COLUMNISTAS
CONSOLIDACION DE LA DEMOCRACIA

América latina y los equilibrios políticos

<p>Las democracias latinoamericanas están funcionando. Superada la etapa de los gobiernos militares, la inmensa mayoría de los países del continente adoptó reglas democráticas y –con las desprolijidades e incidencias propias de los procesos políticos– está sosteniendo la estabilidad institucional.</p>

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Las democracias latinoamericanas están funcionando. Superada la etapa de los gobiernos militares, la inmensa mayoría de los países del continente adoptó reglas democráticas y –con las desprolijidades e incidencias propias de los procesos políticos– está sosteniendo la estabilidad institucional. En las últimas décadas las democracias se ampliaron en los hechos –no porque estuviesen necesariamente restringidas en la ley– y grandes masas de población, sobre todo de sectores pobres, pasaron a ejercer un peso político más proporcional a su peso demográfico. Eso conmovió la política en algunos países. Los electorados de las clases medias también están modificando sus formas de vinculación con los procesos políticos: viven en un medio con sobreabundancia de información y a la vez con menos canales formales de participación en organización políticas; los partidos declinan y los candidatos se comunican en mucha mayor medida que antes por la televisión y poniendo en valor sus atributos de representación simbólica antes que los de la representación partidaria.
Todo eso está produciendo cambios mayores. Hace unos pocos años, de esos procesos surgieron algunos gobiernos de orientación “populista” y se extendió en todo el mundo la interpretación de que América latina se volcaba al populismo. La interpretación no fue correcta; nada de eso sucedió. Lo que ocurría es que nuevas fuerzas política y nuevos líderes emergían de esas nuevas condiciones.

En el balance, la mayor parte de los países está definiendo nuevos equilibrios. A veces éstos mueven el péndulo un poco más a la “izquierda” o un poco más a la “derecha” –definidas en términos convencionales, anticuados–. En la mayoría de los países la población identifica un campo político más “conservador” y otro más de “izquierda”, lo que depende a veces del origen político de sus dirigentes o partidos, a veces de las circunstancias particulares del momento, a veces también de alineamientos internacionales que son ellos mismos producto de las circunstancias y no solamente de convicciones o preferencias de larga data. Uribe en Colombia es “conservador” porque decide enfrentarse a una guerrilla mafiosa que actúa en nombre de la “izquierda”, y porque Estados Unidos lo apoya en esa causa. En Brasil, el cardozismo y el candidato Serra han pasado a ser la “derecha”, cuando son notorias sus raíces como intelectuales y militantes del pensamiento más bien de izquierda. Piñera, el candidato de la “derecha” chilena que acaba de ganar la presidencia, está siendo casi tan hostigado hoy –a pocas semanas de haber asumido– por muchos dirigentes de los partidos de derecha como por sus adversarios derrotados de centroizquierda. También en Uruguay grupos militantes de izquierda se están enojando con el presidente Mujica, cuyas credenciales de ex tupamaro se están diluyendo rápidamente en vista de su sereno giro a posiciones moderadas y conciliatorias.

Dos procesos interesantes están teniendo lugar. El primero es que en muchos países se está retomando el equilibrio electoral, propio de las democracias estables, donde se llega a las elecciones en paridad y el resultado se define por unos pocos votos marginales. El segundo es que en todas partes hay una tendencia a la aparición de dirigentes que no surgen de una carrera acumulativa construida pacientemente en la vida partidaria sino en su súbita irrupción en los medios de prensa. En la reciente campaña de Chile se vio el fenómeno Henriquez-Ominami, ahora el de Moskus y Fajardo en Colombia, De Narváez en la Argentina fue algo parecido. Hasta cierto punto también lo es Clegg en Inglaterra. No son ni de “izquierda” ni de “derecha”, aunque los comentaristas estarán siempre tentados de persuadir a sus públicos de ponerlos dentro de esas categorías. Tienen en común que canalizan el cansancio de muchos votantes con las clases políticas establecidas y con su estilo.
Los esquemas analíticos del pasado no son útiles para entender lo que pasa. Tampoco lo es la insistencia en identificar “buenos” y “malos” en cada circunstancia, muy propia de las personas ideologizadas, que tienden a ver el mundo bajo prismas muy limitados para captar la diversidad de las cosas que ocurren.
Estos procesos que mueven las cosas a nuevos equilibrios están cambiando el mapa político del continente, de maneras y en direcciones que todavía no resultan muy claras. Pero, a todas luces, la democracia se está consolidando.

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*Rector de la Universidad Torcuato Di Tella.