OPINIóN
conflicto, energía y poder global

La guerra de la reacción en cadena

Entre la presión sobre el régimen y la disputa estratégica de las grandes potencias, el escenario en Irán redefine los equilibrios militares, energéticos y económicos del sistema internacional. Una escalada más allá de lo regional.

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Estrecho de Ormuz. Las líneas blancas representan el tráfico entre el golfo Pérsico y el de Omán. | cedoc

El conflicto en torno a Irán en 2026 puede abordarse desde múltiples dimensiones –culturales, políticas y geoestratégicas–, pero resulta fundamental priorizar el análisis de su lógica militar y de sus implicancias sistémicas a escala global. En este marco, la dinámica iniciada por Estados Unidos e Israel puede interpretarse como orientada a erosionar dos pilares centrales del Estado iraní. Por un lado, la legitimidad política del régimen teocrático, mediante intervenciones que tienden a amplificar tensiones internas y el descontento social. Por otro, el debilitamiento de sus capacidades estratégicas y tecnológicas, en particular aquellas vinculadas al desarrollo nuclear. En este sentido, la eventual consolidación de una capacidad nuclear operativa, especialmente si se articula con sistemas de misiles balísticos, implicaría una alteración sustantiva del equilibrio regional y una fuente de presión significativa sobre el sistema internacional.

La evolución del conflicto evidencia, asimismo, una transición desde una fase inicial caracterizada por ataques a distancia –basados en tecnología misilística, superioridad aérea y capacidades electrónicas– hacia una dinámica más prolongada y compleja, con impactos directos sobre objetivos políticos y de infraestructura crítica. En sus inicios, los actores involucrados proyectaban una confrontación acotada en el tiempo, orientada a cumplir objetivos estratégicos definidos: para Estados Unidos, preservar la estabilidad regional en función de su competencia global con China –principal demandante de energía iraní–, y para Israel, reforzar su seguridad en el entorno inmediato. No obstante, esta expectativa de guerra corta derivó en una prolongación del conflicto sin resolución clara hasta el presente.

La respuesta iraní, mediante el empleo de misiles balísticos contra objetivos en Israel y en países del Golfo, así como los intentos de interferir en el tránsito por el estrecho de Ormuz, ha contribuido a ampliar los efectos del conflicto más allá del plano estrictamente militar. La persistencia de hostilidades y el uso sostenido de municiones en el tiempo han incrementado los costos de seguridad energética y la incertidumbre en una región cuya estructura económica depende en gran medida del petróleo, generando presiones sobre los precios internacionales.

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En este contexto, el conflicto tiende a configurarse como un empantanamiento estratégico, en el cual Irán, mediante el uso sostenido de misiles balísticos y drones, conserva la capacidad de amenazar de forma intermitente la infraestructura energética del Golfo, así como la seguridad de Israel, mientras tenga capacidad de producir misiles, su carga explosiva, y lanzarlos. Esta prolongación en el tiempo, sin resolución decisiva, incrementará la presión sobre los liderazgos políticos de Estados Unidos e Israel, abriendo la posibilidad –aunque extrema– de considerar el empleo de armamento nuclear táctico circunscripto a objetivos estratégicos, tales como instalaciones militares, infraestructura crítica o incluso centros urbanos. No es un escenario descabellado: las armas nucleares se usan desde que fueron creadas, pero casi nunca atacando con una, sino que con la amenaza de uso constante, latente. Un escenario de estas características introduciría un punto de inflexión con consecuencias altamente imprevisibles, potencialmente escalando hacia una crisis de mayor alcance global, tanto en términos económicos como militares.

Cabe destacar que la ausencia de una invasión terrestre constituye un elemento estructural del conflicto. La estrategia adoptada por Estados Unidos ha privilegiado la proyección de poder a distancia, evitando el despliegue masivo de tropas que implicaría un cambio de régimen, como ocurrió en conflictos previos en Irak o Afganistán, con elevados costos políticos y humanos. Por su parte, Israel carece de las condiciones demográficas y estratégicas para sostener una operación de invasión de gran escala sobre territorio iraní. En consecuencia, el conflicto se mantiene en una lógica de desgaste, donde los costos económicos –derivados del uso intensivo de medios militares, su reposición y el impacto sobre la actividad económica– tienden a acumularse en el mediano y largo plazo.

Este escenario de desgaste prolongado incrementa el riesgo de escalada hacia otras potencias con intereses en la región. Rusia, ya involucrada en un conflicto de alta intensidad en el marco de la guerra en Ucrania, ha concebido históricamente ese frente como una cuestión de seguridad vital, con advertencias reiteradas sobre la posibilidad del uso de capacidades nucleares en situaciones extremas. Una ampliación del conflicto en Medio Oriente podría, por lo tanto, tensionar aún más el equilibrio estratégico europeo y global. Por su parte, China, aunque no está involucrada directamente en el conflicto, posee intereses económicos y energéticos crecientes, además de una proyección geopolítica orientada a disputar el liderazgo global a Estados Unidos. En este marco, una escalada mayor podría alterar sus cálculos estratégicos, particularmente en relación con Taiwán, cuya centralidad en la producción de tecnologías críticas –como semiconductores– la convierte en un punto neurálgico del sistema económico global.

