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Para el Gobierno, quienes se oponen a su gestión no discrepan, “obstruyen” y la acción autónoma de un poder de la Constitución es un acto de “venganza” si se diferencia de medidas del Ejecutivo.

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Curso de colisión. No habrá desenlace amable. Sólo resta especular sobre la gravedad del impacto. No amainan su furia. La incentivan a destajo. Para el Gobierno, quienes se oponen a su gestión no discrepan, “obstruyen” y la acción autónoma de un poder de la Constitución es un acto de “venganza” si se diferencia de medidas del Ejecutivo.

Para la Presidenta, hay una Argentina “real”, la de ella, y otra virtual y mediática, de modo que las elecciones del 28 de junio de 2009 indicarían que la mayoría de la sociedad es rehén de esos poderes mediáticos.

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Según la Presidenta, los fallos que disgustan al Gobierno son dictados por jueces “circunstanciales”. Ella es especialmente circunstancial: su contrato de locación de servicios expira dentro de 530 días, el 10 de diciembre de 2011.

Perenne defensora del género femenino y quejosa crónica de que todo le costó más “por ser mujer”, no bien pudo le pegó a una mujer por ser pareja de alguien. La Dra. Claudia Rodríguez Vidal, proba jueza federal nº 3 en lo Contencioso Administrativo que suspendió el último DNU presidencial, fue acusada por la Presidenta de ser pareja del juez federal nº 1 del mismo foro, Ernesto Marinelli, que anuló el Fondo del Bicentenario. Sin escrúpulos, la Presidenta dictaminó, con su sorna proverbial, “después hablan de matrimonios presidenciales…”.

Consigna acuñada por el grupo Carta Abierta, la idea de que hay argentinos consagrados a “destituir” a las autoridades legítimas es hoy un estribillo reiterado, y obsesivo. La Presidenta menea el fantasma del golpe con irresponsabilidad sin límites.

Si dos de los tres poderes de la Constitución opinan o gestionan diferenciándose del Ejecutivo, son “intentos de destitución”. Si algún magistrado o una cámara del Congreso se expide en contra de ella, es “avasallamiento”. Para la Presidenta, la oposición sólo quiere obstruir, es golpista y no quiere que funcionen las instituciones.

Si el Ejecutivo inaugura el período ordinario de sesiones del Legislativo zampándoles a senadores y diputados un decreto de necesidad y urgencia torpemente enunciado, incongruente y fraudulento, no “avasalla”, gobierna.

La mentira ya es norma habitual. Dice ella: “El Frente para la Victoria siempre respetó a la oposición”. Pero en siete años, el matrimonio jamás aceptó que la Argentina somos todos. Ni en uno solo de sus viajes de Estado en este septenio, los Kirchner subieron a sus aviones a representantes de otras fuerzas que no fueran su propia corte. Jamás un líder opositor fue invitado a la Casa Rosada. Lo recibieron a Raúl Alfonsín cuando su cáncer ya era terminal.

Para el Gobierno, quienes no se le someten son irresponsables agentes del extranjero, enemigos de la Argentina que carecen de patriotismo.

Con una construcción capciosa hasta la exasperación, la Presidenta dice que a los decretos de necesidad y urgencia no los inventó ella. Tiene razón, pero su existencia no legitima que los use de manera flagrantemente discrecional, sin argumentar ni explicar por qué son tan “urgentes” como para prescindir del Congreso. Es cierto que la Argentina se rige por un sistema presidencialista. Los gobiernos no coexisten con la oposición, pero eso no implica que colisionen viciosamente con legisladores y jueces.

Asombra el desparpajo con que se construye un relato irresponsable y falso. En su discurso ante la Asamblea Legislativa, propicia las Fuerzas Armadas “que tenemos que volver a tener”. ¿Cuáles? Las que están en Haití, en Chipre y en ejercicios militares con Chile. Los realizados el año pasado, llamados Cruz del Sur, inventa ella, se realizaron “por primera vez”. En medio de las enormidades que salpimentaron sus 11 mil palabras, ésta pasó inadvertida, pero las FF. AA. tienen un importante papel internacional en los contingentes de la ONU desde la refundación democrática de 1983. Mucho antes de 2003, militares argentinos han estado en el Medio Oriente, Croacia y Chipre. Sin embargo, con la liviandad proverbial de sus improvisaciones públicas, la Presidenta suelta que las de ahora “son las Fuerzas Armadas que estamos construyendo en estos siete años de gobierno”. En boca de quien asegura que “uno de los principales problemas que tenemos en la Argentina es que el aire es gratis”, estos atentados a la veracidad agravian.

Un problema que denota la labia y la gestualidad política de la Presidenta es que, a los 57 años, luce preocupantemente arcaica. ¿Puede ella suponer que en la era de Internet, donde todos googlean permanentemente todo, sus embestidas contra la verdad podrían subsistir sin caer en el ridículo? No le sucede sólo por desactualizada. En ella y en su marido prevalecen pulsiones dañinas que tal vez ni siquiera controlen. Lo patentiza su perorata del 1º de marzo.

“Nunca la Argentina tuvo una actividad y una presencia internacional como la que hemos tenido”, aseguró, pero Raúl Alfonsín brilló en Washington y La Habana y Brasilia, y su gobierno sentó las bases del Mercosur junto a José Sarney, hizo las paces con Chile e impulsó decisivamente su transición democrática, así como la de Uruguay y Carlos Menem dialogó a solas con Bush padre, Clinton, el papa Juan Pablo II, Fidel Castro, Boris Yeltsin y la reina Isabel II.

La Presidenta se ufana de que la actual Corte de Justicia es “la más independiente del gobierno que se recuerde en toda la historia de la Argentina”. Caramba. ¿La Corte integrada en 1983 por Genaro Carrió, José Severo Caballero (reemplazado a su muerte por Jorge Bacqué), Augusto Belluscio, Carlos Fayt y Enrique Petracchi era “dependiente”? Ella cree que “hemos sido los únicos que no hemos puesto jueces amigos en la Corte Suprema, los únicos, los únicos”. Lo repite tres veces, por si no se la escuchó bien.

Para comprender esto que pasa, sirve la confesión de esta primera mandataria de verborrea fogosa, incontenible e infatigable: “Nosotros los peronistas somos el único partido político vigente en la República Argentina fundado por un general. Nuestro ADN se gestó allí”. ¿Es un tema genético, entonces?


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