad cachetea.
Mientras el gobierno celebra el equilibrio fiscal, la desaceleración de la inflación, la baja del riesgo país y la mejora de algunos indicadores financieros, la realidad cotidiana de millones de argentinos cuenta otra historia. Una historia de salarios que no alcanzan, comercios que bajan sus persianas, trabajadores que sobreviven en la informalidad y una desigualdad que vuelve a crecer.
La pregunta ya no es si el programa económico ordenó algunas variables macroeconómicas. La verdadera pregunta es quiénes se benefician con ese orden y quiénes pagan sus costos.
En los últimos días, los mercados recibieron varias noticias positivas. La baja del precio internacional del petróleo alivió las expectativas inflacionarias, el riesgo país volvió a ubicarse en torno a los 430 puntos básicos, la deuda argentina mantuvo una buena performance y el Gobierno consiguió renovar buena parte de sus vencimientos de deuda en pesos. Para los analistas financieros, el escenario sigue siendo "constructivo": hay desinflación, mayor estabilidad y mejores condiciones para el financiamiento.
Sin embargo, existe otra Argentina que esos indicadores no alcanzan a reflejar.
Los datos del mercado laboral muestran que la desocupación llegó al 7,8%, pero el problema más profundo es la creciente precarización del empleo. La informalidad alcanza a casi la mitad de los trabajadores y la subocupación continúa aumentando.Tener trabajo ya no garantiza salir de la pobreza. Miles de argentinos trabajan jornadas completas sin acceso a derechos laborales básicos, sin aportes jubilatorios y con ingresos insuficientes para sostener a sus familias.
El propio informe económico que celebra la recuperación financiera reconoce que la mejora reciente de los salarios reales constituye apenas un rebote puntual, luego de siete meses consecutivos de pérdida del poder adquisitivo. Es decir, los salarios crecieron por encima de la inflación durante un mes, pero todavía permanecen muy por debajo de los niveles que tenían antes del deterioro sufrido desde mediados de 2025.
No se trata todavía de una recuperación. Se trata, apenas, de dejar de caer.
Mientras tanto, el entramado productivo sigue deteriorándose. Más de 26.000 empresas cerraron desde el inicio de la gestión de Javier Milei, y el 98% eran pequeñas y medianas empresas. Detrás de esa cifra no hay solamente balances comerciales: hay fábricas que dejaron de producir, comercios familiares que no resistieron la caída del consumo y miles de puestos de trabajo que desaparecieron.
Paradójicamente, mientras la economía financiera muestra signos de normalización, la economía productiva continúa perdiendo capacidad para generar empleo y valor agregado.
Incluso el crecimiento del Producto Bruto Interno, presentado como una señal de recuperación, merece una lectura mucho más cuidadosa. La expansión económica está siendo impulsada casi exclusivamente por sectores como el agro, la minería y la energía, altamente vinculados a las exportaciones. En cambio, la industria manufacturera continúa estancada y la inversión privada acumula cuatro trimestres consecutivos de caída.
Es decir, la economía crece, pero no de manera equilibrada. Crecen sectores que emplean relativamente poca mano de obra, mientras retroceden aquellos que históricamente sostuvieron a la clase media argentina y el empleo industrial.
A ello se suma otro dato inquietante: la desigualdad volvió a aumentar. Hoy el 10% más rico de la población obtiene ingresos quince veces superiores a los del 10% más pobre. Mientras algunos sectores financieros y grandes grupos económicos mejoran su rentabilidad, trabajadores, jubilados, profesionales y pequeños comerciantes continúan perdiendo capacidad de compra.
No parece casualidad.
Es el resultado de un modelo económico que prioriza la estabilidad de las variables financieras por encima del fortalecimiento del mercado interno y del aparato productivo.
Pero quizás el problema más profundo trascienda incluso las estadísticas económicas.
La política argentina parece haber abandonado la discusión sobre un proyecto nacional de desarrollo. Hoy se debate casi exclusivamente sobre déficit fiscal, tasas de interés, inflación, riesgo país o tipo de cambio, mientras desaparecen del debate cuestiones fundamentales: qué industria necesita el país, cómo generar empleo de calidad, cómo impulsar la innovación tecnológica, cómo agregar valor a los recursos naturales y cómo garantizar que el crecimiento llegue a toda la sociedad.
La dependencia del financiamiento externo, la apertura indiscriminada de la economía, la desregulación de sectores estratégicos y la creciente participación de capitales extranjeros en áreas sensibles reflejan un país que parece renunciar a planificar su propio desarrollo. La soberanía no sólo se pierde cuando se entrega un territorio; también se debilita cuando las principales decisiones económicas dejan de responder a un proyecto nacional y pasan a condicionarse por los intereses del capital financiero internacional.
Javier Milei empeña el futuro de los argentinos
La historia demuestra que ningún país desarrollado construyó su prosperidad únicamente sobre el equilibrio fiscal. Argentina, en cambio, parece aceptar como inevitable el cierre de fábricas, la pérdida de empleo industrial y el debilitamiento de las pequeñas empresas en nombre de la eficiencia económica.
La estabilidad macroeconómica es necesaria. Nadie discute la importancia de controlar la inflación o equilibrar las cuentas públicas.
Pero cuando el equilibrio fiscal convive con casi la mitad de los trabajadores en la informalidad, con miles de empresas cerradas, con una inversión privada que continúa cayendo y con una desigualdad creciente, resulta legítimo preguntarse si ese orden económico no está construyéndose sobre un profundo desorden social.
Cuando la política deja de discutir un proyecto de país para limitarse a administrar variables financieras, el riesgo es que la Argentina termine siendo un país con cuentas ordenadas, pero con trabajadores cada vez más pobres, menos industria, menos producción nacional y un futuro decidido desde los mercados antes que desde las necesidades de su pueblo.
Mientras la oposición siga siendo representada por los nefastos actores de siempre, los sectores de poder seguirán avanzando a costa de aplastar derechos, hacerse de territorio con la complicidad de aquellos que dicen preocuparse por la gente, pero a las claras está que solo se preocupan por conservar sus espacios de poder y aburridas candidaturas.
*Secretario General del Sindicato de Trabajadores Municipales de Vicente López
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