Charlie y la Fábrica de Chocolate trajo color y alegría a la cartelera porteña
La magia de la historia de Roald Dahl consigue en el Gran Rex una puesta luminosa, costosa y osada para que el espectador nacional (y el visitante) disfrute con un musical de calidad. Gran respaldo para un elenco sin fisuras.
Llevamos meses esperando que se estrene Charlie y la Fábrica de Chocolate, y afortunadamente ya está representándose en el Teatro Gran Rex (Av. Corrientes 857, CABA), trayendo un gran despliegue técnico y de color a la cartelera porteña. Esta versión argentinizada y acortada del musical de 2013 basado en el texto de Roald Dahl, con una adaptación de Marcelo Caballero y Juan Pablo Schapira del libro de David Greig, la música de Marc Shaiman y las letras que éste escribió junto a Scott Wittman. Así tenemos una propuesta pensada para asombrar al público actual, especialmente el infantil, que está acostumbrado a una dinámica particular en todo lo que ve.
Así es que, sobre el escenario del gran teatro, se presentan la vida de carencias de Charlie y el concurso para conocer la fábrica de Willy Wonka. El nudo central de esta historia tan conocida es aquí la consagración de los ganadores de esta oportunidad y su visita a la inexpugnable fortaleza chocolatera. Es que Wonka busca un sucesor y somete a estos visitantes a diferentes pruebas que deben enfrentar para ver si entre ellos encuentra al indicado. Ya sabemos quién sale triunfador pero en este caso, lo importante es el camino que transita.
Toda la tecnología al servicio del show
Con una apuesta eminentemente visual y efectista, hay que reconocer que no ahorraron es imaginación y colorido a la hora de armar una escenografía que genera un efecto circular, un hallazgo en el diseño de José Ponce Aragón, a lo que contribuyen los ajustados efectos lumínicos de Anteo del Mastro y Sebastián Viola. Junto con el vestuario atemporal y luminoso de Romina Lanzillotta y Catalina Rodríguez Loredo, ofrecen un aspecto visual especial que lo es todo en esta puesta. Luz, color y música se entrelazan para lograr un fuerte impacto en el espectador, soporte muy necesario para esta trama en particular.
Con un final esperado e innovador, en el que vemos a Wonka moverse por el cielo del Rex en un ascensor transparente junto a Charlie, iluminados por cientos de lázers, se encuentra en resumen de una propuesta que busca romper con la tradición teatral y que refleja lo que un espectador de Broadway o del West End espera de una obra costosa como esta.
Inmersos en este ambiente que muta constantemente están los personajes. El Charlie que vimos en la función de prensa, uno de los cuatro que componen la compañía, Juan Martín Flores, cumplió con su rol con alegría, la timidez del rol y excelente interpretación vocal. A su lado los otros cuatro chicos estuvieron muy bien también: Augustus fue tragado por el río de chocolate tal como se esperaba; Mike se perdió en la televisión, Violet se convirtió en un arándano gigante y Veruca sucumbió en la trampa de Wonka.
Junto a ellos, el elenco adulto demuestra una vez más que tenemos una gran tradición del musical en el país, que forma y entrega grandes talentos. Sin dudas Sebastián Almada tiene un desempeño inigualable como el abuelo de Charlie y se gana los aplausos más efusivos en el saludo final y Mery del Cerro, como la esforzada madre, logra momentos vocales perfectos. Los padres de los otros participantes, excelentes Denise Cotton, Dolores Ocampo, Marcelo Albamonte y el efectivo Sebastián Holz, también tienen su momento de lucimiento individual y lo aprovechan para disfrute del espectador. Los números musicales están en un nivel de excelencia gracias a la diirección coreográfica de Analía González.
El Wonka soñado
Y qué decir de Agustín Aristarán, el Wonka argentino soñado, capaz de cantar, bailar y hacer trucos de magia en cada segundo que está sobre el escenario. Compone a un chocolatero muy parecido al Rada real que vislumbramos en lo cotidiano. Capaz de entretener, hacerse el duro o dejar entrever el corazón cálido de su personaje, maneja una caracterización puesta al servicio del espectáculo y sin divismos. Muy distinto a la propuesta de Deep/Burton, algo que se agradece.
En esta puesta hay un solo problema, que distrae, confunde y hace que no se entiendan bien los parlamentos: a Charlie y a Wonka les pusieron dos micrófonos para evitar errores si uno deja de funcionar. Pero no se escuchan al unísono sino como un eco, lo que genera distracción, confusión y dificulta la audición. Justamente causan el efecto contrario al buscado, obligando al espectador a forzar la mente para entender y corriendo el riesgo de que en algún momento el cerebro deje de prestar atención a lo que pasa sobre el escenario en ese intento. Seguramente lo mejorarán con el avance de las funciones. Encontrá acá más info sobre las entradas.
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