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¿Qué significaría una presidencia de Jordan Bardella para Francia?

El líder de la formación de extrema derecha Agrupación Nacional (RN) lidera las encuestas explotando el "privilegio exorbitante" de Francia en la UE. Su plan: usar las ventajas del sistema actual para reindustrializar sin romper con Bruselas.

Jordan Bardella Foto: AFP

PARÍS – Tras dos años sin un presupuesto aprobado, el gobierno francés ha logrado imponer uno sin someterlo a votación parlamentaria. Este último giro en el drama político y fiscal de Francia —y la ausencia de una reacción inmediata de los mercados— revela cuánto sirve la Unión Económica y Monetaria (UEM) a los intereses del país, tal como pretendían sus arquitectos franceses. Pero también, por extraño que parezca, está sirviendo a los intereses de Jordan Bardella, el líder de la formación de extrema derecha Agrupación Nacional (RN) y favorito para las elecciones presidenciales del próximo año.

Cuando se diseñó la UEM, el Bundesbank alemán era la fuerza dominante en la política macroeconómica europea. Su sustitución por el Banco Central Europeo (BCE) alteró fundamentalmente la distribución del poder monetario, permitiendo a Francia disfrutar de tipos de interés al estilo alemán mientras se beneficiaba del respaldo del BCE a la prodigalidad fiscal francesa.

No fue sino hasta la crisis de deuda de la eurozona de 2010-12 cuando se consolidó el papel del BCE como respaldo fiscal efectivo, cuando el entonces presidente del BCE, Mario Draghi, hizo su famosa promesa de hacer "lo que sea necesario" para salvar el euro, estableciendo al banco central como prestamista de última instancia. Para corregir el fallo de diseño de una unión monetaria compuesta por estados fiscalmente soberanos, el apoyo del BCE a los bonos soberanos de los estados miembros se condicionó a un recorte fiscal acorde con el Tratado de Maastricht, que limita los déficits presupuestarios anuales al 3% del PIB y la deuda pública al 60%.

Mientras que los estados miembros del sur de la eurozona se vieron forzados a la austeridad, Francia escapó a ese destino. La Comisión Europea, encargada de vigilar las normas fiscales del bloque, ha sido sistemáticamente indulgente con Francia a pesar de sus crónicas infracciones, en gran medida por razones políticas.

El término "privilegio exorbitante", acuñado originalmente por el entonces ministro de Finanzas francés Valéry Giscard d’Estaing en la década de 1960 para describir las ventajas conferidas a Estados Unidos por el estatus del dólar como moneda de reserva mundial, parece igualmente aplicable a la posición de Francia dentro de Europa. Como piedra angular de la unión monetaria —y, por extensión, del sistema económico europeo en su conjunto—, Francia es efectivamente intocable, lo que le permite ampliar los déficits y la deuda sin un aumento significativo de los costes de endeudamiento.

En ningún lugar ha quedado más clara esta realidad que en el resultado de las deliberaciones sobre el presupuesto anual de Francia. A pesar de incumplir su promesa de no utilizar poderes de decreto para adoptar un presupuesto sin aprobación parlamentaria, el gobierno del primer ministro Sébastien Lecornu sobrevivió a dos mociones de censura después de que el Partido Socialista se abstuviera a cambio de ciertas concesiones de gasto.

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La maniobra de Lecornu disminuye las ya escasas posibilidades de una reducción, siquiera modesta, del déficit presupuestario, que se prevé que alcance el 5,4% del PIB en 2026. Pero dado que es poco probable que la Comisión Europea aplique las normas fiscales de la UE, los mercados de bonos ven poco riesgo de que la agitación política pueda impedir que el BCE intervenga si fuera necesario.

Esto ayuda a explicar por qué los bonos soberanos franceses repuntaron tras la aprobación forzosa del presupuesto. Otro colapso del gobierno podría haber llevado al presidente Emmanuel Macron a cumplir su amenaza de disolver el parlamento por segunda vez en menos de dos años, profundizando la incertidumbre política.

