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COLUMNISTAS /
domingo 2 junio, 2013

Un genio

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Esta es la tercera columna que escribo sobre la muerte, el domingo pasado, de mi maestro Roberto Civita, presidente de Editorial Abril de Brasil y el más grande editor iberoamericano de todos los tiempos. Supongo que cada nuevo texto es una forma de estirar mi despedida.

En la revista Noticias escribí sobre cómo Veja –con 1,3 millón de ejemplares es la segunda mayor revista semanal de noticias del mundo, sólo superada por la revista Time– fue crítica de todos los gobiernos. Civita lanzó Veja y la dirigió edición tras edición desde el 11 de septiembre de 1968 hasta el domingo 10 de febrero de 2013.

En la revista Caras cuento la historia de la paradójica última foto de Civita con vida, el domingo 10 de febrero en el carnaval de Río de Janeiro, vistiendo una camiseta de nuestra revista durante el homenaje que la escuela de samba Salgueiro hizo a los veinte años de Caras en Brasil. Hacía muchos años que él no iba al Carnaval y yo casi veinte, pero el destino quiso que nos juntáramos allí esa última noche. Al día siguiente, Civita se internó en el Hospital Sirio-Libanés para aplicarse un stent en la aorta abdominal, en una operación programada y supuestamente de bajo riesgo que imprevistamente derivó en tres meses de terapia intensiva, sucesivas operaciones y finalmente su fallecimiento a los 76 años.

Civita era un genio. Genios editoriales hubo muy pocos y de la envergadura de Roberto Civita queda sólo uno en el mundo: Huber Burda, presidente de la mayor editorial de Alemania que lleva su nombre. El genio editorial más admirado por Civita era Henry Luce, el fundador de la empresa que hoy es Time/Warner y creador de la primera revista de noticias, Time.

Coincidencias con Civita: Luce también murió a los 76 años cuando la revista Time cumplía 45 años, la edad actual de Veja. También a los 76 años y por un aneurisma de aorta murió otro de sus genios más admirados: Albert Einstein. Civita estudió física nuclear en la Universidad de Rice, en Texas, y le gustaba mucho, pero al saber lo suficiente para comprender que nunca se destacaría en esa materia, y como “quería contribuir a cambiar el mundo”, decidió graduarse en la mejor universidad de periodismo: Columbia, de Nueva York (en la que además hizo un master en Sociología); y en la mejor de negocios: Wharton, de Pensilvania.

Y Civita cambió Brasil junto con algunas docenas de brasileños célebres de su generación, que en medio siglo transformaron un país muy atrasado respecto de la Argentina en otro que nos lleva décadas de ventaja.

Quizás por su propia experiencia del cambio de Brasil,  Civita confiaba en la Argentina más que los argentinos y me insistía en que no nos conformásemos hasta lograr el nivel de desarrollo que merece nuestro país, “el de mayor cantidad de recursos naturales por habitante”.

Hace diez años, cuando Civita comenzó a pensar que no era inmortal, me propuso hacer un encuentro anual que pomposa e irónicamente  denominó “filósofo-empresarios”, que también incluyera a nuestras familias para que en el futuro se continuara nuestra relación y cada año en un lugar diferente de Argentina y Brasil. En contextos tan alejados como Fernando de Noronha o Ushuaia, pasábamos cuatro días por año reunidos, intercambiando experiencias, visiones de nuestros países y de nuestra profesión.

Sus anécdotas siempre eran más divertidas que las mías contando, por ejemplo, el día que fue a informarle al presidente de Brasil, por entonces José Sarney, que iba a invertir en televisión. Dice que Sarney lo miraba excitado pensado que por fin alguien le haría competencia a Globo (equivalente a Clarín en Brasil) hasta que Civita le explicó cómo sería la televisión por cable (Editorial Abril fue pionera en Brasil a fines de los años ochenta en la TV por cable). Ahí, Sarney se desentusiasmó: “Ah, entonces usted no va a hacer programas de mucha audiencia... si este tipo de TV sólo será masiva en el futuro no tendrá ninguna importancia electoral actual”, y rápidamente Sarney se desinteresó.

El tenía frases como “mientras que los periodistas no llevamos ninguna ventaja en mentir porque más tarde o más temprano eso acaba con nuestra credibilidad, los políticos son entrenados para mentir y cuanto más y mejor lo hacen más evolucionan en sus carreras”.

Podría seguir con historias sobre él en decenas de columnas, pero queda poco espacio y deseo explicar la foto que acompaña esta columna, donde Civita está leyendo el diario PERFIL en una hamaca en su casa de fin de semana en las afueras de San Pablo.

Civita podría haber presidido un eventual Club de amigos de Editorial Perfil además de ser primer consejero, inspirador y guía. Cuando este diario se lanzó por primera vez en 1998 y fracasó, él viajó especialmente a Buenos Aires para darnos ánimo y trajo un muñeco de un metro de altura con base redondeada que al pegarle se inclina pero siempre se vuelve a levantar. Su mensaje era que lo imitáramos, que nos volviéramos a levantar todas las veces que fuera necesario. Tuve ese muñeco en mi oficina hasta que relanzamos PERFIL en 2005, y todavía lo mantengo en un armario como símbolo de la persistencia que requiere cualquier logro.

Recuerdo su consejo: “Nunca desistas; cuando se aprende, un error es apenas una parada en el camino del acierto. Errá mejor la próxima vez”.


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