miércoles 23 de junio de 2021
COLUMNISTAS opinion
04-10-2020 01:07

Y así siguiendo

04-10-2020 01:07

Sin que nos diéramos cuenta, la nueva normalidad se instaló entre nosotros. La neolengua mediática abusa de términos como protocolo, distancia social, test, letalidad, confinamiento, hisopado, pero acaso el más popular sea barbijo. No podemos vivir sin él, a menos que nos quedemos en casa, que es la mejor manera de cumplir con las sugerencias oficiales. En su casa se quedan, por ejemplo, dos vecinas que tienen problemas de movilidad. Antes solía verlas en el palier, pero el portero me dice que están recluidas. Son personas mayores, es decir, tienen mi edad. Extraño particularmente a la profesora de Francés, que se deleitaba tomándonos examen cuando compartíamos el ascensor. A los otros vecinos los veo pero no los reconozco. Nunca fui un buen fisonomista.

Hoy, por ejemplo, nos cruzamos con un pelado por la calle y solo por el perro que paseaba nos dimos cuenta de que era un viejo amigo. Supongo que a él le habrá ocurrido lo mismo. Intercambiamos unas palabras a la distancia, no solo por la pandemia sino para evitar que los perros se pelearan (ellos no usan barbijo). Por decir algo, Flavia le preguntó hasta cuándo seguiríamos así. El pelado respondió “Y... un año”, como para no decir directamente que iba a ser para siempre. Tal vez en un año haya clases y transporte entre ciudades (aunque no sé con qué requisitos), pero seguro que va a haber barbijos. A esta altura, creo que no nos libraremos de ellos, aunque no esté demostrado que sirvan para algo. Es más, aunque se demostrara exactamente lo contrario, seguirían siendo obligatorios: es una necesidad que adquirimos. Quién lo hubiera pensado. La callada, obediente aceptación de las nuevas reglas me hace pensar en el tercer día en el que los rugbiers uruguayos se comían a sus compañeros fallecidos y ya era parte de la rutina. También me acordé de algo menos truculento, La autopista del sur, el cuento de Cortázar en el que los automovilistas atrapados en un embotellamiento dejan de tocar bocina y se adaptan sin problemas a las nuevas condiciones. En el cuento, la repentina vuelta a la normalidad días más tarde resulta una tragedia para el narrador. Tal vez por eso sea mejor seguir así, con los nudistas yendo a la playa con barbijo, como escuché que ocurre. El dato me llevó a preguntarme si el sexo con tapabocas no es una nueva categoría en los sitios porno.

Pero ¿qué va a pasar con el cine? En estos días, tras la cancelación de Cannes y del Bafici, se llevaron a cabo algunos de los festivales internacionales más importantes (Locarno, Venecia, Toronto, Nueva York) en versiones nuevonormales: menos películas, poquísimos invitados y, sobre todo, sin alfombras rojas, sin paparazzi, sin fiestas, sin conferencias de prensa y con los participantes a distancia y enmascarados, es decir, sin nada que los distinga de sus versiones virtuales y, por lo tanto, sin nada que los justifique. En San Sebastián, el excéntrico director Eugène Green tuvo la osadía de sacarse el barbijo para contestar las preguntas del público: la policía lo sacó de la sala y lo expulsaron del festival. En los años 90 estuve por ahí y presencié cómo un comando de ETA se apoderaba del escenario y lanzaba una proclama amenazadora. No hubo ningún problema: los terroristas estaban encapuchados, debidamente protegidos de los virus.