OPINIóN

SIRÄT o Mambrú se fue a la guerra

A pesar de que el filósofo Kant pidió “la paz perpetua”, las guerras acompañan a los seres humanos en todas las civilizaciones y geografías. “¿Estamos condenados a elegir, individual y comunitariamente, entre el cielo y el infierno?”, se pregunta el autor y responde retomando la historia de la cultura.

Guerra en Medio Oriente 03032026
Guerra en Medio Oriente | AFP

La palabra SIRÄT, significa según se expresa al comienzo del film que ganara el Premio del Jurado en Cannes y fuera producida por los hermanos Almodóvar, la delgada línea que separa el Cielo del Infierno.

Y las primeras escenas muestran una fiesta electrónica con la música que golpea incesantemente, pero no en un escenario habitual, sino en la zona pedregosa del desierto del Sahara, al sur de Marruecos.

Y en medio de la fiesta aparece una camioneta y un hombre con un hijo pequeño y un simpático perro, que muestra una foto, buscando una joven hija que estaría por esos lugares.
La escena es cortada abruptamente por soldados en camiones de guerra, que invitan a los participantes a salir del escenario desértico.

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Y allí se produce uno de los giros del film; varios camiones de los que se mueven al ritmo de la música se desvían hacia la zona montañosa que rodea el lugar y escapan del control militar, junto con la camioneta del padre que busca a su hija mayor.

Es entonces, que un percance en una rueda de uno de los camiones, desencadena una imagen trágica, que a partir de ese momento, hace virar el film totalmente.

Mambrú se fue a la guerra

Porque cuando logran desembocar en otra zona desértica, se muestra claramente que esos participantes, que aparentemente están tratando de encontrar otra fiesta electrónica, donde quizás pudiera estar la hija buscada, son mutilados de guerra, con muñones o piernas de metal.

Y comienzan a morir, como en los diez negritos de Ágata Christie, uno a uno, porque se trata de un campo minado, de esos que deseaba claramente que desaparecieran de la faz de la Tierra, la inolvidable Lady Di.

Es decir, como una burla cruel del Destino, que según los antiguos griegos eran las tres Parcas, la que hilaba, la que tejía y la que cortaba las vidas humanas, mataban a esos ya mutilados por la guerra, a través de esas explosiones.

Lo cierto es que las guerras, acompañan a los seres humanos a través de todas las historias que se conocen, en todo tipo de civilizaciones y de geografías.

'La victoria no da derechos' proclamó el Presidente argentino Sarmiento, al final de la tragedia de la Triple Alianza"

Por ello, a pesar de la petición de Kant, en el siglo XIX de la Paz Perpetua, eso sí solamente europea; en el siglo XX, ante la pregunta de Albert Einstein a Sigmund Freud sobre la posibilidad del cese de la beligerancia, éste le contesta que podría pensarse, algo así como algún Cuerpo de Paz Internacional, pero que sus investigaciones señalaban la doble presencia de las pulsiones de Vida y de Muerte.

Pese a ello, nuestro Juan Bautista Alberdi, el tucumano que nos diera la Constitución histórica, había escrito: El crimen de la Guerra donde fustigó la contienda en que Argentina, Brasil y Uruguay, en el siglo XIX, devastaran la tierra, la industria y la población paraguaya, por ello es que el Presidente argentino Sarmiento, proclamara al final de esa tragedia, que “la victoria no da derechos”.

Y en nuestra propia población, ante la afirmación del Gral. Perón que la Argentina no tenía problemas raciales, su histórico Ministro de Salud, quizá el más grande sanitarista que tuviera la República, el Dr. Ramón Carrillo, le aclaróque ello se debía a que en las guerras civiles y de la Independencia habían desaparecido todos los negros, menos el portero del Congreso y él mismo, que tenía sangre africana.

