"El pedacito de París"

Confitería del Molino: el edificio que cumple 110 años y sigue siendo el gran símbolo de la Belle Époque en Buenos Aires

Inaugurada el 9 de julio de 1916 por el Centenario de la Independencia, la joya Art Nouveau ideada por Francesco Gianotti sobrevivió al abandono y se prepara para recuperar su esplendor comercial.

Confitería del Molino Foto: CeDoc

Hay esquinas que son auténticos escenarios donde se ha filmado la historia viva de la Argentina. La intersección de las avenidas Rivadavia y Callao, justo en el corazón palpitante del centro porteño y con la cúpula del Congreso Nacional como testigo, custodia uno de los mayores tesoros del patrimonio nacional: la Confitería del Molino.

Este 9 de julio, el edificio celebra 110 años desde su inauguración oficial en 1916. Desde entonces domina la emblemática esquina con la misma elegancia con la que alguna vez recibió presidentes, legisladores, escritores, artistas, músicos y vecinos que encontraban allí un modo de habitar Buenos Aires.

 

Frente al Congreso, la Confitería del Molino domina desde hace 110 años una de las esquinas más emblemáticas de Buenos Aires

 

Hoy, aunque todavía no volvió a funcionar como confitería, el Molino atraviesa la etapa más luminosa de una recuperación que parecía imposible hace apenas una década. Su fachada volvió a brillar, la emblemática cúpula recuperó los vitrales y las aspas que le dieron nombre al edificio giran nuevamente sobre el cielo porteño.

Mientras avanza el proceso para una futura concesión gastronómica, el edificio volvió a abrir sus puertas al público a través de las visitas guiadas gratuitas que permiten recorrer una de las joyas arquitectónicas más emblemáticas del patrimonio argentino.

Mediante la Experiencia Molino, un equipo interdisciplinario de especialistas acompaña a los visitantes por los salones restaurados, reconstruyendo la historia, la arquitectura y los detalles de esta obra cumbre del Art Nouveau porteño. Los recorridos son gratuitos, cuentan con cupos limitados por razones de conservación y requieren inscripción previa a través del sitio oficial, donde las vacantes se habilitan todos los viernes a las 12.

 

La historia de la Confitería del Molino 

A fines del siglo XIX, los maestros pasteleros italianos Constantino Rossi y Cayetano Brenna eran propietarios de la Confitería del Centro, ubicada sobre la actual intersección de Rivadavia y Rodríguez Peña. Con la instalación del histórico Molino a Vapor de Lorea, el primero de su tipo en Buenos Aires, el establecimiento adoptó el nombre de Antigua Confitería del Molino, en homenaje a ese emblema de la Ciudad de Buenos Aires.

Las visitas guiadas ofrecen un recorrido por los espacios recuperados y revelan el trabajo de restauración

El crecimiento del negocio llevó a Rossi y Brenna a dar un paso más. En 1904 adquirieron la estratégica esquina de Callao y Rivadavia y, en los años siguientes, incorporaron las propiedades linderas con la idea de levantar un edificio que estuviera a la altura de una Buenos Aires en plena expansión.

"No era un edificio que mirara al pasado. Del Molino fue un edificio de vanguardia absoluta para su tiempo". Horacio Spinetto

Para concretar ese proyecto convocaron al arquitecto italiano Francesco Gianotti, autor también de la Galería Güemes, quien diseñó una obra de vanguardia que se reinauguró el 9 de julio de 1916 y terminaría convirtiéndose en uno de los máximos exponentes del Art Nouveau argentino.

"Del Molino fue un edificio de vanguardia absoluta para su tiempo", explica el arquitecto, historiador urbano y autor de Cafés Notables de Buenos Aires, Horacio Spinetto.

"Se construyó en ese estilo Art Nouveau que era la vanguardia en Europa en 1916, al mismo nivel que lo que hacía Héctor Guimard en París o Antoni Gaudí en Barcelona. No era un anacronismo afrancesado, sino un edificio contemporáneo y moderno", remarca el especialista.

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A diferencia de la arquitectura academicista que predominaba en la Ciudad de Buenos Aires, Gianotti apostó por un lenguaje completamente contemporáneo para la época y no escatimó en detalles ni recursos. Mandó a importar de Italia el mármol de Carrara, las majestuosas arañas florentinas, las cerámicas con aplicaciones de oro para la mansarda, los bronces cincelados a mano y más de 170 metros cuadrados de vitraux terminaron de construir un edificio que todavía hoy conserva una identidad inconfundible.

La recuperación del edificio incluyó la restauración de la fachada, la cúpula, los vitrales y cientos de piezas originales del patrimonio

 

Además, para la estructura se utilizó un material revolucionario para la arquitectura porteña de principios del siglo XX: el hormigón armado, ejecutado por la firma alemana GEOPÉ.

