El archivo secreto de los Barreda: fotos, recuerdos y detalles poco conocidos
A 34 años del cuádruple femicidio y con el caso nuevamente en escena por el estreno de la película sobre Ricardo Barreda, fotografías y publicaciones de la época permiten recuperar detalles pocos difundidos de Gladys Mac Donald, Cecilia y Adriana Barreda y Elena Arreche. Los amigos que las despidieron, el prometido de una de las hijas y dónde se encuentran los restos.
Hay imágenes en blanco y negro, nombres que se repiten en los avisos fúnebres, amigos, compañeros de trabajo y familiares que dejaron por escrito su despedida a las cuatro víctimas. Son pequeñas piezas de un archivo disperso que, más de tres décadas después, permiten analizar uno de los hechos criminales más impactantes de la historia desde un lugar diferente al que ocupó todos estos años.
El estreno de la película en Amazon Prime volvió a poner en primer plano lo que pasó en la casona de la calle 48 de la ciudad de La Plata, un domingo 15 de noviembre de 1992. Es que detrás de una historia revisitada una y otra vez quedaron también los rastros personales de Gladys Elena Mac Donald, sus hijas Cecilia y Adriana Barreda y su madre, Elena Arreche.
Los registros reunidos en Find a Grave, una plataforma que funciona como una suerte de cementerio virtual, conservan fotografías, datos familiares y, sobre todo, avisos fúnebres publicados después del crimen. Esos textos, algunos firmados por grupos enteros de amigos, permiten reconstruir una dimensión menos conocida de las cuatro víctimas: la gente que formaba parte de sus vidas antes de que sus nombres quedaran asociados para siempre al caso Barreda.
Los diarios de aquellos días reflejaron la conmoción que provocaron los asesinatos. El 18 de noviembre de 1992, tres días después del crimen, El Día publicó una serie de participaciones fúnebres dedicadas a las cuatro mujeres.
En una de ellas aparecían juntas Elena Arreche de Mac Donald, Gladys Elena Mac Donald, Cecilia Barreda y Adriana Barreda. El aviso estaba firmado por las hermanas de Elena, Luisa Arreche de Fernández y Graciana Arreche de Julián, además de sobrinos, primos y otros integrantes de la familia. Allí se informaba que los restos habían sido inhumados el día anterior en el cementerio local.
Pero no fueron únicamente los familiares quienes las despidieron. Otro aviso reunió una extensa lista de amigos: Helena, Alejandra, Mariana y Carolina Peralta Calvo; Silvia Díaz de la Sota; María Laura D’Gregorio; Ana María y Fernando Gianserra; Marcela Spinedi; Cecilia Rodríguez; Josefina y Juliana González Varela, entre muchos otros.
En ninguno de los avisos publicados aparece el nombre de Ricardo Barreda. No hay nadie que manifieste “acompañarlo en el dolor”.
Leídos 34 años después, aquellos nombres aportan algo que las reconstrucciones policiales y judiciales difícilmente pueden mostrar: la red de relaciones que rodeaba a una familia que, en cuestión de horas, había desaparecido casi por completo.
Gladys, “Beba”, y sus amigas. Gladys Elena Margarita Mac Donald era la esposa del múltiple homicida. Había nacido el 17 de octubre de 1935 en el partido bonaerense de General Paz. Tenía 57 años cuando fue asesinada. En los registros familiares aparece también con un nombre mucho más íntimo: “Beba”.
Era hija de Enrique McDonald y Elena Arreche. Su padre había nacido en 1907 en Ranchos y muerto en La Plata en 1955, cuando todavía no había cumplido los 50 años. Sus restos fueron sepultados en el cementerio de Ranchos.
Entre los avisos publicados después de la masacre aparece uno dedicado exclusivamente a Gladys. María Elena Lucra de Peralta Calvo, María Laura Ferrari de Pellegrinetti, Alicia Lombardi y Silvia de la Sota se presentaron allí como sus amigas y pidieron una oración en su memoria.
Es apenas una línea entre decenas de participaciones fúnebres. Pero también es uno de esos registros que permiten sacar por un instante a Gladys del lugar en el que quedó fijada por el expediente –“la esposa de Barreda”– y devolverla a otro mucho más cotidiano: el de una mujer con amigas que, dos días después de su asesinato, publicaron una despedida con su nombre.
