Julio Le Parc, uno de los artistas argentinos más importantes del último siglo, murió este sábado a los 97 años en París. Su carrera se desarrolló a lo largo de más de siete décadas y fue un artista muy destacado y reconocido mundialmente por los experimentos con el uso de la luz, el color y el espacio. Uno de los grandes del arte cinético.
Nacido en 1928, Le Parc se mudó a Francia a sus 30 años en 1958, donde se estableció. Formó parte de la intensa escena artística del París de los años sesenta y fue uno de los protagonistas artísticos del Mayo Francés.

El deceso ocurre en un contexto de reconocimiento internacional sostenido: Le Parc tenía previsto inaugurar el 11 de junio una muestra en la Tate Modern, una de las instituciones más influyentes del circuito artístico global, y según su entorno mantenía expectativas de asistir pese a su estado de salud.
Nacido el 23 de septiembre de 1928 en Palmira, Mendoza, creció en una familia de bajos recursos, hijo de una costurera y un empleado ferroviario, en una vivienda sin servicios básicos, una experiencia que marcaría su mirada social y su vínculo con lo colectivo dentro del arte.
Su formación comenzó en Buenos Aires, donde estudió en escuelas como la Manuel Belgrano y la Pueyrredón, aunque en su juventud abandonó temporalmente la educación formal en rechazo a la rigidez académica, una decisión que luego influiría en su perfil experimental y en su cuestionamiento a las instituciones tradicionales.

Antes de consolidarse como artista, trabajó como portero en el Teatro Colón y participó del circuito teatral independiente, incluso como extra, lo que le permitió vincularse con el mundo cultural desde una perspectiva práctica y no académica.
El punto de quiebre en su carrera se produjo en 1958, cuando una exposición de Victor Vasarely en el Museo Nacional de Bellas Artes lo impactó profundamente y redefinió su búsqueda estética, orientándolo hacia la exploración de la percepción visual.

Ese mismo año viajó a París con una beca y se instaló de manera definitiva. Allí formó parte del Groupe de Recherche d’Art Visuel (GRAV), colectivo activo entre 1960 y 1968 con el que desarrolló experiencias que proponían la participación activa del espectador y cuestionaban el rol tradicional del artista como único creador.
Su obra se caracterizó por el uso de luz, color y movimiento a través de mecanismos simples que generaban efectos complejos, con el objetivo de alterar la percepción y generar una experiencia inmersiva. Esta concepción lo posicionó como uno de los máximos exponentes del arte cinético a nivel global.

En 1966 recibió el Gran Premio Internacional de Pintura de la Bienal de Venecia, un reconocimiento que consolidó su proyección internacional y lo ubicó entre los artistas más influyentes de su generación.
A lo largo de las décadas, sus obras fueron exhibidas en espacios como el Palais de Tokyo, el Met Breuer de Nueva York y el Pérez Art Museum Miami, además de intervenciones destacadas en ciudades como Tokio, donde intervino la fachada de la Maison Hermès durante los Juegos Olímpicos de 2021.
En Argentina, su legado incluye obras monumentales y exposiciones de gran escala, como la retrospectiva realizada en 2019 en el entonces Centro Cultural Kirchner, que reunió más de 160 piezas, además de intervenciones en el Malba y el propio Teatro Colón.

Entre sus trabajos más visibles se encuentra “Sol”, una esfera de acero dorado de gran tamaño instalada en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, considerada una de sus obras más ambiciosas por su escala y complejidad técnica.
En el plano personal, formó una familia junto a Martha Le Parc, también artista, fallecida en 2025, con quien tuvo tres hijos, y mantuvo a lo largo de su vida un vínculo constante con la Argentina pese a residir en Francia durante más de seis décadas.

En sus últimos años, y con limitaciones físicas crecientes, continuó desarrollando proyectos junto a sus hijos, entre ellos la creación de un museo virtual con cientos de obras, lo que reafirmó su interés por la innovación y la expansión del acceso al arte.
Su trayectoria estuvo atravesada por una idea central: el arte debía ser una experiencia activa y compartida. Con esa premisa, Le Parc no solo dejó un cuerpo de obra significativo, sino que redefinió el vínculo entre el público y la producción artística contemporánea, consolidando una influencia que trasciende generaciones.
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