Buenas preguntas

Sarmiento frente a PISA o la escuela en apuros

Pocos leen y el 76% de los estudiantes no puede resolver una cuestión matemática básica. “¿Qué podemos discutir con Sarmiento a partir de lo que PISA acaba de mostrarnos?”, pregunta el autor. “Para él, la educación formaba parte de un proyecto de transformación social”. ¿ Por dónde empezamos?

Sarmiento - Aula Foto: Collage

Setenta y seis de cada cien estudiantes argentinos no alcanzan en matemática el nivel básico de PISA. Apenas 27 de cada 100 llegan al nivel 2 o lo superan. Las cifras preocupan y merecen una lectura cuidadosa. PISA intenta conocer qué pueden hacer los estudiantes con aquello que aprendieron, como interpretar una situación, relacionar datos, razonar, resolver un problema y aplicar conocimientos a situaciones nuevas. 

En matemática, el nivel 2 representa el umbral básico de desempeño que la evaluación utiliza para describir esas capacidades.

Frente al examen internacional PISA, ponemos a Domingo Faustino Sarmiento. Hombre de polémicas, contradicciones y una capacidad casi profesional para irritar a sus contemporáneos. ¿Cuál sería su evaluación de PISA, que viene cada cierto tiempo a decirnos cómo leemos, calculamos y, en definitiva, pensamos? ¿Qué podemos discutir con Sarmiento a partir de lo que PISA acaba de mostrarnos?

En mi escuela, como en tantas otras, había una fotografía de Sarmiento. Se lo veía circunspecto, solemne. El de bronce, definitivo. El historiador José Ignacio García Hamilton propuso años después otra imagen, la del cuyano alborotador. Entonces pudimos recordar que Sarmiento había sido también un provocador, capaz de discutir con casi todo el mundo y, lo que resulta bastante más difícil y saludable, también consigo mismo. Podía tener razón de una manera irritante y equivocarse con una convicción admirable.

He aquí una de las primeras lecciones que deberíamos recuperar de él. Pensar supone meterse en problemas. Pocas cosas parecen hoy más necesarias que devolverle algunos problemas a la escuela.

Sarmiento, durante su exilio en Chile, emprendió un largo viaje por Europa, Estados Unidos y otros países para estudiar sus sistemas educativos. Observó escuelas, métodos de enseñanza y formación docente. Quería aprender y volver con ideas para transformar la propia sociedad. La comparación internacional formaba parte de su manera de pensar.

"Pensar supone meterse en problemas"

PISA hace algo parecido desde otro lugar y con otras herramientas. Compara sistemas educativos y busca saber qué pueden hacer los estudiantes con los conocimientos adquiridos. En matemática, apenas 24 de cada 100 estudiantes argentinos alcanzan el nivel 2. En ese nivel, los estudiantes pueden, como mínimo, interpretar y representar una situación sencilla de la vida cotidiana. Por debajo de ese umbral quedan 76 de cada 100. Es un dato severo y suficientemente importante como para que la discusión educativa lo esquive.

Es decir, se intenta averiguar si lo aprendido sirve para pensar.

Discutimos durante años qué contenidos deben estar en los programas, cuántas horas de Lengua necesita un alumno, qué autores deben leerse, o cuál es la mejor pedagogía

Pero cuando intentábamos ver cómo verificar si la escuela enseñaba a pensar, aparecían preguntas espinosas como quién puede enseñar a pensar, si alguien que no sabe pensar puede enseñar a hacerlo, si aprender a pensar requiere de un programa o de un curso o si aprender a pensar se aprende, únicamente, pensando, en todo momento y con independencia de la disciplina.

Sarmiento tuvo una preocupación semejante, aunque expresada en el idioma de su tiempo. Dedicó una enorme atención a la organización de las escuelas, la formación de los maestros, los métodos de enseñanza, las bibliotecas, los materiales y hasta las condiciones físicas de los establecimientos. 

Aprender a pensar ¿requiere de un programa o de un curso? O ¿se aprende a pensar, únicamente, pensando en todo momento y con independencia de la disciplina?"

