Respaldo del Papa Francisco

"Santa" Margarita podría ser la primera santa discapacitada del mundo y es argentina

Con su pie izquierdo, escribió las memorias de su lucha contra el ELA, desde los 20 años. Devota desde la primera hora, sentía que Dios la había elegido. Al morir, comenzaron a suceder varios milagros. ¿Lo más sorprendente? No es la fe sino la ciencia quien encabeza la solicitud de beatificación.

Margarita Lalor Cavanagh Foto: Cedoc

“Se puede”, escribió Margarita Lalor Cavanagh para la primera edición de su libro, en 1998, y se lo dedicó a “Patita”, su madre, que le había demostrado que se podía ser feliz. La segunda, fue en 2005 y repitió el mismo título. Estaba convencida.

Su experiencia personal tuvo bastante de martirio, pero sentía el imperioso deber de dejarnos el testimonio de su aprendizaje, cueste lo que costare: sólo podía escribir con su pie izquierdo, al ritmo de 7 caracteres por minuto. Y así reconstruyó su increíble lucha por la vida, en 145 páginas arrolladoras, de esas que estrujan el corazón. Margarita tenía Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA).

Nació el 25 de julio de 1946, exactamente hace 80 años. Sin embargo, no vivió para contarlo; murió el 9 de junio de 2005. Un desenlace que en la búsqueda de los porqués, podría arrancar con este apretado resumen: cuando tenía 20, quiso sacarse del cuerpo 31 kilos en tiempo record y ese cimbronazo le quitó todo eso y mucho más: su sistema encodrinológico estaba destruido. 

Margarita Lalor Cavanagh. Una computadora adaptada al ELA le permitió escribir un libro estremecedor.

Dos meses más tarde de sentirse una libélula, lo que comenzó como torpeza en los dedos de la mano derecha fue, al día siguiente una copa de vidrio que se estrellaba contra el piso y, el tercero, la línea de largada de una carrera en la que estaba escrito que iba a perder. Un rally médico la llevó a boxes por todas las especialidades, mientras los dolores y las limitaciones crecientes desconcertaban a una familia entera. 

El segundo caso mundial de longevidad con ELA corresponde a la argentina Margarita Lalor Cavanagh"

Un día, le llegó un dictamen como burda explicación. Detrás de una puerta escuchó un diálogo que no estaba destinado a ella. La medicina ya estaba firmando su sentencia de muerte: “no llegará a Navidad”, dijo con voz patibularia uno de los médicos que la atendían. Y Margarita sintió que sobre el escenario se desplomaba el telón que la unía a la vida.

Lo que sucedió después de esa tormenta helada a mediados de 1969 debería ingresar al libro Guinness de los records: contra todos los pronósticos, sobrevivió 36 años más. Su caso fue excepcional.

La esperanza de vida convencional que aguarda a los pacientes con ELA es de entre 2 y 5 años. El primer puesto del ranking de los gladiadores que rompieron ese standard se lo llevó, hasta ahora, el astrofísico británico Stephen Hawking que desconcertó las estadísticas de la Alianza Internacional de Asociaciones de ELA, al sobrevivir 55 años más luego de declarada la enfermedad, en 1963. 

"Santa" Margarita, siempre bella. Le encantaba comprarse ropa, pintar, bailar; su enfermedad la limitó, pero le dio batalla y decía "soy una mujer feliz".

El segundo caso mundial, hasta hoy, corresponde a la argentina Margarita Lalor Cavanagh.

¿Y por eso le piden al Vaticano que Margarita Lalor sea declarada santa? Claro que no. Vayamos por partes.

Margarita Lalor, discapacitada

Aunque el cuerpo le fue negando cada mes y cada año alguna destreza física, no perdía las capacidades cognitivas, como sucede a todos los pacientes con Esclerosis Lateral Amiotrófica. Pero ella tuvo un enorme plus a favor, lo que hasta hoy mantiene su energía como llama viva: la paz interior y, más aun, la felicidad que todavía se derrama en milagros inexplicables para la ciencia. 

Era muy humana, cuidado, y ese acople a las circunstancias, no fue inmediato. 

"Si Dios me dio esto, el sabrá porqué"

“Sufría depresión, angustia, pánico y ataques de llanto. Mi mente perdió su dominio sobre mi cuerpo. Los acontecimientos me superaban. Moralmente destruida, sentía que mi frente tocaba el piso. Era incapaz de enfrentar un día sin miedo. ¿Pánico a qué? A caerme”, describe en sus memorias, Se puede, que tardó un año en redactar sobre una computadora adaptada.

“¡Qué distinta se ve la vida cuando sabemos que se nos acaba! (…) Tenía 22 años y no lo podía creer”, deletreó con su pie izquierdo. “Decidí no tener lástima de mí misma. Salió a relucir mi espíritu guerrero. Para hacerle honor a mis ancestros irlandeses, pelearía hasta el final. Coraje y adelante. Haría lo imposible por seguir viviendo. Tenía tantas asignaturas pendientes (como la sentimental)”. 

Salió a relucir mi espíritu guerrero. Para hacerle honor a mis ancestros irlandeses, pelearía hasta el final"

Por entonces, estaba de novia con José Yanzón. Cuando vio que su cuerpo se alejaba del mundo, Margarita quiso poner punto final a una relación que sabía habría de partir el corazón de alguno de los dos. Hasta el día en que ella murió, José siguió enviándole rosas para cada cumpleaños; vivió unos años afuera y nunca se casó con otra mujer. Quién sabe, tal vez haya amores que sean para siempre.

En 1970, cuando escribir a mano ya comenzaba a costarle, se lanzó a la llanura, sin peto y sin espaldar, a presentar su batalla. Se inscribió para estudiar traductorado público de inglés en la Facultad de Abogacía y el director le dijo: “Vuelva cuando pueda escribir”.