Y esa genial cineasta que es Lucrecia Martel, en su documental recién estrenado Nuestra Tierra, muestra cómo los habitantes argentinos provenientes de nuestros pueblos originarios han sido borrados de sus derechos milenarios, ha sido mutilada su población, en la Conquista del Desierto, que no estaba desierto, ignorados tanto, que el ex mandatario Fernández dijera que venimos de los barcos.

Enzo Traverso:“Milei es una anomalía argentina, como en los 20 percibían a Mussolini en Italia”

De cualquier manera, los crímenes de guerra, pese a la posición alberdiana de neutralidad argentina, se siguen sucediendo; se les da el nombre de daños colaterales, como en esos juegos del lenguaje que narrara Ludwig Wittgenstein y el horror de las niñas muertas en la escuela de Teherán, son apenas una muestra.

Pareciera que en este siglo XXI, de los números abstractos y de la IA, que a veces falla en sus objetivos,y en el que su sistema económico neoliberal, al cual nadie pone en cuestión, es sólo capaz de fabricar más miseria y más guerra; fallando no sólo la capacidad de diálogo, sino también la posibilidad de la conversación, de la que tanto hablara y postulara el inolvidable maestro chileno Humberto Maturana.

Antonio Scurati, el autor de M, Mussolini, insiste en el reportaje que le realizara Jorge Fontevecchia en el Diario Perfil, que se ha abolido la esperanza y se ha instalado el miedo, como contracara a una razón afectiva que postulara en el siglo XVII Baruch Spinoza, al afirmar que a diferencia de Hobbes, que hablaba del hombre lobo del hombre; la amistad entre los humanos es la que aumenta su Potencia.

El más grande músico de la Historia, el masón Wolfang Amadeus Mozart, habló de los jóvenes en la guerra en su genial ópera: Las bodas de Fígaro y escribió un aria Non piú andrai, o sea, “No andarás más, mariposeando amorosamente, noche y día, girando por allí y usarás un casco grande, muy honorable y poco efectivo”…

“Poco dinero y en lugar del fandango, una marcha por el barro”. Y esta última línea marca lo que no se dice de la guerra y que los diferentes noticieros muestran como explosiones o fuegos artificiales, sin muertos ni heridos ni mutilados. Sin locos de la guerra, que luego de los conflictos, salen a matar humanos, porque no se pueden desprender de sus fantasmas y de las visiones del horror que les acompañan.

Y que no pueden hablar de lo que han visto, percibido o que los ha conmocionado.

Quizás la conclusión de la guerra, quede patentizado en ese “Mambrú se fue a la guerra”, que como dijera Jorge Fontevecchia, nace de la batalla de Malplaquet en 1709, entre Francia e Inglaterra, donde desapareciera John Churchill, el duque de Marlborough, ancestro de Winston Churchill; el hombre que en su hora más gloriosa, se atrevió a enfrentar a Hitler, en el nombre sagrado de la Democracia.

Pero la canción, que de infantil no tiene mucho,sigue después que Mambrú se fue a la guerra, preguntándose si volverá , si volverá para las Pascuas, o para Trinidad, o no volverá, como ha pasado y pasa con tantos desaparecidos en acción.

Quizás debiéramos preguntarnos como lo prescribe Gilles Deleuze, el filósofo francés, por el concepto guerra, qué afectos nos produce, individual y comunitariamente, qué percepciones sensoriales nos abarcan y nos conmueven.

Si estamos condenados a las pasiones tristes, como el odio, la intolerancia y el resentimiento o somos capaces de habilitar individual y comunitariamente el amor, la amistad y la compasión que es el latir con el otro.

Si los revolucionarios del siglo XXI son los que leen, como asegura en otro reportaje de Jorge Fontevecchia en Diario Perfil, Enzo Traverso, ¿nuestras lecturas nos habilitarán a abandonar el desierto, pero no la música, sobreviviendo al campo minado? Porque estamos condenados a elegir, individual y comunitariamente sobre SIRÄT, esa delgada línea roja, que separa nada menos que el Cielo del Infierno.