Para él, la educación formaba parte de un proyecto de transformación social. La escuela tenía que producir capacidades para una sociedad que quería transformarse.

Hay un pequeño episodio de su experiencia como educador que resulta particularmente revelador. En Chile, cuando no pudo conseguir los aparatos de aritmética que necesitaba para enseñar, recurrió a porotos de colores. Unos representaban unidades, otros decenas y otros centenas. La escasez de recursos no le hizo abandonar el problema didáctico y buscó otra manera de volver visible una idea abstracta.

Después discutimos sobre las formas de enseñar. Si la televisión sí o no en el aula. Después el celular, y más tarde la IA. Mismas preguntas. Ahora tenemos delante una transformación mucho más profunda, basada en el hecho extraordinario de que una máquina puede responder, explicar, resumir un libro, resolver una ecuación, traducir un texto, escribir un poema, proponer una hipótesis y, con una velocidad que humilla a cualquier alumno y a varios profesores, redactar un trabajo práctico antes de que termine el recreo. 

Sarmiento nos pide seguir haciendo preguntas capaces de poner en apuros a una sociedad entera"

La inteligencia artificial ha convertido en mercancía abundante la respuesta, algo escaso durante siglos.

Y justamente por eso la educación debería concentrarse cada vez más en la pregunta, arte y acción que ninguna máquina vuelve irrelevante. Más precisamente, en las buenas preguntas, de esas que interpelan al alumno y lo obligan a abandonar su posición confortable, cambiar de perspectiva y buscar evidencia. Preguntas, inclusive, que no tengan una respuesta inmediata en la primera página de Google ni en el primer párrafo generado por una máquina.

Una escuela que enseña respuestas en un mundo de respuestas automáticas corre el riesgo de formar seres humanos extraordinariamente eficientes para hacer algo que las máquinas ya hacen mejor. 

La ironía histórica es que siempre quisimos que las máquinas se parecieran a nosotros y, cuando finalmente comenzaron a hacerlo, decidimos parecernos a ellas.

Hay una premisa educativa bastante antigua y aún revolucionaria que consiste en poner en apuros al alumno. Hacerle una pregunta para la que no tenga una respuesta preparada, presentarle dos explicaciones plausibles y pedirle que determine cuál está mejor fundamentada, mostrarle un gráfico y preguntarle qué falta, dar vuelta una afirmación aparentemente indiscutible, pedirle que defienda una posición y luego que argumente exactamente lo contrario. Obligarlo a descubrir que aquello que creía saber quizá no es exactamente así.

Una ciudadanía que no sabe distinguir entre una evidencia y una opinión queda indefensa frente a cualquier demagogo con micrófono o gráfico malintencionado; es frecuente en el día a día encontrarse con videos de veinte segundos que empiezan con la frase “lo que nadie quiere que sepas”. No hay peor ignorancia que no saber que no se sabe.

En nombre de los grandes educadores de la historia, los profesores resguardamos el propósito trascendental de promover a estudiantes que sean capaces de preguntar por qué, para qué, quién lo dice, cómo lo sabemos y qué ocurriría si fuera de otra manera.

Si el proyecto educativo deja de dar tanta importancia a que los alumnos aprendan más y empieza a enfocarse especialmente en que aprendan mejor y sepan qué hacer con lo que saben, es más probable que logremos una lectura inteligente del mundo y sus cambios.

Un chico frente a una afirmación, una pantalla llena de respuestas posibles y alguien que le enseñe a atender con amplitud de miras esas opciones es el punto de partida del proyecto a treinta años, sobre el que no tenemos certezas de los problemas que presentará ni qué máquinas lo habitarán y tomarán decisiones a nuestro favor.

Sarmiento, el que viajaba para comparar, discutía para entender y se negaba a aceptar respuestas prefabricadas, en esta época fascinada por la velocidad de las respuestas, nos pide seguir haciendo preguntas capaces de poner en apuros a una sociedad entera.