En consecuencia, el conflicto no solo plantea interrogantes sobre su evolución inmediata, sino también sobre los posibles escenarios futuros que podrían derivarse de una escalada no controlada. Entre ellos, se destacan la consolidación de un conflicto prolongado de baja intensidad, una escalada regional con impactos energéticos globales, o, en el peor de los casos, una expansión hacia un enfrentamiento entre grandes potencias que reconfigure tanto el orden militar como la arquitectura económica internacional.

En este contexto más amplio, las conclusiones distan de ser alentadoras. La simultaneidad de conflictos de alta intensidad –desde la guerra en Europa del Este hasta las tensiones crecientes en Asia y Medio Oriente– configura un escenario internacional marcado por la incertidumbre estructural y la progresiva erosión de los mecanismos tradicionales de contención.

Más que conflictos aislados, lo que comienza a delinearse es una dinámica de superposición estratégica, en la cual las principales potencias ensayan y despliegan capacidades militares avanzadas en múltiples teatros simultáneamente. El uso intensivo de medios aéreos, drones y misiles de precisión, junto con la creciente restricción del espacio aéreo y marítimo en zonas críticas, no solo redefine la naturaleza de la guerra contemporánea, sino que introduce riesgos directos sobre el funcionamiento del sistema económico global.

En particular, la militarización de rutas marítimas clave –por donde circula la mayor parte del comercio internacional– plantea un desafío de magnitud para la estabilidad del comercio y el abastecimiento energético. A ello se suma la vulnerabilidad de sectores estratégicos como la producción de semiconductores y la infraestructura energética, altamente concentrados en regiones hoy atravesadas por tensiones geopolíticas. El resultado posible es una disrupción profunda de las cadenas globales de valor, con efectos inflacionarios, retracción productiva y reconfiguración de los flujos comerciales.

En este marco, el riesgo de escalada –incluyendo, aunque aún en un plano extremo, la eventual utilización de armamento nuclear táctico– actúa como un factor adicional de inestabilidad. Aun sin concretarse, su sola posibilidad condiciona decisiones políticas, económicas y militares, amplificando la volatilidad del sistema internacional.

Para países como Argentina, las implicancias de este escenario son particularmente complejas. En un contexto de creciente fragmentación global, las estrategias de inserción basadas en la apertura comercial irrestricta enfrentan límites evidentes. La disrupción de las cadenas de suministro, sumada a debilidades estructurales en el entramado industrial, podría traducirse en mayores niveles de vulnerabilidad económica y social. Al mismo tiempo, la reconfiguración del comercio internacional abre oportunidades puntuales, especialmente en sectores vinculados a alimentos y energía, cuya capitalización dependerá, en última instancia, de la existencia de políticas estratégicas consistentes.

En definitiva, el escenario emergente no responde a la lógica de una guerra mundial convencional, pero sí a una creciente fragmentación del orden global, caracterizada por conflictos interconectados, tensiones persistentes y una competencia cada vez más abierta entre grandes potencias. En ese marco, la principal amenaza no radica únicamente en la escalada militar, sino en la progresiva desarticulación de las bases económicas y políticas que sostuvieron la globalización en las últimas décadas.

En última instancia, la arquitectura de la política exterior de las grandes potencias –y especialmente la de Estados Unidos– se asienta sobre la premisa de la racionalidad estratégica. Según la teoría del realismo político, el ejercicio del liderazgo global y el control de la infraestructura militar y logística dependen de un cálculo frío de costo-beneficio. Es esta misma racionalidad la que, hasta hoy, ha funcionado como un seguro de vida frente al abismo nuclear: el entendimiento de que una escalada total no arrojaría ganadores, sino una destrucción mutua que pulverizaría el planeta.

Sin embargo, la realidad histórica nos advierte que esta “pureza racional” es, a menudo, una abstracción teórica similar al homo economicus de las ciencias económicas. Así como el mercado no siempre responde a elecciones lógicas de productores y consumidores, el tablero geopolítico está profundamente permeado por las pasiones humanas, sus ideas, sus miradas del mundo y su construcción de amenazas, de amigos y enemigos.

El orgullo nacional, el miedo al declive o la ambición personal de los decisores son variables que la teoría no siempre puede medir con exactitud. Ignorar este factor es ignorar el riesgo real: que una decisión estratégica se mida en términos puramente nacionalistas, o religiosos, o simplemente basados en información falsa, y que termine por demoler los cimientos del progreso económico y la estabilidad militar, el orden global que cambiara cuando se disipe la niebla de la guerra.

*Investigador Conicet.