22 oct 2020
COLUMNISTAS
domingo 11 octubre, 2020

Allá por el 1600

Foto: Cedoc

Hay un personaje que suele aparecer de un modo fantasmal en estas columnas y responde al nombre de Pablo Maurette. Distinguido ensayista, ahora también narrador y siempre amante de los asuntos escabrosos, Maurette me inspira a cometer contra él pequeñas maldades, aunque en general involuntarias. Hace poco conté que no le creí cuando afirmó que Ioan Petru Culianu, importante personaje de su novela, había existido y había sido asesinado como lo cuenta. Pero en estos días lo hice víctima de dos nuevas maldades. La primera es que todavía no le pude conseguir un productor para un proyecto cinematográfico con el que cree que puede ganar fama y fortuna. Pero todavía estoy a tiempo de cumplir con mi promesa y reclamarle, de paso, algún porcentaje de sus cuantiosas regalías.

La otra maldad es menos importante pero más mala, en el sentido de que se la hice a propósito. En un mail, Maurette me habló de Thomas Browne y de un colega suyo que había hecho en Estados Unidos una traducción al español de Certain Miscellany Tracts. Me dijo que si yo era tan adicto a Browne como él mismo, me lo podía enviar por correo. Yo apenas sabía de qué me estaba hablando, pero pocas cosas me gustan más que recibir libros de regalo, así que le contesté que por supuesto, que era el presidente del club de fans de Browne en San Clemente.

Maurette cayó en la trampa y, a los pocos días, recibí (maravillas del correo) los Opúsculos misceláneos, edición esmeralda, de Sir Thomas Browne, traducidos por Pedro Román Vela, un bello libro en rústica, de tapa negra con la cara de Browne difuminada en ella. Al abrirlo y empezar a pasar las páginas, me encontré con una Advertencia al Lector. Allí se le indica que existen tres ediciones en español de la obra: la esmeralda, la zafiro y la diamante. La zafiro es la más accesible y la más aconsejable como introducción a la obra de Browne; la diamante, con sus notas y referencias, está destinada a los eruditos. La esmeralda no tiene notas ni nada que facilite la lectura. Dice el traductor que su trabajo “roza el límite de lo tolerable” y trata de asemejarse a “la experiencia completa que tiene lugar cuando un lector se adentra, hoy, en la música original de Browne, pues su melodía nos retrotrae a otra época y otras costumbres, a otra civilización, a otra cultura”, en la que “cada obra que veía la luz representaba una maravilla, un descubrimiento, una nueva ventana al mundo”.

Claro que Browne (1605-1682) no solo “provocaba terremotos”, como dice Román Vela, sino que inventaba palabras, escribía en una extraña ortografía (“irrescontrables y sin parangón en ningún otro auctor”), hacía oscuras alusiones, combinaba naturalismo, religión y búsqueda esotérica. La forma esmeralda se propone como “una lectura real, no filtrada, difícil, inabordable si se pretende resolver deprisa, de lento desentrañe” de todo esto. Advertido de este modo, confieso que me sumergí en el primero de los Opúsculos –dedicado a las plantas nombradas en la Biblia– con el mayor de los reparos, con el más horrible de los temores. Que se disiparon cuando empecé a leer. O, mejor dicho, se convirtieron en el tipo de deleite que solo la literatura puede producir cuando nos hace creer que hay una cuarta dimensión en el pensamiento y en el mundo. Maurette, pelito para la vieja.


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