Mucho más que una confitería: conspiraciones, banquetes y el postre de Gardel

Frente al Congreso Nacional, la confitería terminó convirtiéndose en una extensión informal de la vida política argentina. La llamaban "la Tercera Cámara". Diputados y senadores cruzaban la avenida para continuar discusiones legislativas. Por sus mesas pasaron presidentes como Marcelo T. de Alvear, Agustín P. Justo y Juan Domingo Perón, junto a diplomáticos de todo el mundo. El dirigente socialista Alfredo Palacios era un habitué infaltable. 

Autores de la talla de Roberto Arlt, Oliverio Girondo, José Ingenieros y el poeta mexicano Amado Nervo usaron sus mármoles para escribir o debatir.

"Del Molino está completamente compenetrado con el espíritu porteño. No solamente por la excelencia de su gastronomía sino por la cantidad de personajes que lo frecuentaron y por el lugar que ocupa en la memoria colectiva", resume Spinetto.

La música y el cine también dejaron su huella en la historia del Molino. Uno de sus clásicos más recordados fue el postre Leguisamo, creado a pedido de Carlos Gardel.

Habitual cliente de la confitería, el cantor le pidió a Cayetano Brenna una receta especial para homenajear a su amigo, el célebre jockey Irineo Leguisamo. Así nació un postre que se convirtió en emblema de la casa: una combinación de bizcochuelo, hojaldre, merengue, marrón glacé y crema imperial de almendras.

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El Imperial Ruso. En 1917, mientras la Revolución Rusa ponía fin a la dinastía Romanov, Cayetano Brenna creó un nuevo postre inspirado en ese acontecimiento histórico. Elaborado a base de merengue y crema, el Imperial Ruso trascendió rápidamente las fronteras y, con el paso de los años, llegó a conocerse en Europa como "el postre argentino". Su presentación incluía una recomendación tan curiosa como célebre: "Córtelo con un cuchillo caliente para que no se desmorone".

Del tango a Hollywood. La Confitería del Molino también fue escenario de algunas de las páginas más recordadas de la cultura popular. En sus salones, José María Contursi y Mariano Mores encontraron la inspiración para el tango Gricel, nacido del reencuentro del poeta con el gran amor de su vida, más de dos décadas después de su separación.

Años más tarde, en 1996, el edificio volvió a convertirse en escenario internacional cuando Madonna alquiló el primer piso durante el rodaje de Evita para filmar allí el videoclip de Love Don't Live Here Anymore.

 

De las llamas de 1930 al rescate

Durante el golpe de Estado que derrocó a Hipólito Yrigoyen en septiembre de 1930, la esquina fue escenario de un tiroteo y  un posterior incendio que obligó a cerrar sus puertas durante casi un año. Tras la muerte de Cayetano Brenna en 1938 la confitería cambió de manos en varias oportunidades e intentó adaptarse a los nuevos tiempos.

"Hay fotografías impresionantes de ese momento. La esquina del Congreso fue escenario de un combate muy fuerte. El Molino también fue testigo de la historia política argentina", recuerda Spinetto.

Con el correr de las décadas pasó por distintos propietarios y resistió varias crisis económicas, hasta que el 23 de febrero de 1997 cerró definitivamente sus puertas. Paradójicamente, ese mismo año fue declarada Monumento Histórico Nacional.

Una postal histórica de la Confitería del Molino con el nombre de Cayetano Brenna, el visionario pastelero italiano

Luego, a pesar de haber sido declarada Patrimonio por la UNESCO en el año 2000, la estructura cayó en un abandono progresivo de más de dos décadas, sufriendo vandalismo e intrusiones. La protección legal evitó su demolición, pero no alcanzó para impedir el deterioro. 

En 2014, el Congreso de la Nación expropió el inmueble mediante la Ley 27.009 y lo incorporó a su patrimonio. A partir de entonces, la Comisión Administradora del Edificio del Molino impulsó el Plan Integral de Restauración (RIEM), que dio inicio al proceso de recuperación.

Los trabajos permitieron recuperar la azotea, restaurar la torre, reconstruir los leones alados mediante modelado 3D, devolver el brillo a las cerámicas y reinstalar los ocho enormes vitrales de la cúpula, compuestos por más de cinco mil teselas de veinticinco tonalidades distintas.

"Es uno de los edificios que posee todas las protecciones patrimoniales posibles. Forma parte indivisible del paisaje urbano y de la memoria colectiva de los porteños. Uno no puede pensar en la esquina de Rivadavia y Callao sin la presencia del Molino", concluye Spinetto.