Soberanía nacional: las divergencias entre Argentina y Canadá
A fines del siglo XIX ambos países tenían similares niveles de ingresos, recursos, producción de commodities de exportación y mano de obra. Sin embargo, “hoy Canadá tiene un ingreso per cápita cuatro veces mayor al de Argentina”, recuerda el autor. Y no acepta la entromisión de EE.UU en sus políticas.
En los estudios de historia económica comparada, varios trabajos se ocupan de la divergencia entre las trayectorias económicas de Canadá y de Argentina. Este interés se justifica porque, hacia finales del siglo XIX e inicios del XX, ambos países registraban similares niveles de ingresos y dotaciones de recursos (abundancia de tierras, producción de commodities de exportación, recepción de mano de obra inmigrante, etc.). Sin embargo, hoy en día Canadá tiene un ingreso per cápita cuatro veces mayor al de Argentina, además de superarlo en casi todos los indicadores económicos y sociales.
Buscando las causas de esta divergencia, y en términos generales, suele enfatizarse las supuestas políticas económicas más liberales de Canadá frente a las más proteccionistas de Argentina en el último siglo. También, la mayor integración de Canadá con EEUU, su mayor estabilidad política, economía más abierta y exportadora, etc.
En todo caso, dada esta preocupación histórica, llama la atención lo poco que se ha difundido las actuales divergencias de política pública de los gobiernos de ambos países frente al gobierno norteamericano de Donald Trump. Más aún, dada la reciente puesta en escena del gobierno argentino en pos del ejercicio de la soberanía nacional en relación con empresas extranjeras que buscan operar en la zona de las islas Malvinas y bajo los auspicios de EEUU.
A esto se suma otro dato que analicé en otros artículos en este diario, el gobierno argentino muestra una suerte de sumisión colonial con el gobierno de EEUU. De hecho, los anuncios en relación con Malvinas se conjugan con un aparente apoyo del presidente Trump en otra movida de sus intentos por desestabilizar a los países europeos que no se suman a sus demandas expansionistas, bélicas y económicas.
En esa línea, hace tiempo que el gobierno de Trump viene presionando al canadiense con demandas para convertir a este país en “el Estado N° 51 de la Unión”. Frente a esto, el gobierno canadiense, presidido por el primer ministro Mark Carney, respondió de forma enérgica.
Para ilustrar esta respuesta, basta el emblemático discurso de Carney el 22 de agosto pasado durante una rueda de prensa en Ottawa, convocada poco después del regreso de los negociadores canadienses de Washington y de la entrada en vigor de los aranceles estadounidenses del 50% contra el país vecino.
De inicio, cabe señalar que el primer ministro canadienseno puede ser tildado de un político de izquierdas, término con el cual el gobierno argentinotrata de descalificar cualquier política que emule sus andanzas. Carney es economista, fue gobernador del Banco de Inglaterra y presidente del Consejo de Estabilidad Financiera del G20.
Su carrera profesional la empezó en Goldman Sachs, trabajando por trece años en diversas sedes. Sus estudios de gradolos finalizó en Harvard y los de posgraduado en Oxford con una tesis titulada The Dynamic Advantage of Competition.
En síntesis, se trata de alguien que no puede tildarse como contrario a la economía de libre mercado y competitiva. Sin embargo, esto no le impide tomar posiciones en defensa del país cuyo gobierno preside desde el 14 de marzo de 2025.
En su pública explicación frente a la prensa del fracaso de las negociaciones con el gobierno estadounidense, Carney denuncia que las exigencias estadounidenses no eran coherentes con la relación entre dos Estados independientes.
Entre otras, señaló que la administración Trump pretendía supervisar los acuerdos que Canadá firme con terceros países, el desmantelamiento total del sistema de oferta láctea consagrado en la legislación canadiense, la modificación de la normativa lingüística en Quebec, la armonización automática de los aranceles canadienses con la política comercial de Washington e incluso el control estadounidense de la explotación de minerales críticos y del gasto en materia de defensa.
Como bien lo indicó Carney, estas exigencias no se corresponden con un acuerdo comercial sino pretenden establecer una tutela colonial de EEUU sobre Canadá en casi todos los ámbitos: economía, cultura, lengua, recursos y defensa.
Carney rechaza estas exigencias y hace un llamado a la unidad nacional con una expresión cara a la historia del país que se origina en la llamada Revolución Tranquila de Quebec: “En Canadá, somos dueños de nuestra casa, de un océano a otro”. Esta expresión es también una defensa de la lengua francesa que ataca el gobierno de Trump; de hecho, Carney utilizó varias veces el francés en su discurso.
En su presentación, Carney repasa la historia de las relaciones bilaterales para explicar que las exigencias estadounidenses son un cambio brusco con la historia mutua y una violación de los compromisos asumidos en el acuerdo del T-MEC. Luego de enumerar las diversas excusas esgrimidas por Trump para justificar esto, indica que los nuevos aranceles impuestos por Estados Unidos tienen como objetivo perjudicar a la economía canadiense y sembrar la división entre los distintos grupos que conviven en su país.
