Facultades tomadas o facultades alteradas? Es casi igual. Trotskistas y kirchneristas, entre atrincheramientos y barrabravas, pelean a los puños por controlar la crema de la cosecha, la caja de las universidades estatales. Espectáculo de bochorno, todo gira en torno del poder y del control, nada más. En las universidades financiadas por la sociedad, nada importa más que agarrar la palanca de mando. Nadie ocupa aulas para procurar enseñanza de mejor calidad y mayor rigor, preocupaciones burguesas e irrelevantes.
Tampoco es la educación el valor prevaleciente en los comisarios que conducen las universidades del Gran Buenos Aires creadas durante la década kirchnerista. Una obscena “solicitada” publicada este viernes 25 nada menos que en Clarín encolumna las firmas de los obedientes “rectores” en un escandaloso aviso a favor de los candidatos del Gobierno en estas elecciones. Al igual que los medios del Estado, succionados por el grupo gobernante, las universidades del Conurbano son hoy el desagüe y el feudo del poder.
Ha sido una era de entelequias insultantes. El 10 de enero de 1999 (Carlos Menem presidente), Estela de Carlotto le contó a Daniel Casas en La Nación que antes de la caída de Juan Perón, en 1955, cuando ella era maestra suplente en la escuela Láinez de Brandsen, se afilió al partido peronista. “Yo era muy antiperonista –aunque después mis hijos me salieron todos peronistas–, pero en la escuela tenía que enseñar la doctrina peronista y enseñar a leer con La razón de mi vida. Entonces me enganchaba en todas las difamaciones (sic) que se hacían del régimen, hasta que me denunciaron. El director nos avisó a mí y a otra maestra y nos propuso que nos afiliáramos para ganarles de mano. Fue una decisión difícil, porque yo lo tomaba como una claudicación, pero estaba recién casada y necesitaba el trabajo. Lo hice y con el carné de afiliación le fui a pedir al intendente de Brandsen que gestionara mi confirmación como maestra titular”. Se quejaba en 1999 de las “difamaciones” contra Perón, a la vez que admitía la denuncia proverbial de la época: sin carné del partido, no había salida. Lo dijo ella misma, sin que nadie la obligara. ¿Era esta mujer en 1955 acaso muy diferente de la que es hoy, cuando ya lleva años sirviendo mansamente al poder, con el mismo pragmatismo de otrora?
Vaguedades sórdidas que estallan como fotos de una irracionalidad galopante. Tras la década exitosa y triunfal, las villas metropolitanas procrean nuevos asentamientos dentro de ellas, como sucede con esa calamidad que es Villa 31, donde la gente ya se dedica a establecerse prolijamente en cualquier parte hasta que los periódicos “subsidios” oficiales permiten comprar su provisorio corrimiento. Son puertas giratorias, mientras el Estado sigue pagando. Rápidamente, vuelven al lugar muchos de esos núcleos familiares. Se han demostrado a sí mismos que pueden hacerlo sin impedimentos, hasta atreverse incluso a ese disparate gótico de levantar casuchas junto a una autopista, con la ropa colgando al borde de la calzada, suprema exhibición de indigencia. Lo que hace tres décadas se llamaba villas “de emergencia” dejó de serlo: ya son estructurales, forman parte del orden de las cosas, la traducción urbanística de una cultura política putrefacta que primero se resignó a vivir al margen de la ley y ahora sólo sabe hacerlo de esa manera.
Universidades devaluadas exhiben el creciente y completo extravío de su misión esencial, enseñar y aprender. Jefas vitalicias de organismos de derechos humanos que no pueden ocultar la poco edificante motivación profunda de sus actos. Explosiones demográficas de una vida urbana devorada por una codicia ideológica que termina sacralizando y premiando la miseria. Esto, y no el nombre de los candidatos, es lo que está verdaderamente en juego en este mismo momento, tras los espejismos de la lucha electoral de este domingo 27 de octubre. Se trata de dos modelos que ya resulta imposible no diferenciar. La sociedad argentina tiene aún dificultades para emerger de la pastosa nube de mitos y supercherías que le han venido inyectando desde hace una década, y que el propio cuerpo social ha admitido digerir sin mayores resistencias.
Todo se ha ido dando para que, al final del día, la mentira más abyecta termine siendo la única respuesta del poder a una realidad deprimente. Lo puso en escena Cristina Kirchner aquella vez que glorificó a los matones de los paraavalanchas del fútbol, o cuando se regocijó de la expansión infinita de los asentamientos precarios, a los que ella describió como ejemplos de prosperidad y progreso. La emoción y el progreso exaltados por la adalid del modelo eran y son exactamente lo contrario a lo predicado, una falsificación casi perfecta consistente en trastocar de manera serial los datos de la vida real. Este zafarrancho ha producido una fatiga social evidente, pero el alcance verdadero de este agotamiento sólo se verá en su dimensión real esta noche.