Un aviso de sus compañeros. Cecilia era la mayor de las dos hijas de la pareja. Había nacido en 1966, tenía 26 años y era odontóloga. Entre los documentos de aquellos días aparece un dato particular sobre su actividad. La Asociación de Agentes de Propaganda Médica publicó una participación propia para despedirla y la recordó como una de sus colaboradoras.
El aviso permite sumar una pieza a su historia por fuera de la casa de la calle 48 y de las innumerables reconstrucciones posteriores del crimen: Cecilia tenía un ámbito laboral y personas que la conocían allí y decidieron despedirla públicamente.
Su nombre también aparece, junto al de su hermana, su madre y su abuela, en los avisos colectivos publicados por amigos y familiares.
Adriana y su prometido. Adriana era la menor. Había nacido el 31 de enero de 1968 en La Plata y tenía 24 años cuando fue asesinada.
La película rescata una etapa clave de su vida: estaba próxima a casarse. Y los avisos lo confirman. Uno de ellos está firmado por Alejandro Rosa, identificado expresamente como su prometido. En la misma despedida aparecen Gladys B. de Rosa y Omar A. Rosa como sus “futuros padres políticos”, Gabriela Rosa como su futura hermana política y Matías, Anabella y Federico como sobrinos “en el afecto”.
El documento no permite afirmar cuánto faltaba para el eventual casamiento ni si existían preparativos concretos, pero sí deja constancia de que la relación había alcanzado el compromiso y de que ambas familias reconocían ese vínculo.
María Carolina Fraomeni y Claudia Graciela Detlefsen publicaron una participación con su nombre. Otro grupo de amigos eligió una fórmula mucho más cercana e informal: Carola, Pablo, Julia y Julio, Rosana y Raúl, Laura y Néstor, Gaby y Beto, Stella y Daniel, Vicky y Emilio y Cacho.
“Ababa”. Elena Arreche era la mayor de las cuatro mujeres. Había nacido el 20 de mayo de 1906 en Chascomús y tenía 86 años. En el registro familiar aparece con otro de esos datos íntimos que difícilmente formen parte de un expediente judicial: su apodo era “Ababa”.
Su historia familiar permite retroceder incluso hasta el siglo XIX. Su padre, Lázaro Alejandro Arreche, había nacido el 13 de mayo de 1873 en Irún, Guipúzcoa, en el País Vasco español, y murió en La Plata en 1940. También fue sepultado en el cementerio platense.
Elena estuvo casada con Enrique McDonald, padre de Gladys. Él murió en 1955. Treinta y siete años después, madre e hija morirían juntas en la casa de la calle 48.
Dos bóvedas. El destino de los restos de las víctimas también quedó rodeado con los años por versiones que no siempre fueron precisas.
Los avisos publicados inmediatamente después del crimen señalaban que las cuatro mujeres habían sido inhumadas en el cementerio local, es decir, en el Cementerio de La Plata.
PERFIL pudo establecer además que, contrariamente a algunas versiones que ubicaron posteriormente sus restos en un osario, Gladys Mac Donald, Cecilia y Adriana Barreda y Elena Arreche continúan en el cementerio platense y descansan en dos bóvedas familiares.
Una corresponde a la familia de Gladys. La otra, a la familia Barreda..
“Arrepentido de mis pecados cometidos”
L.N.
Ricardo Barreda tuvo un destino diferente al de las cuatro mujeres que asesinó. Murió el 25 de mayo de 2020, a los 84 años, en un geriátrico de la localidad bonaerense de José C. Paz, donde atravesaba los últimos años de su vida.
Para entonces habían pasado casi tres décadas del cuádruple femicidio cometido en la casa de la calle 48 entre 11 y 12 de La Plata. Condenado a prisión perpetua en 1995, Barreda había recuperado progresivamente la libertad después de pasar buena parte de esos años detenido.
Tras su muerte, sus restos fueron sepultados en el Cementerio Municipal de José C. Paz, lejos del Cementerio de La Plata donde descansan Gladys Mac Donald, Cecilia y Adriana Barreda y Elena Arreche.
Barreda había expresado su deseo de ser cremado y que sus cenizas fueran esparcidas en la cancha de Estudiantes de La Plata, el club del que era hincha. Sin embargo, su biógrafo Pablo Marti Krenz, que lo acompañó en sus últimas horas, le dijo que no era una buena idea.
Hoy, la tumba del múltiple homicida tiene además una particularidad. En la lápida quedó grabado un breve epitafio que funciona como una última declaración atribuida al odontólogo: “Arrepentido de mis pecados cometidos”.
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