En respuesta, señala que, si bien “Canadá no puede controlar la tormenta que sopla de Washington, si puede trazar un nuevo rumbo de forma soberana”. Con claridad sentencia: “no podemos aceptar lo que nos han ofrecido y nos negamos a conceder lo que han pedido”.
Con cifras contundentes Carney niega el argumento de Trump, quien ensayó su enojo porque Canadá pretendía “disfrutar de las ventajas de ser un Estado sin serlo” y que el déficit comercial de EEUU con Canadá constituía una “estafa”.
Carney responde con datos de la relación económica entre ambos países. Canadá provee a EEUU el 99% de su gas natural, el 85% de sus importaciones de electricidad y el 60% de sus importaciones de crudo. La balanza comercial global entre Estados Unidos y Canadá, que incluye numerosos servicios, presenta un superávit comercial constante de EEUU, al tiempo que Canadá es el principal cliente de los fabricantes de automóviles y de productos siderúrgicos estadounidenses.
Sustentado en estos datos y argumentos, el gobierno de Canadá anunció que, frente a los aranceles norteamericanos, va a aplicar sus propios aranceles y todas las medidas que sean necesarias para proteger “a los trabajadores, los agricultores, las familias y las empresas de Canadá”. Entre otras cosas se piensa diversificar las relaciones comerciales con el extranjero, señalando que en el último año Canadá firmó acuerdos con países de todos los continentes.
Mientras convoca a las provincias, a las empresas y a toda la ciudadanía a “elegir Canadá”, Carney enumera una batería de medidas para lograrlo. Estas medidas incluyen un programa de inversiones, programas sociales y de viviendas, fortalecimiento de comunidades locales, nuevos hospitales, nuevos centros comunitarios y nuevas líneas de transporte público, etc.
También proyectos para ampliar la red eléctrica con la convicción que “controlar nuestra energía es controlar nuestro destino”. A esto suma inversiones en astilleros, industria aeroespacial y capacidades cibernéticas.
Para sustentar esta opción política, Carney recuerda que Canadá está creando empleo a un ritmo cuatro veces superior al de EEUU y que las exportaciones fuera de EEUU han aumentado y se prevé que se dupliquen durante la próxima década. La inversión extranjera directa en Canadá ha alcanzado su nivel más alto en dos décadas. Y también que ningún país se desarrolló bajo una relación colonial.
En fin, el gobierno de Canadá responde de un modo soberano y práctico a las hostilidades del gobierno norteamericano y a su pretensión de colonizar sus recursos y su cultura. Esto lo hace con un programa que defiende la producción local, potenciando la integración nacional, diversificando su comercio y mejorando las políticas públicas para bienestar de su ciudadanía. Esta decisión se toma pese a reconocer la importancia de la larga historia de integración económica con EEUU, pero ante la necesidad de no someter su soberanía a los designios de una potencia extranjera.
Todo muy diferente al actual experimento político, económico y social que condena a la Argentina a transformarse en una colonia estadounidense mediante la entrega en condiciones preferenciales de recursos estratégicos, destrucción del sistema de educación y ciencias del país, apertura irrestricta para multinacionales en todos los sectores, desarme de políticas de protección social, etc.
A esto se suma el apoyo al gobierno de EEUU en sus aventuras bélicas, de destrucción de los organismos internacionales de cooperación y de agresión política a otros países soberanos. El resultado de todo esto está cada vez más a la vista: beneficios para una minoría (nacional y extranjera) vinculada a intereses particulares concentrados, junto con pérdidas para la mayoría de la población.
De aquí en más se podrán evaluar los resultados de políticas tan divergentes. Pero la experiencia de Canadá ya invita a reflexionar sobre cuáles son las exigencias del gobierno de EEUU a las “ayudas” recibidas por el gobierno argentino (no por la sociedad argentina). Parafraseando al ministro canadiense, el presidente argentino podría afirmar: “no solo aceptamos lo que nos han ofrecido sino que además concedemos todo lo que nos han pedido”.
Asimismo, esta comparación sirve para evaluar las actuales bravatas del gobierno argentino que usa la causa Malvinas como forma de mostrar que está defendiendo la soberanía del país, mientras entrega el patrimonio nacional y produce un brutal ajuste fiscal y financiero que perjudica a los grupos más débiles de la población. La soberanía se defiende de modo práctico con políticas que protejan a las generaciones presentes y futuras de cada país, promoviendo la integración igualitaria con otros países soberanos.
Todo indica que las movidas del gobierno argentino sobre Malvinas están alineadas con los intereses del gobierno norteamericano. Por si fuera poco traen los peores recuerdos del fin de una horrenda dictadura que utilizó la misma causa para buscar sostenerse en el poder, sacrificando vidas y dejando al país en una situación de mayor debilidad internacional. Con las políticas de este gobierno, en Argentina “no somos dueños de nuestra casa”, ni de la cordillera al océano, ni tampoco en Malvinas.
*Economista (Universidad Nacional del Litoral), master en estudios económicos latinoamericanos en Universidad de Pittsburgh (EEUU), director del Centro Interdisciplinario para el estudio de políticas públicas; autor de "Políticas Públicas y Democracia en Argentina. Crónicas de un País que no Aprende", entre otras obras
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