“Si lo contás, te mato”: el secreto que reveló Suárez Mason, el general más sanguinario de la dictadura
El periodista Gustavo Sammartino declaró ante la Justicia tras publicar un libro en el que reconstruye sus encuentros con el represor. Nuevas pistas en la investigación por la apropiación de bebés durante los ‘70.
A Gustavo Sammartino hay un pensamiento que lo atormenta desde hace décadas: la sospecha de conocer cuál fue el destino de un bebé apropiado durante la dictadura. No se enteró por terceros: se lo dijo Guillermo “Pajarito” Suárez Mason, uno de los cerebros del aparato represivo. Y no fue una confesión. Al genocida se le escapó el dato en una de las tantas reuniones que mantuvo con el periodista entre 1999 y 2003. Ya habían entrado en confianza y se relajó. Cuando el militar advirtió su torpeza, se produjo una discusión y le advirtió: “Si lo contás, te mato”.
La amenaza se convirtió en el título del libro que Sammartino terminó de escribir más de veinte años después. “Si lo contás, te mato” (Editorial Planeta) se publicó en febrero y, el 31 de marzo, el juez federal Daniel Rafecas lo llamó a declarar como testigo. “Aporté datos, indicios y nombres. Fue mi tortura todo este tiempo. No podía ir a la casa de una persona a decirle algo así. No tengo la certeza, pero sí sé lo que el tipo me dijo y cómo me lo dijo. Ahora, confío en que la Justicia actúe”, contó el periodista a PERFIL.
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Rafecas escuchó a Sammartino durante tres horas y media. Dos semanas después, el 13 de abril, ordenó allanar la vivienda donde vivió Suárez Mason hasta su muerte, en 2005. El juez considera que todavía es posible encontrar allí documentación y archivos vinculados al Primer Cuerpo del Ejército, comandado por el genocida entre 1975 y 1979.
Suárez Mason fue apodado “El carnicero del Olimpo”, en referencia a uno de los centros clandestinos de detención del cual fue su principal responsable. Sammartino, que lo describe como “el general más sanguinario de la dictadura”, lo conoció como pocos.
El primer contacto con el represor
En enero de 1999, la comisión directiva de Argentino Juniors decidió, por unanimidad, expulsar a Suárez Mason como socio activo del club y le retiró los cargos honoríficos. La noticia llegó a todos los medios luego de décadas de perfil bajo. Sammartino era un joven productor que acababa de empezar a trabajar en Radio Mitre y le dieron una tarea: conseguir una entrevista con el militar para el programa de Néstor Ibarra.
Sammartino sabía quién era Suárez Mason. Había sido uno de los pesos pesados de la dictadura que esquivó el Juicio a las Juntas por haberse fugado a Estados Unidos. Vivió en Miami hasta 1988, cuando fue detenido por Interpol y extraditado a la Argentina para ser juzgado. Pasó unos meses preso hasta que fue indultado por Carlos Menem. Desde entonces, hubo pocas novedades del genocida hasta la expulsión del club.
La entrevista fue fácil: Sammartino encontró a la esposa de Suárez Mason en la guía de teléfono, llamó y obtuvo un sí rápido. “Néstor le habló de fútbol y hacia el final del reportaje le mencionó el tema del robo de bebés. Él no lo negó y sugirió tener documentos de las instrucciones que había recibido”, recuerda Sammartino.
Cuando la nota salió al aire, generó un enorme revuelo y desde el medio le pidieron más al joven periodista: ahora tenía que conseguir esos documentos. Nervioso, volvió a comunicarse con Suárez Mason, y concretó un primer encuentro a solas, y sin cámaras, en el Palacio Balcarce.
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Aquella reunión comenzó con tensión, cuando el custodio del militar intentó revisar al periodista. Con el correr de los minutos, los interlocutores se fueron relajando. Sammartino apeló a todas sus habilidades sociales y periodísticas para mantener la conversación y buscó los puntos en común: le gustaba el fútbol tanto como a Suarez Mason, conocía el lenguaje militar porque había hecho el Liceo y compartían la misma fe católica.
“Al final de la charla le hablé de los documentos y me dijo que los tenía en Estados Unidos”, cuenta Sammartino. El joven no consiguió lo que buscaba, pero regresó a su casa con una certeza: había generado un vínculo con un personaje de la historia reciente, con alguien que debía ser contado.
La construcción de un vínculo
Sammartino entonces estudiaba Cine y, hasta ese momento, todo había sido fortuito: que le pidieran la nota, encontrar el número de teléfono y concretar el primer encuentro. Le resultó sorprendente que ese hombre, capaz de cometer los crímenes más terribles, fuera así de accesible y decidió afianzar el vínculo. El objetivo, a futuro, era hacer un documental.
