Teatro Colón

Si no es verdad, se le parece

Cavalleria rusticana e I Pagliacci inician la temporada lírica del año. Estas dos obras veristas marcaron un cambio en la Italia del siglo XIX, cuando el romanticismo decaía, el capitalismo se adueñaba de la sociedad y el heroísmo concluía. Cualquier parecido con la actualidad, “Se non é vero é ben trovato”.

El Teatro Colón habilitará las puertas en la Noche de los Museos Foto: Teatro Colón

Tiempos de cambio y de transición los de las postrimerías del siglo XIX y los de los albores del siglo XX. Todos los aspectos de la vida -de los que no estaba ausente el variado universo de las expresiones artísticas-, parecían asistir a un proceso de turbulencias y cambios hacia algo que no estaba claro aún.  El “largo siglo XIX” -en el decir del historiador Eric Hobsbawn-, se alargaba, sí, pero ya con expresiones que pulsaban por alejarse de aquellas de cuando comenzó. Parecía que el romanticismo se resistía a ceder y “lo moderno” (¿qué era “lo moderno”?) no terminaba de instalarse. 

En el caso concreto de un género como el teatro lírico italiano (el alemán y el francés ya habían incursionado por derroteros muy propios), por esos tiempos se produjo una emergencia casi contemporánea de creaciones, todas ellas testimonio de la búsqueda de ese cambio, aunque no logrando consolidarse en algo nuevo sino, más bien, en una multiplicidad de expresiones en las que convivían signos de tradición pero, también, de innovación. En efecto, en el plazo de poco más de una década -la que cerraba el calendario de ese siglo-, la ópera dio ejemplares tan diversos como el Otello (1887) y el Falstaff (1893) del último y no menos milagroso Verdi; La Bohème (1896) y Tosca (1900) de un Puccini que todavía no había caído bajo la seducción de los emergentes Estados Unidos, y las dos obras breves con las que el Teatro Colón está dando inicio a su actual temporada lírica: Cavalleria rusticana de Pietro Mascagni (1890) e I Pagliacci de Ruggero Leoncavallo (1892). 

Si no es verdad, se le parece

El popular adagio que de alguna manera juega con la relación entre verdad o verosimilitud –(“Si no es verdad, está muy bien resuelto”), tal vez resulte útil como síntesis de una de los caminos que sobre el fin del siglo XIX tomó el arte italiano y del cual la ópera no estuvo ausente. 

Justamente, los dos títulos que presenta el Teatro Colón son, tal vez, las expresiones musicales más representativas de esa corriente que se dio en llamar “verismo”, un movimiento fuertemente influenciado por el naturalismo y cuyo principal exponente fue el escritor Giovanni Verga, sobre una de cuyas obras está inspirada Cavalleria

Apelando a historias y personajes de la vida común, el verismo tiende a subrayar de un modo crudo y sin atenuantes, y focalizándose en rasgos de la vida cotidiana, los dramas de sus protagonistas. Así, las dos óperas que integran ese binomio -uno de los títulos más populares de toda la historia de la lírica- tienen a los celos y a la infidelidad como los ejes en torno a los cuales pivotean sendos dramas, protagonizados por gente común, sencilla y pobre, como son los campesinos de una aldea siciliana en el caso de la obra de Mascagni, o un conjunto de payasos que integran el submundo sórdido de un circo ambulante en el caso del drama de Leoncavallo. 

"La ópera es la catedral del humanismo"

Tal como lo sostuvo Lang en su juicio en torno al verismo de estas obras: “Si bien el naturalismo en el libreto de Cavalleria es pujante, en la música de Mascagni perdura gran parte del pathos del romanticismo tardío y es menos violento que Leoncavallo. La penetrante e inexorable luz de la realidad disipó las últimas nubes de color rosa, los valores y las creencias románticas fueron rechazadas por anticuadas, y quienquiera que fuese lo suficientemente conservador como para creer en algo: en el alma, en Dios o en el más allá, se batió en una vergonzosa retirada” (Paul Henri Lang, La experiencia de la ópera).

El espectáculo en el centro de la escena

Obras exitosas al momento de su estreno gracias a una sabia -aunque no repetida en ambos compositores- combinación de eficacia teatral y musical, el público de entonces pareció encontrar en estas obras -y mucho más en la decisión también eficaz de ensamblarlas en un único y espectacular espectáculo- algo de aquella renovación de la escena musical que deseaba y esperaba. 

