¿Quién escribe cuando escribo?
Grande fue mi sorpresa –y también mi inquietud– cuando mi hijo Juan, sociólogo y no médico, anunció con total seguridad que pensaba aplicar una inyección a su pareja siguiendo únicamente indicaciones de la inteligencia artificial. La reacción de Juliana fue inmediata: se negó. Y en ese gesto algo se iluminó. Ella puso el cuerpo y dijo “no”.
Ese “no” no fue ideológico ni tecnófobo. Fue orgánico. Un límite encarnado. Me pregunté entonces si el cuerpo no constituye el último dique frente a nuestra subordinación tecnológica. ¿No necesitará también el pensamiento una “Juliana” interna que se niegue a la respuesta fácil, inmediata, impecable de la IA? El contraste es brutal: sistemas como Da Vinci ya operan con una precisión que eclipsa la mano del cirujano más entrenado. La técnica avanza. El margen humano retrocede. ¿Es el límite corporal una frontera real o apenas una zona que todavía no hemos terminado de ceder?
La escena doméstica se convirtió en espejo. Volví a mi tarea: escribir una nota de opinión. El procedimiento es seductor. Vuelco mis ideas en la IA para que ordene el argumento, ajuste el tono, corrija el estilo…, y ella va más allá. Me devuelve un texto completo, pulido, elegante. Me gusta. Me representa. Pero no es del todo mío. Y esa fisura, mínima, pero persistente, incomoda.
Aparece entonces el temor a una comodidad discapacitante. El riesgo de convertirme en un cocinero de Thermomix que, de tanto arrojar ingredientes para que se procesen solos, termina olvidando el oficio elemental de pelar una cebolla. La metáfora no es gastronómica, sino existencial: ¿qué músculo se atrofia cuando delegamos sistemáticamente el esfuerzo cognitivo? ¿Qué parte de nuestra identidad se vuelve prescindible?
La pregunta incómoda persiste: ¿estoy dispuesto a publicar un texto que conserve una torpeza, una repetición, un desajuste de ritmo, solo porque es mío, sabiendo que la IA lo corregiría en segundos y luciría mejor? En una cultura que idolatra la eficiencia, la imperfección empieza a parecer una falla moral.
Cuando la dependencia se instala, el socio se transforma en jefe. Las plataformas de movilidad llaman “socios” a sus conductores, pero el algoritmo fija tarifas, asigna viajes y evalúa desempeños sin asumir responsabilidades laborales. El humano aporta el tiempo y el riesgo; el sistema aprende y capitaliza. Con la IA ocurre algo similar. Ya no es una herramienta neutra como el viejo procesador de texto. Es un agente que aprende de mí, me anticipa, me sugiere. Me conoce más de lo que yo lo conozco. Y vuelve la cuestión central: si la IA escribe mejor y más rápido, ¿mi voz es una imperfección romántica que debo aceptar o un error que debería corregir?
Tal vez nos resistimos a entregar el cuerpo porque el cuerpo duele y paga las consecuencias. Delegar el pensamiento, en cambio, produce alivio. Es limpio. Es eficiente. Pero la IA puede sugerir una idea brillante sin cargar con sus efectos sociales o morales. No puede sostener la aguja ni asumir el peso del error. No hay responsabilidad ni culpa algorítmica.
No se trata de demonizar la tecnología. Sería ingenuo. La inteligencia artificial amplifica capacidades y reduce errores. Pero toda amplificación implica una cesión. Y la pregunta ya no es si debemos usarla –porque ya la estamos usando aun sin darnos cuenta–, sino cuánto de nuestra responsabilidad estamos dispuestos a delegar sin advertirlo.
Quizás el verdadero riesgo no sea que las máquinas piensen, sino que nosotros dejemos de hacerlo. La libertad no se pierde de un día para otro: se erosiona en pequeñas delegaciones cotidianas. En cada argumento que aceptamos por su perfección formal antes que por convicción propia. Y cada vez que cedemos sin conciencia una parte de nuestro juicio, debilitamos el músculo que sostiene toda vida democrática.
Aquella tarde, Juliana dijo “no” y puso el cuerpo. Tal vez ese gesto simple contenga una lección mayor. Pensar por cuenta propia –aun con errores, aun con imperfecciones– puede convertirse hoy en uno de los actos más necesarios de responsabilidad cívica.
* Sociólogo. Psicólogo social.
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