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Abril: el más cruel mes

Así comienza The waste land, la obra que el joven Eliot publicó en 1922. Traducido como La tierra baldía, popularizó en español la frase “abril es el mes más cruel”, aunque, si se entendiese que denuncia la crueldad del renacer cíclico de la vida, para este hemisferio habría que traducir “april” por “septiembre”.

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Así comienza The waste land, la obra que el joven Eliot publicó en 1922. Traducido como La tierra baldía, popularizó en español la frase “abril es el mes más cruel”, aunque, si se entendiese que denuncia la crueldad del renacer cíclico de la vida, para este hemisferio habría que traducir “april” por “septiembre”. Aquí, abril es el mes de las lluvias. Se acerca abril y a Buenos Aires le convendría que las lluvias estacionales no coincidan con esas esporádicas sudestadas que elevan el Río de la Plata por encima de la cota de tres metros y medio por sobre el cero del Riachuelo, y no olvidar que las crecientes de 1940 y 1957 anegaron medio millón de hectáreas de la Ciudad y el Conurbano. Ni yo, ni Macri, ni Calcaterra sabemos si el río subterráneo aliviará o agravará la situación. La Ciudad se inundará cada vez más mientras sigan elevando la costa y robando espacio al río, alargando las pistas de Aeroparque, sembrando con torres el frente de la Ciudad, elevando las calles con capas asfálticas para disimular los baches, haciendo plazoletas de piedra a veinte centímetros por sobre la calle en las intersecciones, omitiendo la limpieza del Maldonado y el destape de alcantarillas, utilizando la red de desagüe pluvial para descartes hogareños e industriales y procesando la basura como en los tiempos en los que las familias sólo producían residuos orgánicos. Todo esto lo publiqué hace veinte días en respuesta a un lector de mi columna “El tulipán pavote”, pero esta semana –el domingo 28– apareció mejor sistematizado (y tal vez, para mi vergüenza, mejor escrito y más documentado), por el periodista estrella del matutino de Gobierno, en una nota titulada “Agua va”. La redacción es efecto de la pluma superadiestrada de Verbitsky y la documentación corrió por cuenta del arquitecto Osvaldo Guerrica Echevarría, un nombre para tener en cuenta entre 2011 y 2012, cuando se verifique si sus peores pronósticos sobre el río subterráneo estaban acertados. Sobre los peores diagnósticos ya sabemos que son acertados. Se trata de una obra oportunista, no prevista en los planes de Gobierno hasta que supo que los anunciados once kilómetros de rieles subterráneos no se podrían construir a causa de incompatibilidades territoriales y políticas entre la Ciudad y la Nación. Todo indica que la tuneladora estaba comprometida desde mucho antes y que, sin más rieles, y abortado el delirante plan de hacer una autopista bajo la avenida 9 de Julio, no le encontraron mejor destino. Ojalá funcione y su mantenimiento no cueste tan caro como se sospecha. Aunque en la gestión pública, todo termina resultando más caro que lo imaginado.