Tragedia argentina: mendacidad y contumacia
Pareciera que la palabra reconciliación, imprescindible para la concordia, continúa ausente en nuestro léxico.
El 24 de marzo se cumplirán 50 años del sexto golpe cívico-militar del siglo pasado y no fue similar a los anteriores, excepto que también recibió apoyo de sectores políticos, empresariales, sindicales, mediáticos y religiosos. Con él se inició el más funesto y degradante período de nuestra historia reciente. Denominado Proceso de Reorganización Nacional (PRN), fue encabezado por una Junta Militar constituida por el general Jorge R. Videla, el almirante Emilio Massera y el brigadier Orlando Agosti.
Ante un incalificable terrorismo contra el Estado perpetuado por nihilistas bandas terroristas: Triple A, Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo, a las que se le atribuyen en el orden de alrededor de dos mil víctimas y cientos de atentados, el Estado, en su respuesta, instaló el terrorismo mediante un plan sistemático –clandestino y compartimentado– que marginó todo condicionamiento legal, ético, moral y religioso. Este incluía a los que los Servicios de Inteligencia calificaban de oponentes irrecuperables: políticos, obreros, estudiantes, empleados, docentes, sindicalistas, periodistas, diplomáticos, religiosos, deportistas, militares y soldados conscriptos calificados como desertores, que nunca aparecieron.
El golpe más anunciado de la historia
Fue el más anunciado de la historia. A fines de 1975 se refirió a él como inevitable hasta The New York Times. Videla, el 25 de diciembre, alertó: “La paciencia de los militares ha llegado a su límite. Recomiendo al gobierno a modificar su rumbo”. Lamentablemente, gran parte de la sociedad no advirtió que aceptar una dictadura, como un mal menor, estaba coadyuvando a la instalación de un terrorismo de Estado, de imprevisibles y atroces consecuencias. Esto se vio facilitado por la personalidad de dos de los principales actores: Videla y Massera. Videla era un hombre honrado, pero en su vida militar carente de aptitudes de mando, dubitativo, irresoluto y falto de carácter. Massera era el símbolo de la impunidad, ilegalidad y corrupción.
En el Ejército –en forma directa e indirecta– me consta el accionar de tardíos optimates que se autoproclamaron hombres que salvaron la Patria, entre otros, además de Videla: Roberto Viola, Carlos Suárez Mason, Genaro Díaz Bessone, Luciano B. Menéndez, Santiago Riveros, Albano Harguindeguy, Cristino Nicolaides, Reynaldo Bignone y Leopoldo Galtieri. Todos deslindaron su responsabilidad en sus subordinados. Los tres últimos, además, no vacilaron a humillar a los Veteranos de Guerra a su regreso al continente en 1982. Galtieri –denunciado en diez causas por violación a los derechos humanos y condenado por la guerra de Malvinas– en su sepelio en enero del 2003, el Ejército, con conocimiento del Ministerio de Defensa, lo despidió con los máximos honores militares, calificándolo de soldado ejemplar. Todos ellos, entre otros, ordenaron, apoyaron y/o consintieron crímenes que agraviaron a la sociedad argentina y a la humanidad, tales como: violaciones sexuales; robo de bebés, de propiedades y de cadáveres; secuestros extorsivos; tirar desde aviones vivos o muertos prisioneros al mar; torturas y miles de desapariciones forzadas que solo Dios conoce. Y organizaron centros clandestinos de detención (versión criolla de los campos de concentración nazis).
Videla era un hombre honrado, pero en su vida militar dubitativo, irresoluto y falto de carácter. Massera, símbolo de impunidad, ilegalidad y corrupción.
Al igual que los terroristas, ningún responsable se arrepintió, y no puedo obviar algunas expresiones de ellos. Suárez Mason: “Pasarán sobre mi cadáver antes de tocar a un subordinado mío por lo actuado en la lucha contra la subversión”, y huyó a los Estados Unidos. Díaz Bessone: “El golpe militar no se dio para combatir la subversión, sino para cambiar un sistema político-económico. No eran necesarias las FF.AA. Los desaparecidos no existieron, están en Europa”. Bignone: “Actuamos con la ley en la mano”, y por Decreto 2726/83 dispuso la destrucción de toda la documentación existente sobre la lucha contra la subversión, como Nicolaides ordenó en el Ejército. Menéndez: “Por los subversivos no rezo un Padre Nuestro, porque no son hijos de Dios”, fue su respuesta, en Córdoba, a un pedido que personalmente le hizo el obispo Enrique Angelelli, antes de ser asesinado. Riveros: “Contribuí a la paz y la unión nacional. No hubo desaparecidos, sino terroristas aniquilados”. Viola: “El subversivo debe ser aniquilado sin aceptar rendición”. Harguindeguy: “No me arrepiento de mis actos. Quise publicar las listas de los desaparecidos, pero Viola, Massera y Agosti me lo impidieron. Cómo voy a negar que se cometieron actos aberrantes. El Proceso durará hasta después de 1987”.
El digno general Alejandro A. Lanusse no obvió expresar: “Que el Ejército empleó procedimientos ilegales, clandestinos y deleznables, con oficiales y suboficiales en jeans, enmascarados y en vehículos robados”. Es lamentable que aún hoy algunos sectores políticos, legislativos y religiosos califiquen los crímenes citados como comprensibles excesos y manifiesten que la Nación es injusta con ellos.
Matar en nombre de Dios es una blasfemia. Es ideologizar la experiencia religiosa. El papa Juan Pablo II (Karol Wojtyla) en 1979 se refirió a ello: “No podemos olvidarnos cuando nos ponemos ante Dios del drama de las personas desaparecidas. Pidamos que se acelere la anunciada definición de las posiciones de los encarcelados y se mantenga un compromiso riguroso de tutelar la observancia de las leyes, el respeto a la persona física y moral, incluso de los culpables o indicados de delitos. Roguemos para que el Señor conforte a cuantos no tienen ya la esperanza de volver a abrazar a sus seres queridos. Compartamos plenamente su dolor” (L’Osservatore Romano, 29 y 39 oct.1979). Los represores citados, y otros, mientras gozaban del indulto presidencial (1989/2005), confesaron públicamente sus crímenes (Marie-Monique Robin, Escuadrones de la muerte. La escuela francesa, caps. 20/22).
Desde 1955 –y agudizado en los 70–, el concepto sobre banalización del mal de Hanna Arendt nos hace caer en la cuenta de que personas banales, normales y sencillas pueden convertirse en criminales. En medio siglo, parecería que la palabra reconciliación, imprescindible para la concordia, continúa ausente de nuestro léxico, y me permito recordar que en el camino hacia ella no puede obviarse la justicia, que no es venganza, pues esta tiene un riesgo y es que aumente progresivamente de lo personal a lo social y de los social a lo histórico, y hechos del pasado pasan a vivirse como contemporáneos.
* Veterano de Malvinas, exjefe del Ejército.
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