Se refugió en el campo de los abuelos, en Venado Tuerto, donde siempre se había escondido como un ñandú para ordenar sus pensamientos “en las horas aciagas”. “No era posible que el mundo fuese única y exclusivamente para los sanos”, se dijo la muy ingenua. 

Margarita Lalor Cavanagh, junto a Cristina Britos, su acompañante durante 22 años; "nunca la oí quejarse", cuenta, "y siempre sonreía; no le gustaba ver a los otros sufrir".

En 1972, probó ser oyente en las clases de Plástica V en Filosofía y Letras de la UBA (Av. Indpendencia 3065), en días en que los alumnos interrumpían cursos para hablar del Partido Comunista y había incidentes policiales en el hall, corridas por los pasillos, gases lacrimógenos y perros con bozal. El único miedo que sentía Margarita era el de no poder correr.

Rodolfo Puiggrós, el rector interventor, sentó en su despacho a Margarita y al único ciego de Filo y “preocupado por nuestra seguridad personal, nos sugirió que dejásemos las clases para el próximo cuatrimestre”. 

“Nunca jamás, en los 22 años que trabajé con Margarita la oí quejarse de su estado, ni decir porqué me tocó esto a mí. Al contrario, me comentaba ‘si Dios me dio esto, él sabrá porqué’”

Aplastada por otro derrumbe intelectual, quiso probar con acupuntura en el barrio de Flores. “En la segunda sesión tuve un paro respiratorio; no volví nunca más”, aclaró.

Hasta que ella, que era apolítica y pertenecía a un linaje patricio terrateniente, desembarcó en el consultorio de un psiquiatra que –sin aún saberlo- asesoraba al Ejército Revolucionario del Pueblo. Mauricio Goldberg le reemplazó con una sola pastilla toda la medicación que la intoxicaba y le dio tres consejos que la encendieron: “primero: no dejes de hablar con tu confesor; segundo, seguí estudiando en tu casa; y vení lo menos posible al consultorio”.

A partir de entonces dejó de hacerse las preguntas de Job y abrazó la vida tal como se presentaba.

“Nunca jamás, en los 22 años que trabajé con Margarita la oí quejarse de su estado, ni decir porqué me tocó esto a mí. Al contrario, me comentaba ‘si Dios me dio esto, él sabrá porqué’”, recuerda Nilda Cristina Britos, desde Rafael Calzada. 

“Ella no podía mover las piernas, ni los brazos y si la cabeza se le iba para atrás, había que volverla a su posición”, describe. Sin embargo, Cristina recuerda un episodio que la pinta de cuerpo entero.

“Un día vino a visitarla un juez de Lomas de Zamora que había leído su libro, Se puede, y quería conocerla. El también tenía ELA y estaba en silla de ruedas. Lo acompañaba su esposa. Sin que él la escuchara, se nos acercó para avisar que el marido nunca comía afuera porque, por su enfermedad, se le caía la comida de la boca y le daba vergüenza. ‘¡Ni helado puede tragar!’, advirtió. 

Margarita Lalor Cavanagh está en lista de espera para ser canonizada; si el Vaticano lo aprobara, 'Santa' Margarita sería la primera santa discapacitada del mundo, y argentina"

“En medio de la reunión Margarita pidió que compraran helado para las visitas y él desde luego no quiso comer. Entonces Margarita come su helado y lo deja caer de la boca, cosa que ella nunca hacía porque comía muy bien. Y le dice: ‘¿Ves que a mí también se me cae la comida de la boca? Pero siempre vamos a tener a alquien que esté a nuestro lado para ayudarnos. Así que comé tranquilo, ¡y no te hagas problema!’. Y él también comió. Ella era así con todos, siempre quería ayudar”, cierra Cristina.

Hasta el último día se perfumó, elegía sus aros, sus zapatos y su cartera, combinaba los colores de su ropa (siempre monocromática: toda de rosa, toda de celeste, toda de blanco), y se maquillaba como si fuera sábado, pero para ir de compras. No quería siquiera que sus sobrinos la encontraran despeinada en su propio departamento. 

Le encantaba ir a Easy, al Supermercado, a comprarse ropa; eso sobre todo, la podía la buena ropa. Jamás renunció a su tradicional reunión de los miércoles con sus amigas de toda la vida. Con ellas compartió de todo y, desde que enfermó, estudiaban economía política, filosofía y rezaban y rezaban. Ellas siguen reuniéndose para no romper la cadena de oración por Margarita.

Lo más elocuente para los que solemos quejarnos por poca cosa es que –todos coinciden- sus ojitos azules jamás resignaron una chispa de gracia. En las tinieblas, lograba incluso que la torpeza que le imponía su parálisis se convirtiera en un disparador de sus propias carcajadas en las situaciones más tragicómicas.

¿Cómo puede ser? Ella misma da una pista desde la primera página autobiográfica: “La religión ha sido y es lo más importante de mi vida”, escribió.

Margarita, santa y argentina

Margarita Lalor Cavanagh, la mujer por la que todos rezan y que hoy cumpliría 80 años, está en lista de espera para ser canonizada. Y si el Vaticano lo aprobara, “Santa” Margarita sería la primera santa discapacitada del mundo; y argentina, desde luego.

En 2022, AEDIN lideró la fase preliminar de canonización, presentando una solicitud ante el Arzobispado de Buenos Aires, proceso previo de recolección de testimonios y casos presumidos de santidad, para que el Arzobispado de Buenos Aires lo evalúe y haga la solicitud formal de canonización ante la Santa Sede. La última palabra la tendrá el Papa León XIV.