PROJECT SYNDICATE
A 25 años del atentado

De las cenizas a la fractura de la geopolítica: cómo el 11S fracturó el orden global

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 alteraron la trayectoria de EE. UU., Rusia y China, impulsando un unilateralismo y rivalidades que terminaron destruyendo el orden geopolítico global.

nueva york
El Homenaje en Luz se pone a prueba sobre el horizonte del puente de Brooklyn, el Bajo Manhattan y el One World Trade Center el 8 de septiembre de 2026 en el distrito de Brooklyn, en la ciudad de Nueva York. La instalación artística podrá verse en un radio de 60 millas alrededor del Bajo Manhattan desde el anochecer del 11 de septiembre hasta el amanecer del 12 de septiembre. | Adam Gray/Getty Images/AFP

MADRID—Hace un cuarto de siglo, el mundo cambió de rumbo en un instante. El nuevo milenio casi había coincidido con la llegada de nuevos presidentes a Estados Unidos y Rusia, entonces las dos mayores potencias militares del mundo. Pero los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra EE. UU. alteraron fundamentalmente las trayectorias de ambos países, así como la de una China en ascenso, poniendo en marcha acontecimientos que producirían el orden geopolítico fracturado en el que vivimos hoy.

Todos los que tienen edad suficiente recuerdan aún dónde estaban en aquel fatídico día. Uno de nosotros estaba en Crimea, el otro en Jartum, y aunque estábamos atónitos, aún no sabíamos que presenciábamos el comienzo de una nueva era.

En América, la hegemonía indiscutible del mundo, el presidente George W. Bush había tomado un camino tortuoso hacia la Casa Blanca, tras un recuento de votos en Florida que fue resuelto en última instancia por la Corte Suprema. En la mañana del 11 de septiembre, las cámaras de televisión captaron al presidente leyendo a unos niños en una escuela primaria de Sarasota, Florida, cuando un asesor le susurró al oído que el país estaba bajo ataque. Su mirada de desconcierto anticipó la cualidad que definiría la política exterior de EE. UU.

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El horror del 11S: minuto a minuto de los ataques a las Torres Gemelas y el Pentágono

EE. UU. pronto supeditó todos los demás objetivos a la seguridad nacional, abandonando el liderazgo multilateral que había aprovechado desde 1945. A finales de 2001, el secretario de Defensa de EE. UU., Donald Rumsfeld, presionó para que el país abandonara el Tratado sobre Misiles Antibalísticos para comenzar a trabajar en un escudo de misiles que defendiera la "patria". Esto condujo al programa de Defensa a Mitad de Trayectoria con Base en el Terreno, que desplegó misiles en Alaska y California, y planeaba hacerlo en Polonia, tomando por sorpresa a una Rusia debilitada. En un movimiento que no debería haber sorprendido a nadie, el presidente ruso Vladimir Putin respondió abandonando el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (START II).

Mientras tanto, EE. UU. se embarcó en dos grandes guerras: en Afganistán, donde su intervención era legal y contaba con el respaldo de gran parte del mundo; y en Irak, donde lanzó una invasión sin autorización de la ONU. La guerra de Irak causó una ruptura interna dentro de la Unión Europea, con miembros antiguos como Francia y Alemania oponiéndose, mientras que miembros más nuevos como Polonia y antiguos como el Reino Unido respaldaron el esfuerzo estadounidense.

Ambas guerras terminarían en fracaso, y la presidencia de Bush dejaría un regalo envenenado: la oferta —tan grandiosa como inviable— de una eventual adhesión a la OTAN para Georgia y Ucrania, realizada en la cumbre de la alianza en Bucarest en 2008. Sin un cronograma y sin garantías reales, esta promesa encendió las alarmas en el Kremlin sin hacer nada para proteger a ninguno de los dos países.