“Él se enganchó y la relación fluyó. Cada tanto lo llamaba y empezamos a concretar encuentros en su casa”, cuenta. Por ese entonces, Argentina estaba cambiando: los escraches de la agrupación Hijos eran cada vez más multitudinarios y, en uno de los tantos vaivenes judiciales, el juez federal Adolfo Bagnasco ordenó la detención de Suárez Mason en el marco de una investigación por apropiación de bebés.
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En ese contexto sucedieron los encuentros con Sammartino. “Estaba con prisión domiciliaria y creo que su gran preocupación era reivindicar su apellido. Yo le hablé del documental y él tenía en mente un libro”, relata el periodista.
Suárez Mason puso una serie de reglas, como que las reuniones debían durar 40 minutos y que, si moría, nadie podía corregir sus dichos, ni siquiera su esposa o un camarada. “La última condición, jugando pero también chicaneando, era que yo iba a poder publicar cuando él cumpliera 100 años”, cuenta el periodista.
La búsqueda periodística se transformó cuando el 24 de marzo de 2000 Sammartino y su pareja perdieron a su sexta hija. Estaba atravesado por el dolor mientras que profundizaba su relación con un hombre acusado de robar bebés. Se juntaban, hablaban de fútbol, merendaban y el genocida llegó a cocinarle tortitas inglesas. Más de una vez, cuando la esposa del militar tenía que hacer trámites, el joven se quedó a cuidar al hombre, que padecía problemas cardíacos.
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“Si me preguntás cuál fue mi motor, te digo que fue psicológico por lo de la beba. Me metí a fondo en el tema para agarrarme de algo que me ayude a salir del pozo”, dice Sammartino. Los encuentros se extendieron durante cuatro años. El periodista logró conocer los tiempos del genocida: sabía cuándo preguntar, cuándo callar y cuándo era momento de provocar.
Suárez Mason comenzó a estar cada vez más deprimido y en 2003, en una de las tantas charlas, por fin dijo algo más. “Se le escapó. Me dijo que había colaborado para que un bebé llegue a estar con el hermano de un sacerdote amigo”, recuerda el periodista. Sammartino reaccionó y lo increpó: “Usted robó un bebé”.
Consciente de que había cometido una torpeza, Suárez Mason intentó salir de la situación con un juego de palabras. “Si querés que te diga que robé, sí, robé un bebé para Dios”, retrucó. La respuesta solo agitó los ánimos y se produjo una discusión. Sammartino tomó sus cosas y se fue. Antes de salir de la propiedad, a los gritos, el militar lo amenazó: “Si lo contás, te mato”.
Las confesiones de Suárez Mason
Después de aquella discusión, Sammartino regresó a la casa tres o cuatro veces más, pero el vínculo nunca volvió a ser el mismo. En las charlas hubo insinuaciones de abogados hasta que el periodista decidió desaparecer.
Sammartino continuó con su vida, pero retomaba esta historia con frecuencia. Sabía quién era el “sacerdote amigo” del que había hablado Suárez Mason y podía imaginarse quién era la persona que había crecido con una identidad falsa.
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En 2024, Suárez Mason hubiera cumplido 100 años y entonces Sammartino decidió que era el momento de escribir un libro. Uno de los cuatro hijos del genocida, que se llama exactamente igual que su padre, Carlos Guillermo Suárez Mason, cumple una condena por delitos de lesa humanidad. El periodista solicitó permiso al Servicio Penitenciario y lo visitó para contarle que iba a publicar.
El encuentro en la cárcel duró más de tres horas. Cuando salió, llamó por teléfono a la casa del militar fallecido, donde todavía vive su viuda y una de sus hijas. Tuvo el impulso de visitar la vivienda una vez más, pero su esposa le recomendó no hacerlo. “Tenía que cortar esta historia. Volver ya era un morbo distinto”, reconoce.
La publicación de “Si lo contás, te mato” generó un torbellino. Desde entonces, Sammartino volvió a recibir mensajes de todo tipo: amenazas e insinuaciones de abogados, pero también nuevos datos. “Me llamaron soldados que estuvieron bajo las órdenes de Suárez Mason y también el nieto de un jefe de Inteligencia del Ejército que me dio a entender que tiene documentos. Los peces gordos ya están muy viejos, enfermos o muertos, pero hay una nueva generación que todavía puede aportar información o que tiene la inquietud de dar a conocer su testimonio”, cuenta el periodista.
GL/fl
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