Sin embargo, para estas fechas el año próximo, Francia estará en plena campaña para unas elecciones presidenciales que determinarán su trayectoria económica y política. A menos que un tribunal de apelación revoque la sentencia que prohibió a la líder del RN, Marine Le Pen, presentarse, Bardella, su lugarteniente de 30 años, será el candidato del partido para suceder a Macron. Las encuestas de opinión recientes muestran a Bardella derrotando cómodamente a todos los posibles rivales. Más allá de su juventud, Bardella es más elegible que su mentora simplemente porque no carga con las asociaciones tóxicas vinculadas al nombre Le Pen.

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Si logra evitar errores no forzados y se mantiene como favorito, el debate político en Francia y en toda Europa se centrará cada vez más en una pregunta crítica: ¿provocaría una victoria de Bardella otra crisis en la eurozona y pondría en riesgo el propio proyecto europeo?

La respuesta depende menos del programa político de Bardella que del privilegio exorbitante de Francia dentro de la UE. Una vez en el Elíseo, Bardella tendría todos los incentivos para explotar estas ventajas estructurales en lugar de desafiarlas. Su entrevista del pasado noviembre con The Economist, en la que pidió que el BCE comprara bonos del Estado francés, apunta ciertamente en esa dirección.

Dicho esto, una presidencia de Bardella no estaría exenta de riesgos. Su reciente libro, Ce que veulent les Français (“Lo que quieren los franceses”), contiene los elementos familiares del género, incluido un relato de su difícil infancia en el humilde suburbio parisino de Saint-Denis, criado por una madre soltera inmigrante italiana. Pero también ofrece algunas pistas sobre cómo podría abordar la política económica.

Quizás lo más revelador sea el estribillo que cierra cada capítulo, en el que Bardella describe las luchas cotidianas de los franceses en diferentes ámbitos de la vida y propone cómo elevar el nivel de vida: reindustrializar bajo la dirección de un Estado proteccionista, reducir la burocracia y recortar el gasto público superfluo. Las políticas centrales del RN, como frenar la inmigración y exigir que los inmigrantes se asimilen a la cultura cívica francesa, están relativamente poco enfatizadas, quizás en un esfuerzo por ampliar su atractivo.

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Pero las ambiciones proteccionistas de Bardella se verán limitadas por el marco institucional de la UE. Debido a que los estados miembros han delegado efectivamente la política comercial exterior en la Comisión Europea, la única manera de que Francia aplique un proteccionismo al estilo de Donald Trump sería abandonar el bloque. A falta de un "Frexit", es mucho más probable que Bardella trabaje dentro de los acuerdos existentes de la UE, que ya operan a favor de Francia.

Uno de esos acuerdos es el uso creciente de la emisión de deuda a nivel de la UE para financiar la inversión en las industrias de defensa europeas, impulsado por la necesidad de reducir la dependencia de Estados Unidos. Una parte sustancial del reciente préstamo de la UE a Ucrania de 90.000 millones de euros (107.000 millones de dólares) se utilizará para adquirir equipos militares de fabricantes europeos. Como el Estado miembro de la UE con la industria de defensa más grande y diversificada, Francia está bien posicionada para convertirse en un beneficiario principal de esta y de las subsiguientes iniciativas de rearme.

En última instancia, el mensaje de Bardella a los votantes franceses es de tranquilidad más que de ruptura. Su retórica lo presenta como un oportunista astuto que busca explotar las ventajas existentes del sistema, no como un pirómano empeñado en desmantelar la UE. El problema es que el sistema en sí es frágil. Sea cual sea el camino que elija, una incertidumbre preocupante parece un hecho.

 

(*) Brigitte Granville, profesora de Economía Internacional y Política Económica en la Queen Mary University de Londres, es autora de Remembering Inflation (Princeton University Press, 2013) y What Ails France? (McGill-Queen’s University Press, 2021).