Quien mejor supo entrever esa disponibilidad del público fue el editor Edoardo Sonzogno, al lograr hacerse con los derechos de Cavalleria como punta de lanza para competirle a la dinastía Ricordi la escena operística que abuelo, padre y nieto monopolizarían por décadas primero con Verdi y luego con Puccini.

Porque también en el irrefrenable avance de la dimensión económica sobre la cultura en general y en particular sobre el mundo del espectáculo, los tiempos de un capitalismo cada vez más decidido, buscaban tomar distancia del romanticismo. Como se ha afirmado en otro lugar: “En el marco de la creciente competencia entre ambas casas editoriales musicales milanesas y cuando Ricordi ejercía firmemente su liderazgo, en 1884 Sonzogno sorprende con una original estrategia. Con el fin de oxigenar el repertorio operístico con nuevos nombres y títulos, la competidora de Ricordi lanza la primera edición de una serie de concursos. Dicha convocatoria y sobre todo su zigzagueante derrotero resultaron bien ilustrativos de la coyuntura por la que entre 1884 y 1906 atravesó el género lírico italiano. 

Y la Cavalleria de Mascagni pasaría a convertirse en la expresión más emblemática de la llegada de la competencia por el público -propia del espectáculo moderno- al mundo de la ópera.  

Verismo y cuestión social

En La ópera y su estética, Fernando Herero afirma que el verismo sustituyó la dimensión política de la ópera verdiana por conflictos privados. Y avanza aún más: “El verismo despolitiza la ópera italiana: estructuralmente las obras de este tipo intentan un naturalismo psicológico plegado a una orquesta que marca la acción. Se han olvidado las tramas heroicas de la gran ópera de Verdi para instalarse en los cotidiano: las pasiones se despojan de sus pathos, se sensualizan. El amor -también generalmente volcado a la muerte- no es un inventario de gestos heroicos, sino un conjunto de gestos físicos”. Puede ser. 

Sin embargo, aquella época de transición lo era, sobre todo para la Italia posterior al Risorgimento, una Italia que pasado el furor unificador y nacionalista, veía que al tiempo que el norte ingresaba en la “era del capital”, el sur se anclaba en lo que siempre había sido, aunque tal vez más agravado por efecto de un contraste cada vez menos ocultable. 

Cavalleria transcurre en una Sicilia que se mueve entre la devoción católica -presentada por Mascagni en la procesión pascual espectacularmente resuelta tanto desde lo teatral como desde el pentagrama- y prácticas precapitalistas como la venganza y el duelo, que llevan al desenlace trágico de la ópera.

Al tiempo que el norte ingresaba en la “era del capital”, el sur se anclaba en lo que siempre había sido, aunque tal vez más agravado por efecto de un contraste cada vez menos ocultable"

I Pagliacci, por su parte, sitúa la escena en un pueblo de Calabria, también en el contexto de una celebración religiosa, aunque con una trama mucho más cruzada por la violencia en manos de personajes que se hallan en el límite de la marginalidad. Desde luego, no puede afirmarse que se trate de dramas políticos, pero sí como creaciones que son expresiones de una época: de un capitalismo que cada vez más expandido, dividía al mundo, pero también a los países que tardíamente lo abrazaron, en zonas de marcados e irreconciliables contrastes. 

Esos contrastes que el socialismo -en sus más diversas vertientes- ya venía denunciando pero, también, la Iglesia comenzaba a manifestarse preocupada por la “cuestión social” y a llamar la atención sobre los efectos de las profundas transformaciones que el mundo estaba sufiriendo. Allí está la encíclica Rerum Novarum como testimonio, promulgada por León XIII, en 1891. Fue un año antes que el estreno de I Pagliacci. Y uno, después de Cavalleria.

Una vez más con Hobsbawn: “… la vida cultural e intelectual del período muestra una curiosa conciencia de ese modelo, de la muerte inminente de un mundo y la necesidad de otro nuevo”, por eso, “…tal vez nada ilustra mejor que la historia del arte entre 1870 y 1914 la crisis de identidad que experimentó la sociedad burguesa en ese período” (La era del imperio, 1875-1914). 

En definitiva, para el escándalo que suscitó el estreno de La consagración de Primavera de Igor Stravisnky, no faltaba tanto. Casi tan poco como para el estallido de la Primera Guerra Mundial.