El ascenso de Putin a la presidencia rusa en el año 2000 parecía haber anunciado inicialmente estabilidad y desarrollo económico tras el caos de la década de 1990. El 11 de septiembre, según se informó, estuvo entre los primeros en llamar a Bush para expresar su solidaridad. Pero esto no duró mucho. En 2003, el Kremlin expropió la gran empresa energética Yukos, previamente privatizada, y encarceló a su propietario, el oligarca con ambiciones políticas Mijaíl Jodorkovski. En 2006, el exespía ruso Alexander Litvinenko fue envenenado con polonio-210 en Londres. Y en 2007, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Putin pronunció un discurso incendiario acusando a Occidente de doble rasero, rompiendo efectivamente con la arquitectura de seguridad que Rusia y Occidente habían heredado de la Guerra Fría.

La combinación del unilateralismo estadounidense y la marginación rusa empujó a Putin hacia un nacionalismo revisionista, un autoritarismo cada vez más descarado y, gradualmente, a los brazos de un gigante chino en ascenso. En agosto de 2008, mientras estallaba la crisis financiera mundial y en medio de los Juegos Olímpicos de Pekín, Rusia invadió Georgia, sentando un precedente para la invasión eventual de Ucrania.

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Pero tal vez el acontecimiento más fascinante y de mayores consecuencias se estaba desarrollando en Asia. En diciembre de 2001, China se unió a la Organización Mundial del Comercio con el pleno respaldo de EE. UU. y la UE. Occidente asumió que la integración comercial arrastraría el modelo económico de China hacia la convergencia con el capitalismo liberal. En su lugar, China persiguió un modelo diferente: un capitalismo de Estado eficaz y estrictamente dirigido. Lejos de desvanecerse, el modelo chino se convirtió en una poderosa palanca geopolítica a la que el modelo occidental —muchas empresas compitiendo entre sí, sin una estrategia estatal detrás— ha demostrado ser incapaz de responder.

El presidente estadounidense Barack Obama, ya en su segundo mandato, fue de los primeros en reaccionar. EE. UU. renunció a reformar la OMC y lanzó dos acuerdos comerciales integrales que excluían explícitamente a China: la Asociación Transatlántica para el Comercio y la Inversión, que finalmente se abandonaría, y la Asociación Transpacífica, que más tarde entró en vigor como el Acuerdo Amplio y Progresista de Asociación Transpacífico sin su arquitecto estadounidense.

En 2012, Xi Jinping llegó al poder en China y comenzó a concentrar la autoridad y el control sobre la sociedad en un grado no visto desde Mao Zedong. Su doctrina política fue redactada en la constitución del Partido (uniéndose a las de Mao y Deng Xiaoping) en 2017, y un año después, la Asamblea Popular Nacional abolió los límites de mandatos presidenciales.

Desde entonces, Xi ha centralizado cada vez más el poder y ha desacoplado la vida civil y académica de China del resto del mundo. En 2017, China bloqueó WhatsApp y Skype, dificultando que los líderes empresariales y de la sociedad civil china se comunicaran con sus contrapartes occidentales. Y en los últimos cinco años, cientos de altos funcionarios y oficiales militares han sido investigados, destituidos o purgados. Tras las misteriosas desapariciones de los ministros de Asuntos Exteriores y de Defensa en 2023, casi la totalidad de la Comisión Militar Central fue purgada este año.

El mundo podría haber tomado un rumbo diferente después del 11 de septiembre de 2001. En cambio, las principales potencias han seguido siendo rehenes de una visión excesivamente estrecha de la seguridad y el poder. EE. UU. se ha replegado sobre sí mismo y ha adoptado el principio de que la fuerza hace el derecho; Rusia, marginada y debilitada, se ha convertido en un beligerante revisionista; y China ha convertido su modelo económico en un instrumento de poder que Occidente no sabe cómo contrarrestar.

Para Europa, estos acontecimientos han dejado una cosa demasiado clara: ya no podemos confiar en la protección estadounidense. Europa debe construir una fuerza militar creíble propia para contrarrestar a Rusia, y debe diseñar instrumentos para proteger su economía del dirigismo económico chino. Está por ver si Europa tomará finalmente este camino.

(*) Javier Solana, ex alto representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, secretario general de la OTAN y ministro de Asuntos Exteriores de España, es presidente de EsadeGeo—Centro de Economía y Geopolítica Global. Angel Saz-Carranza es director de EsadeGeo—Centro de Economía y Geopolítica Global y profesor de Estrategia y Política en Esade.